Cuando pensamos en un matrimonio fuerte, solemos imaginar una pareja que casi no discute o que siempre está de acuerdo. Sin embargo, el Evangelio enseña un principio diferente: la verdadera unidad no nace porque dos personas piensen igual, sino porque ambas están dispuestas a acercarse más a Jesucristo y a poner su relación por encima del orgullo.

Las Escrituras invitan a los discípulos del Señor a «allegarse» a Él y a permanecer fieles a sus convenios. Ese mismo principio también se aplica al matrimonio. Un esposo y una esposa fortalecen su unión cuando deciden dejar atrás aquello que crea distancia entre ellos, incluso si eso implica hacer sacrificios personales.

El escritor Zachary McLeod Hutchins comparte dos experiencias de los primeros meses de su matrimonio que cambiaron para siempre su forma de entender este principio.

A veces, la paz vale más que ganar una discusión

Zachary y Alana Hutchins posan sonrientes para una foto con sus ocho hijos en Fort Collins, Colorado. Créditos: Reesa Cornwall. Imagen: LDS Living

Como ocurre en cualquier matrimonio, Zachary y su esposa, Alana, tuvieron un desacuerdo poco después de casarse. Ambos estaban convencidos de tener la razón y ninguno quería ceder.

Con el paso de los días, la conversación se volvió distante y el ambiente entre ambos comenzó a enfriarse. Parecía que una diferencia relativamente pequeña estaba afectando algo mucho más importante.

Una mañana, mientras estudiaba las Escrituras, Alana sintió que el Espíritu Santo le enseñó una sencilla pero profunda verdad:

«Puedes tener la razón o puedes ser feliz».

Poco después decidió acercarse a su esposo y pedirle disculpas. Lo más interesante es que su decisión no nació porque hubiera concluido que ella estaba equivocada. De hecho, Zachary reconoce que probablemente quien tenía la culpa era él.

Lo que cambió fue su perspectiva. Comprendió que proteger el matrimonio era mucho más importante que demostrar quién había ganado una discusión.

Ese acto de humildad enseñó a Zachary que el orgullo casi siempre separa, mientras que la disposición a ceder abre espacio para que el amor vuelva a crecer.

Amar también implica hacer sacrificios

Imagen: Canva

Meses después, fue Zachary quien recibió una importante lección.

Desde pequeño había sido un apasionado de los deportes. Seguía prácticamente todas las temporadas de béisbol, baloncesto y fútbol americano, dedicando gran parte de su tiempo libre a ver partidos, revisar estadísticas y leer análisis.

Al casarse, Alana comenzó a acompañarlo con paciencia, aunque ella no compartía ese interés. Después de varios meses, le hizo una pregunta que lo llevó a reflexionar:

¿Cuándo termina la temporada de deportes?

La respuesta era sencilla, prácticamente nunca. Fue entonces cuando ambos comprendieron que, si querían construir un matrimonio sólido, parte del tiempo que Zachary dedicaba a sus pasatiempos debía convertirse en tiempo para fortalecer su relación.

Por eso decidió dejar atrás parte de esa rutina y reducir el espacio que los deportes ocupaban en su vida. El sacrificio no consistió simplemente en dejar de ver partidos; consistió en elegir conscientemente que su matrimonio sería una prioridad.

Cuando un sacrificio también fortalece la fe

Imagen: masfe.org

Esa decisión produjo otro cambio que Zachary no esperaba.

Durante años había dedicado buena parte del día de reposo a ver competencias deportivas. Sin embargo, al estudiar más sobre el propósito del domingo y conversar con su esposa, decidió que ya no vería eventos deportivos en ese día sagrado.

En lugar de hacerlo, comenzó a dedicar ese tiempo al estudio de las Escrituras, a la historia familiar y a actividades que fortalecieran su relación con el Salvador.

Con el tiempo descubrió que cuando dejamos espacio para el Señor, Él llena ese espacio con bendiciones que muchas veces no imaginábamos.

Su comprensión del Evangelio creció, su interés por la obra de historia familiar aumentó y sintió una conexión más profunda con sus convenios.

La unidad se construye con decisiones diarias

pareja agarrándose de la mano
Imagen: Canva

Las diferencias de personalidad, intereses o costumbres existen en todos los matrimonios. La clave no está en eliminarlas, sino en aprender a caminar juntos a pesar de ellas.

La unidad no ocurre por casualidad. Requiere escuchar, comprender, conversar y, muchas veces, renunciar al orgullo para dar prioridad a la relación.

Como enseñó la hermana Jean B. Bingham, esa unidad requiere esfuerzo y tiempo, pero permite que las decisiones familiares sean guiadas por mayor inspiración y ayuda a cumplir los propósitos del Señor.

Al final, el matrimonio no se fortalece porque una persona siempre tenga la razón. Se fortalece cuando ambos deciden acercarse más a Jesucristo y permiten que Sus enseñanzas transformen la manera en que se aman, sirven y edifican su hogar.

Fuente: LDS Living 

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