El papel del sacrificio en el templo ilustra cómo las ordenanzas del templo encarnan y enseñan los principios más elevados del Sacerdocio de Melquisedec.

templo de roma

Tad Walch, a la izquierda, entrevistando al Presidente de la EstacaVerona, Italia, Andrea Cordani, mientras se encuentran de pie junto a las estatuas de Cristo y los apóstoles en el Centro de Visitantes del Templo de Roma.

Estas ordenanzas reflejan el sacrificio de Cristo, y nos enseñan simbólicamente cómo podríamos buscar que nuestros propios sacrificios emulen el Suyo. Así como nuestros niños de la Primaria cantan, “Yo siempre lo seguiré, mi vida le daré”.

Realizar ordenanzas en similitud del sacrificio de Cristo

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Cuando dejaron el Jardín de Edén, Adán y Eva construyeron un altar y ofrecieron sacrificios de animales. Luego, un ángel llegó y le preguntó a Adán por qué estaba ofreciendo sacrificios. Adán respondió, “No sé, sino que el Señor me lo mandó”. El ángel le dijo, “Esto es una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre” (Moisés 5:7).

Los corderos inmaculados que [Adán y Eva] sacrificaron señalaron el sacrificio futuro que el Padre haría, el sacrificio de Su Hijo. Luego, el ángel les enseñó a Adán y Eva que el sacrificio de Cristo y el plan de redención  le darían significado y propósito a toda su experiencia terrenal, desde su caída del Edén hasta su muerte terrenal y más allá.

Muchos de nosotros vamos al templo hoy en día de la manera en que Adán y Eva ofrecieron sacrificios por primera vez, simplemente porque se nos da ese mandamiento, sin saber por qué. La sencilla obediencia es mejor que no realizar ordenanzas en absoluto.

Sin embargo, el Señor que envió a ese ángel debe haber querido que Adán y Eva supieran por qué realizaron las ordenanzas y creo que Él desea que sepamos por qué las realizamos.

¿Las ordenanzas del templo de la actualidad también son “una similitud del Hijo Unigénito”? Piensa en cómo los altares del templo – como el altar de Adán y Eva – son altares de oración, sacrificio y convenio. Piensa en los elementos de sacrificio en todos los convenios de la investidura.

Desde que Cristo completó Su misión expiatoria, ya no ofrecemos sacrificios de animales, sino que Él nos invita a sacrificar de la misma manera que enseñó a los nefitas: “Me ofreceréis como sacrificio un corazón quebrantado y un espíritu contrito” (3 Nefi 9: 20).

El sacrificio de animales simbolizaba el sacrificio del Padre; es decir, el sacrificio de su Hijo. Pero, el sacrificio de un corazón quebrantado y un espíritu contrito simboliza y emula el sacrificio que el Hijo hizo de sí mismo. Con gran reverencia, el Élder James E. Talmage escribió que Jesús literalmente “murió a causa de un corazón quebrantado”.

Para recibir las bendiciones de Su ofrenda bendita, Cristo ahora nos pide que nos ofrezcamos a nosotros mismos – nuestros corazones quebrantados – como un sacrificio personal.

Aunque nuestro sacrificio sea tan pequeño como la contribución de la viuda, nuestra ofrenda de hecho es “una similitud” de Su ofrenda de sacrificio para y por nosotros. Como dijo el Élder Neal A. Maxwell: “El sacrificio real y personal nunca fue colocar a un animal en el altar. En cambio, es la voluntad de poner al animal en nosotros sobre el altar y dejar que se consuma”.

Prometemos sacrificarnos a nosotros mismos de esta manera personal a través de las ordenanzas del templo. Luego, dejamos el templo y volvemos a nuestra vida diaria, en la que intentamos vivir los convenios que hicimos en los altares de sacrificio.

Templo de Haití

 

Las bendiciones de fortalecimiento y perfeccionamiento del Salvador, junto con el poder del sacerdocio del templo, pueden interactuar con nuestra lucha constante, ayudarnos a avanzar para convertirnos en seguidores más consagrados de Jesús.

Como enseña el sexto “Discurso sobre la fe”, “Una religión que no requiere el sacrificio de todas las cosas nunca tiene el poder suficiente de producir la fe necesaria para llevar a la vida y la salvación”.

Cada vez que hacemos o renovamos convenios de sacrificio, nos decidimos a vivir una vida más sacrificada, vivir más allá de nosotros mismo con más amor cada día, en similitud de Su Gran Sacrificio.

