Titanic: 6 misioneros Santos de los Últimos Días que se salvaron de morir

En la fría tarde del 14 de abril de 1912, el RMS Titanic, un transatlántico nuevo que transportaba a unas 2,200 personas, chocó contra un iceberg.

Horas más tarde, a las 2:20 a.m. del 15 de abril, el enorme barco se hundió hasta el fondo del Océano Atlántico.

Millones de personas en todo el mundo lamentaron 1,500 muertes cuando el Titanic “casi insumergible” se hundió en su viaje inaugural de Inglaterra a los Estados Unidos.

Ahora, 110 años después, recordamos el desastre y cómo seis misioneros se salvaron de morir en él.

Los misioneros que perdieron su viaje

Imagen: Associated Press, New York Times

Alma Sonne y su compañero, Fred Dahle, iban a regresar a casa junto con otros cuatro élderes —George B. Chambers, Willard Richards, John R. Sayer y LJ Shurtliff— después de completar su misión en Inglaterra.

Sin embargo, cuando llegó el momento de reunirse en Southampton, el élder Dahle se retrasó.

El élder Sonne, que convenció al élder Dahle de servir en una misión y reservó su pasaje en el Titanic, decidió que no debían abandonar a nadie. Así que, canceló las reservas para que pudieran partir al día siguiente cuando llegara el élder Dahle.

Si bien algunos de los misioneros estaban decepcionados de no poder viajar a casa en el Titanic, le dieron gracias a Dios después de ver cuál hubiera sido su desenlace.

“Me salvaste la vida”, le dijo el élder Sonne al élder Dahle. “No”, respondió. “Al traerme a esta misión, tú me salvaste la vida”.

Más tarde, Alma Sonne sirvió como presidente de estaca y asistente del Cuórum de los Doce Apóstoles.

Dato adicional:

Imagen: Internet

El élder James Hamilton Martin era pasajero del Virginian, un barco que ayudó con los esfuerzos de rescate del Titanic, aunque el Carpathia rescató a cientos de sobrevivientes de dicho transatlántico.

Hamilton escribió lo siguiente sobre su experiencia:

“Poco después de las 9 a.m. llegamos al iceberg que había causado el hundimiento del barco de vapor más grande a flote y la muerte de 1,630 personas y durante seis horas viajamos junto a él. Era nada más y nada menos que una montaña de hielo. A las 11 a.m., pasamos por el lugar donde se hundió el Titanic”.

Declaraciones de los líderes de la Iglesia sobre el Titanic 

Imagen: Internet

La noticia sobre el Titanic también afectó profundamente a los Santos de Utah.

El siguiente domingo, el élder Orson F. Whitney, del Cuórum de los Doce Apóstoles, fue el primero en comentar públicamente sobre la tragedia durante una conferencia trimestral en Salt Lake City, dijo:

“Siento una profunda tristeza hoy. Mi corazón está acongojado. Los acompaño en su dolor, el de todo el pueblo estadounidense y el mundo civilizado por el gran desastre del Titanic.

Es terrible considerar que en la providencia de Dios un número tan grande de Sus hijos sean llamados instantáneamente a la eternidad. 

No hay pueblo en la tierra para quien esta idea tenga mayor significado que para los Santos de los Últimos Días. 

Imagen: Canva

Quizás, no haya pueblo con un porcentaje mayor de su número que haya cruzado el poderoso abismo. 

Probablemente, no haya una familia en la Iglesia que no tenga uno o más miembros que hayan estado en el océano.

Mi corazón acompaña a aquellos cuyos seres queridos fallecieron en este gran desastre. 

No tengo nada más que dolor y condolencia que expresar. Solo en las manos de Dios está la justicia”.

perdida de un ser querido

Imagen: Canva

Unas semanas más tarde, las palabras del presidente Joseph F. Smith, cuya prima, Irene Colvin Corbett, murió en el desastre del Titanic, fueron citadas en la revista Improvement:

“A nivel espiritual, la catástrofe nos enseña que las jactancias que a veces se escuchan de ciertos capitanes de mar y pasajeros incrédulos, expresadas en una reciente declaración sacrílega de un capitán a uno de los élderes de nuestra Iglesia, ‘no es necesario que te importe Dios en este tipo de barco’, son vanas, injustificadas e irrazonables.

Enseña con una fuerza que debería conmover al más incrédulo que la humanidad aún depende de Aquel ‘que calma el estruendo de los mares, el estruendo de sus olas, y el alboroto de las naciones’”.

Fuente: LDS Living

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