En la sesión del sábado por la mañana de la Conferencia General de abril de 2026, el élder Jorge T. Becerra habló de un tema poco frecuente: la ley del diezmo. Ese mensaje hizo que Mark J. Stoddard recordara una experiencia muy particular de su misión en Canberra, Australia.
Durante semanas, él y su compañero enseñaban a una familia interesada en el Evangelio. Todo avanzaba bien, aunque el esposo había dejado claro algo: no le gustaban las religiones que pedían dinero.
El momento incómodo llegó cuando tocaba enseñar el diezmo.
Sin saber bien cómo abordarlo, invitaron al obispo. Tal como temían, el hombre reaccionó de inmediato: no estaba dispuesto a dar el 10%. Le parecía demasiado.

El ambiente se volvió tenso.
Pero el obispo no discutió. En cambio, preguntó si conocía las ofrendas de ayuno. El hombre escuchó y respondió que eso sí tenía sentido. Luego hablaron de otros aportes en la Iglesia, y también le parecieron razonables.
Entonces vino la pregunta clave:
«Qué porcentaje sí estaría dispuesto a dar?».
El hombre pensó y dijo:
«Quizá 3%… tal vez 4%».

El obispo sonrió y respondió algo inesperado: que empezara con lo que sintiera correcto. Con eso, la familia decidió bautizarse.
Meses después, Stoddard se encontró con ese mismo obispo en un aeropuerto. Le preguntó por la familia, y la respuesta lo sorprendió: no solo estaban activos, sino que el hombre pagaba su diezmo completo cada mes, incluso más del 10%. Además, compartía su testimonio con frecuencia, especialmente sobre las ofrendas de ayuno.
La segunda historia que él menciona apunta en la misma dirección.

Un padre de familia atravesó años muy difíciles con su negocio. Llegaron a enfrentar un déficit cercano al millón de dólares. Aun así, tomaron una decisión firme: seguir pagando su diezmo completo y nunca lo cuestionan.
Cada año enfrentaban momentos críticos. En una ocasión, faltaban $10,000 para cumplir con sus obligaciones… y ese mismo día llegó exactamente esa cantidad. Al año siguiente, ocurrió lo mismo con $5,000. Luego otra vez con $10,000.
Siempre lo justo. Ni más, ni menos. Con el tiempo, lograron salir adelante. Y al mirar atrás, reconocieron algo claro: nunca recibieron de sobra, pero tampoco les faltó lo necesario, esa experiencia les enseñó a confiar.

Todo esto recuerda una promesa conocida en la Biblia: que al vivir esta ley, el Señor “abrirá las ventanas de los cielos”.
Quizá por eso hoy se habla menos del diezmo. No porque sea menos importante, sino porque muchos ya lo entienden distinto. No como una obligación, sino como una decisión de confianza.
Al final, el diezmo no sostiene a la Iglesia tanto como transforma a quien lo vive. Y quienes lo han experimentado lo resumen así: tal vez la Iglesia no necesita lo que damos, pero nosotros sí necesitamos lo que el Señor puede hacer cuando decidimos confiar en Él.
Fuente: Meridian Magazine
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