“Ministrar no es una prioridad para mí”: Lo que puedes hacer si te cuesta ministrar

“Ministrar no es una prioridad para mí en este momento”.

“Las personas que tengo asignadas para visitar son mucho mayores/menores que yo, no tenemos nada en común”.

“Realmente no sé cómo ministrar”.

“Estoy demasiado ocupado.”

Estas son frases comunes que he escuchado durante los últimos años mientras realizaba entrevistas de ministración, como parte de mi llamamiento en la Sociedad de Socorro.

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Sé que todos tenemos preocupaciones, obligaciones y quizás no tengamos mucho tiempo, pero si en algún momento necesitaras ayuda, ¿no quisieras que tu prójimo estuviera ahí para darte una mano?

Algo así funciona la ministración. La ministración es un llamado a apoyar a nuestros hermanos y hacerles saber que no están solos, que hay alguien en quien pueden confiar.

Me ha costado aprender esto desde que existían los hermanos y hermanas visitantes. También he estado al otro lado, sin ánimos de hacer mis visitas. Sin embargo, créeme, no hay nada más maravilloso que sentir que eres instrumento en las manos de Dios para tocar y elevar corazones.

Estas son algunas ideas que te ayudarán a ministrar efectivamente:

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1. Ora para estar dispuesto a ministrar. Este es el mejor lugar para comenzar si no te sientes entusiasmado por ministrar, o si la situación de tu vida actual hace que sea un inconveniente ministrar.

2. Pide a los miembros de la presidencia de la Sociedad de Socorro o del Cuórum de élderes información pertinente sobre las personas a las que se te ha asignado ministrar, para que sepas cuál es la mejor manera de acercarte a ellas.

3. Preséntate, deja que las personas sepan que eres su hermano o hermana ministrante. Comparte tu información de contacto. Sí, es posible busca en LDS Tools y averigua quiénes son tus hermanos y hermanas ministrantes. No todos saben dónde o cómo buscar y, realmente, no deberían tener que hacerlo. Deberíamos ser nosotros quienes les digamos.

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4. Sé abierto con aquellos a quienes ministras. Si ministrar es incómodo para ti, está bien hacerles saber que tienes dificultades, pero que te gustaría conocerlos y que estás dispuesto a prestar ayuda cuando sea necesario. La mayoría de las personas aprecian la honestidad.

5. Algunas personas se sienten solas y aman las visitas en casa. Algunos están tan ocupados que prefieren mantenerse en contacto a través de mensajes de texto o chats en la Iglesia. Pregúntales a aquellos a quienes se te ha asignado ministrar desde el principio: ¿Cómo te gustaría ser ministrado? ¿Cómo quieres que se perciba la ministración? Visitas mensuales, llamadas telefónicas, mensajes de texto, golosinas, transporte a las citas: ¿qué sería más útil?

6. Ora por aquellos a quienes estás llamado a ministrar por nombre todos los días. Pon su nombre en la lista de oración del templo durante tiempos difíciles.

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7. Pídele al Padre Celestial formas específicas en las que puedas bendecir a las personas dentro de tu mayordomía ministrante. Él los conoce bien, aunque tú no. Cuando me he tomado el tiempo y he hecho el esfuerzo para orar por mis hermanas, pidiendo inspiración específica para ayudarlas, me sorprendieron las ideas que me vinieron a la mente, cosas en las que nunca hubiera pensado por mí misma.

8. Haz preguntas. Entérate de dónde vienen, muestra un interés genuino en su familia, antecedentes educativos, problemas de salud, luchas espirituales, etc. Asegúrate de mantener confidencial cualquier información que compartan, a menos que te den permiso para alertar a un líder del sacerdocio o de la Sociedad de Socorro.

9. Reconoce eventos importantes, incluidos cumpleaños, graduaciones o bautismos.

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10. Familiarízate lo suficiente con las rutinas de sus vidas para que cuando les lleguen tiempos difíciles, te des cuenta. Puedes sentir que algo ha cambiado y actuar para ayudar.

11. Reconoce que ministrar puede verse diferente según el lugar donde vives, qué tan lejos vives de aquellos a quienes ministras, cuántas personas tienes asignadas para servir y cuáles son sus desafíos únicos.

12. Algunas personas rechazarán los esfuerzos para ser ministradas oficialmente y debemos respetar sus deseos. Podemos encontrar en oración formas de convertirnos en sus amigos.

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La ministración tuvo un impacto muy profundo en mí cuando el nombre de una hermana que se me asignó a ministrar venía constantemente a mi cabeza.

Mi compañera y yo, ya la habíamos visitado y todo estaba bien según vimos. Sin embargo, su nombre seguía apareciendo en mis pensamientos. Así que, fui a buscarla, la encontré en casa llorando, había atravesado un momento muy doloroso en su vida.

Pensé en que no había hecho caso al Espíritu apenas tuve la impresión de visitarla. Sentí que podía haber hecho más por ella.

Esta experiencia me mostró claramente que Dios está pendiente de Sus hijos y desea obrar a través de nosotros para bendecirnos unos a otros.

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En todos lados, las personas están soportando cargas significativas, a veces abiertamente y, en otras ocasiones, en privado. Dios nos ha llamado a ministrar a Sus hijos.

Persistamos en nuestros tambaleantes esfuerzos por ministrar, oremos para captar la visión de ministrar para que podamos hacer como Jesús lo hizo, creciendo en la conciencia de nuestro prójimo, consolando a aquellos que necesitan consuelo.

Así es como llegamos a ser como nuestro Salvador.

Fuente: Meridian Magazine

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