Una pregunta en redes sociales hecha por una presidenta de la Sociedad de Socorro me detuvo por completo:

“Si ustedes asisten a la Santa Cena pero no a la segunda hora, ya sea que se vayan o se queden en el pasillo, ¿qué se los impide? Nuestras discusiones serían mejores con más personas. ¿Qué puedo hacer para ayudar?”.

Esto resonó conmigo de inmediato. Soy un miembro activo, tengo llamamientos y asisto cada domingo. Tengo mi recomendación para el templo vigente. Amo el evangelio, las escrituras y a mi barrio. Sin embargo, tengo un historial bastante inconsistente con la segunda hora, especialmente en la Sociedad de Socorro.

Esto habría sido impensable en mi infancia. Crecí bajo un fuerte estigma social. Quien se quedaba en el pasillo, en el vestíbulo o en el auto después de la Santa Cena estaba perdiendo su compromiso. Se pensaba que tenía poca fe o que iba directo a la inactividad.

Hoy veo las cosas de manera muy diferente. Los comentarios en esa publicación confirmaron que ocurre algo mucho más complejo. Muchos de los que no entran a la segunda hora siguen en el edificio. Llevan a sus hijos a la Primaria y conversan en el pasillo. Buscan mantenerse conectados de la manera en que sus fuerzas se lo permiten.

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Intrigada por el fenómeno, revisé las respuestas. En solo tres horas ya había cientos de comentarios. Para cuando los copié todos para analizarlos, rondaban los mil. No soy estadística y esto no es una encuesta formal. Sin embargo, las respuestas revelaron que el desinterés no es la causa. Existen barreras reales de salud, logística familiar, insatisfacción con el contenido y un alto costo emocional.

La falta de pertenencia y el temor al juicio salieron a la luz rápidamente. Crecí viendo tensiones sociales entre adultos y jóvenes en mi barrio. Incluso en mi misión presencié algo extremo. Una clase de la Sociedad de Socorro terminó en una discusión a gritos entre una hermana y la presidenta. El presidente de la rama tuvo que cancelar las reuniones y mandarnos a todos a casa.

Por fortuna, hoy estoy en un barrio maravilloso. Está lleno de mujeres cristianas que admiro. Pero cuando alguien dice que la Sociedad de Socorro se siente hostil o excluyente, no dudo de su palabra. Muchas mujeres divorciadas, solteras, viudas, sin hijos o conversas sienten que las clases están diseñadas para la vida de alguien más.

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Viví la Sociedad de Socorro como madre soltera divorciada por un tiempo. Conozco el dolor agudo que eso genera. No debemos dejar de enseñar la doctrina del matrimonio ideal. Sin embargo, hay que hacerlo con sensibilidad. Nadie debe sentir que su vida es una excepción, una vergüenza o una advertencia de lo que no se debe hacer.

La capacidad física y emocional es otra gran barrera. La Santa Cena es más llevadera porque es la primera reunión. Hay más energía, el ambiente es anónimo y no te exige hablar en público. La segunda hora, en cambio, drena las reservas. Entrar al salón implica lidiar con dolores crónicos, migrañas, sillas incómodas o problemas de audición.

En lo físico, los salones calurosos o las luces fluorescentes afectan a quienes padecen fatiga. En lo familiar, los padres llegan agotados. Es difícil controlar a bebés o niños con TDAH o autismo durante la primera hora.

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Por eso, los cambios de horario de la Iglesia con clases más cortas son una esperanza. Para alguien exhausto, veinticinco minutos extra se sienten manejables, a diferencia de una hora completa. Lo que vemos desde afuera es a alguien yéndose a casa. Lo que no vemos es todo el esfuerzo físico y mental que hizo para quedarse la primera hora.

La calidad de las clases también pesa mucho. La gente tiene hambre espiritual. Están cansados de lecciones aburridas, superficiales, politizadas o dominadas por las mismas tres voces de siempre. Enseñar es difícil y los maestros son voluntarios. Aun así, los miembros buscan discusiones bien moderadas. Quieren clases centradas en Cristo y en la vida real, no monólogos ni micrófonos abiertos sin control.

Para los líderes esto es un dilema abrumador porque las necesidades se contradicen. Unos quieren compañía y otros que los dejen solos. Unos aman las sillas en círculo y otros se sienten expuestos. Unos buscan doctrina pura y otros lecciones vulnerables. No se puede complacer a todos, pero las soluciones sugeridas por los propios miembros apuntan hacia prioridades muy claras.

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La petición principal es transformar la calidad de la enseñanza. Se buscan lecciones más preparadas, doctrinales y verdaderamente enfocadas en el Salvador. Al mismo tiempo, se necesita una ministración personal basada en la empatía y la escucha sincera. Hay que dejar de lado los prejuicios y el sentido de cumplir con un reporte.

En el aspecto práctico, los miembros sugieren realizar mejoras en la accesibilidad de los edificios. Es clave asegurar un buen sistema de audio, micrófonos funcionales y asientos más cómodos. También se enfatiza la importancia de fortalecer la bienvenida. Se debe saludar de verdad a las personas y apartar lugares para quienes asisten solos. Esto les ayuda a sentirse vistos.

Otras ideas proponen abrir espacios de conexión social más allá del domingo. Organizar actividades informales con comida y diversión ayuda a forjar amistades reales. Se sugiere dar roles o asignaciones significativas para que todos se sientan útiles. También se pide reducir la presión evitando dinámicas de participación forzada o preguntas al azar. Finalmente, se aconseja abrir canales como encuestas anónimas para que los líderes conozcan las necesidades reales del barrio.

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Cada barrio tiene necesidades distintas y requiere soluciones locales. La clave es que los consejos de barrio pregunten y escuchen con humildad. Deben hacerlo sin ponerse a la defensiva. Al mismo tiempo, esto es una responsabilidad compartida. Nosotros también debemos evaluar qué hacer con nuestras propias barreras. Podemos sentarnos con alguien nuevo, aceptar un llamamiento pequeño o tener paciencia con un maestro imperfecto.

Antes de juzgar a quien se va después de la Santa Cena, recordemos que rara vez conocemos su historia. En lugar de presionar o avergonzar a las personas para que crucen la puerta, debemos entender cuánto les cuesta quedarse. Si construimos espacios más caritativos, accesibles y enfocados en el Salvador, la realidad cambiará. Quizás para quienes esperan en el pasillo, volver a intentarlo sea una opción real.

Fuente: LDS Daily

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