En el templo, Él nos da más luz y fuerza para mantener esa determinación cuando dejamos el templo. A medida que vivimos de esa manera, nuestros descubrimientos nos hacen más capaces de comprender Su luz.

Templo de Hong Kong China

Luego, con cada paso nuevo, nuestra experiencia nos lleva a un terreno un poco más elevado, desde donde podemos dar el siguiente paso para recibir más luz en un proceso cada vez más amplio: “El que recibe luz y persevera en Dios, recibe más luz, y esa luz se hace más y más resplandeciente hasta el día perfecto” (DyC 50: 24).

Estamos aprendiendo los misterios de Dios, pero el proceso no es tan misterioso. Es como recurrir a un profesor de música para recibir una lección y, luego, practicar diligentemente la siguiente asignación hasta la próxima lección. En cada clase del templo, el Maestro de maestros discierne y asigna específicamente lo que necesita nuestra atención y somos testigos físicos de nuestra voluntad para prestar atención.

Templo de Portugal

La profundidad de nuestra devoción a Él y el creciente rigor de nuestra disciplina aumentan nuestra comprensión de Su sacrificio porque nos volvemos más conscientes del precio de nuestros sacrificios y del fruto que producen.

Poco a poco nos daremos cuenta de la promesa de estar “llenos de luz” y comprender “todas las cosas”, incluidos los misterios y el conocimiento de Dios (DyC 88: 67). Por lo tanto, “santificaos para que vuestras mentes se enfoquen únicamente en Dios” (DyC 88: 68).

Realizar sacrificios y vivir en similitud: El sellamiento

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Para ilustrar de manera más específica cómo funciona este proceso, considera la ordenanza de sellamiento. Hace poco, estaba a punto de sellar a una joven pareja en el Templo de St. George.  Invité a la pareja al altar y cuando el novio tomó a la novia de la mano, me di cuenta de que estaban a punto de colocar sobre el altar de sacrificio sus corazones quebrantados y espíritus contritos, una ofrenda de sí mismos entre sí y a Dios en emulación del sacrificio de Cristo por ellos. ¿Por qué motivo? Para que a lo largo de su vida de sacrificios mutuos – es decir, al intentar vivir como Él lo hizo –pudieran llegar a ser cada vez más como Él.

Al intentar vivir de esa manera todos los días, cada uno se acercaría más a Dios, lo que también los acercaría más el uno al otro. Al acercarse cada vez más al Señor, su propia energía y disciplina también se basarían en los poderes de fortalecimiento y perfeccionamiento que Él les ofrece a través de Su relación de convenio basada en la Expiación con Él como Su hijo e hija.

Entonces, esta forma de vivir los convenios de la ordenanza de sellamiento santificaría no solo su matrimonio, sino también sus corazones, incluso sus vidas.

Cuanto más nos ayuden nuestros sacrificios a encontrar a Cristo en el templo, más lo encontraremos en nuestra vida. Ese proceso nos transformará con el tiempo, preparándonos para vivir un día en la compañía exaltada de aquellos que el Presidente José F. Smith vio en una visión:

“Y se hallaba reunida en un lugar una compañía innumerable de los espíritus de los justos, que habían sido fieles en el testimonio de Jesús mientras vivieron en la carne, y quienes habían ofrecido un sacrificio a semejanza del gran sacrificio del Hijo de Dios, y habían padecido tribulaciones en el nombre de su Redentor” (DyC 138: 12 – 13).

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Como indica este lenguaje exaltado, es probable que aquellos que busquen la vida del discipulado maduro al nivel del Sacerdocio de Melquisedec, descubran que los principios y los convenios más elevados de sacrificio se relacionan frecuentemente con principios más elevados como el sufrimiento, la mansedumbre, la consagración y la santificación.

En cierto sentido, la ordenanza de sellamiento también nos invita a la solidaridad con el sufrimiento de Cristo, ya que nuestros convenios matrimoniales a veces pueden pedirnos que suframos con las aflicciones del otro.

Los hijos que nacieron de ese sellamiento también pueden llevarnos a esa solidaridad, ya que a veces podemos soportar una verdadera angustia al traerlos aquí, criarlos y sufrir con ellos en sus valles oscuros.

Esta vida de sacrificio de nuestros convenios en el templo puede “llevarnos a un sufrimiento especial” y, por lo tanto, una alegría especial “que viene con un profundo discipulado”.

Esta es una traducción del extracto del libro “The Contrite Spirit” de Bruce C. Hafen que fue publicado originalmente en ldsliving.com con el título “How the Temple Helps Us Apply Christ’s Atonement”.