Antes de hablar sobre supercherías sacerdotales, es importante dejar en claro algunas cuestiones:

  1. No es cosa del pasado. Muchas personas asocian este pecado como cosa del pasado. Lo asocian a Nehor en el Libro de Mormón (Alma 1) y a los fariseos en el Nuevo Testamento. Aunque estos son ejemplos paradigmáticos de este comportamiento, en esencia es algo que existe y perdura en la actualidad
  2. No es cosa del “lugar” donde podemos encontrar estas supercherías sacerdotales. La mayoría de los miembros de la Iglesia de Jesucristo podría señalarlas y encontrarlas en otras religiones (y algunos dirían que en todas las demás religiones), pero en realidad es también una de las piedras de tropiezo de Sión. El Señor nos hace una advertencia a los que vivimos en los últimos días con respecto a nuestra falta de autocrítica:

“Y a otros los pacificará y los adormecerá con seguridad carnal, de modo que dirán: Todo va bien en Sión; sí, Sión prospera, todo va bien. Y así el diablo engaña sus almas, y los conduce astutamente al infierno” (2 Nefi 28:22).

¿Qué son las supercherías sacerdotales?

Para comprender de qué estamos hablando cuando hacemos referencia a esto, nos vamos a basar en la definición de 2 Nefi 26:29:

“Él manda que no haya supercherías; porque he aquí, son supercherías sacerdotales el que los hombres prediquen y se constituyan a sí mismos como una luz al mundo, con el fin de obtener lucro y alabanza del mundo; pero no busca el bien de Sión”.

supercherías sacerdotales

Aquí encontramos la condición necesaria para cometer supercherías sacerdotales: “predicar”. ¿A qué me refiero con que predicar es una condición necesaria? ¿Acaso no es algo bueno predicar? ¡Si! ¡Es algo bueno! Como aclaré al comienzo mi enfoque va a ser sobre la actualidad dentro de la iglesia.

Entonces para comprender mejor lo que esta escritura nos enseña y en base a los parámetros que estamos utilizando, podríamos cambiar la palabra “predicar” por “tengan un llamamiento”. Así podemos decir que es un pecado que puede ser realizado por todo aquel que tiene una responsabilidad dentro de la Iglesia.

“Adorar” su liderazgo

Es ese tipo de orgullo que, en vez de invitar a las personas a venir a Cristo, se las invita a “adorar” su liderazgo. En vez de ministrar a las personas que son su mayordomía, ejercen injusto dominio. En vez de tener la mira puesta en Dios, se tiene la mira puesta en las alabanzas de los hombres. En vez de buscar las bendiciones espirituales, se buscan los beneficios mundanos. No tienen intenciones verdaderas de adoración y servicio.

supercherías sacerdotales

En vez de preocuparse por el bien del otro, se preocupan por su propia posición dentro del grupo social de la iglesia. Predican falsas doctrinas y tradiciones de los hombres, en vez de la doctrina pura y sencilla de Cristo. Reducen la religión a la observancia de reglas. Persiguen y juzgan a los demás, en vez de amarlos y escucharlos.  En vez de incluir, excluyen. Como cualquier pecado, nos desvía del centro que es Cristo.

La falsificación del liderazgo

Podríamos decir, en pocas palabras, que las supercherías sacerdotales son la falsificación del liderazgo. Para salir un poco de la abstracción, vamos a ver algunos ejemplos prácticos de errores que todo miembro que ministra a alguien puede cometer:

  • Juzgar la falta de modestia de las personas.
  • Limitar las actividades de la iglesia a los miembros activos.
  • Fomentar los prejuicios contra las personas homosexuales.
  • Forzar a los demás a dejar de utilizar la palabra “mormón”.
  • Ver a las demás religiones con una connotación negativa.
  • Censurar las opiniones de los demás.
  • No dejar participar plenamente a las mujeres en las reuniones y consejos.
  • Estigmatizar a los que vuelven antes de tiempo de la misión o que directamente no van.
  • Presionar a los jóvenes adultos solteros a casarse.
  • Seguir creyendo en doctrinas desmentidas por la “Declaración oficial 2”.
  • No ser confidencial con los problemas de las personas que ministramos.

Con estos ejemplos podemos ver cuán fácil es a veces caer en esta falsificación del liderazgo. Obviamente que hay niveles de más gravedad que no los mencionamos porque a simple vista nos damos cuenta de que están mal como robar, entre otros.

¿Cuál es el antídoto?

En base a lo que leí en las escrituras, propongo los siguientes antídotos a este mal (y me lo propongo a mí mismo también):

familia

  1. La caridad. Sin ella no somos nada y con ella no permitiríamos que el obrero en Sión perezca (2 Nefi 26:30).
  2. El servicio. Cuando damos de nuestro tiempo desinteresadamente, es cuando somos más como el Salvador (Mateo 23:11).
  3. El espíritu de la ley. No tenemos que olvidarnos del porqué de lo que hacemos para que nuestra obediencia sea más consciente y saludable (Mateo 23:23).
  4. Estar limpios por dentro. Debemos preguntarnos dónde está nuestro corazón y cuáles son nuestras intenciones y no fingir algo que no somos (Marcos 7:15).

Conclusiones

Creo que después de haber indagado sobre las supercherías sacerdotales, nos queda más claro como es algo que sigue vigente en la actualidad y de lo que tenemos que cuidarnos. Su gravedad es tal que el Salvador cuando estaba en la Tierra fue lo que más repudió (Mateo 23:13), a tal punto que personas llenas de supercherías sacerdotales en sus corazones lo crucificaron (2 Néfi 10:5).

desafíos de fe

Hoy en día este pecado puede detener el crecimiento en los Barrios, Estacas y la Iglesia en general, porque no permiten a las personas que tienen el “deseo de creer” sentirse bienvenidas en el rebaño del Señor. Para contrarrestar tanta imperfección humana, voy a terminar con una escritura que muestra la forma en la que el Señor actúa con nosotros sus hijos:

“Porque ninguna de estas iniquidades viene del Señor, porque él hace lo que es bueno entre los hijos de los hombres; y nada hace que no sea claro para los hijos de los hombres; y él invita a todos ellos a que vengan a él y participen de su bondad; y a nadie de los que a él vienen desecha, sean negros o blancos, esclavos o libres, varones o mujeres; y se acuerda de los paganos; y todos son iguales ante Dios, tanto los judíos como los gentiles” (2 Nefi 26:33).