La historia de la Restauración está llena de nombres conocidos, pero también de personas cuya valentía pasó casi desapercibida. 

Una de ellas fue Eliza Jane Graham, una joven Santos de los Últimos Días que, con apenas 19 años, decidió hacer algo que muy pocos se habrían atrevido a hacer.

Mientras muchos evitaban acercarse a Carthage por temor a las represalias, ella compareció ante un tribunal para testificar sobre lo que había escuchado la noche en que el profeta José Smith y su hermano Hyrum fueron asesinados. 

Su decisión no cambió el resultado del juicio, pero sí dejó un ejemplo de integridad y fidelidad que sigue inspirando hasta hoy.

Una joven Santos de los Últimos Días en medio de un ambiente hostil

Imagen: Sandwalk

Cuando era adolescente, Eliza y su familia se unieron a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y se establecieron en Nauvoo, Illinois. 

Mientras tanto, unos familiares que no pertenecían a la Iglesia administraban un hotel en Warsaw, una ciudad conocida por el fuerte sentimiento de oposición hacia los Santos.

Eliza consiguió trabajo allí como mesera. Muy pocas personas sabían que ella era miembro de la Iglesia. Esa decisión probablemente le permitió trabajar sin convertirse en blanco del rechazo que muchos sentían hacia los Santos de los Últimos Días.

Sin imaginarlo, ese empleo la colocaría en uno de los momentos más importantes de la historia de la Iglesia.

La noche en que escuchó la confesión de los atacantes

Ese día no solo murió José Smith sino también Hyrum Smith, su hermano mayor, asistente y patriarca de la Iglesia de Jesucristo. Imagen: “Greater Love Hath No Man”, de Casey Childs.

El 27 de junio de 1844, una turba irrumpió en la cárcel de Carthage y asesinó al profeta José Smith y al patriarca Hyrum Smith.

Horas después, muchos de los hombres que participaron en el ataque regresaron a Warsaw y se reunieron precisamente en el hotel donde trabajaba Eliza.

Mientras servía la cena, escuchó cómo varios de ellos hablaban abiertamente de lo ocurrido. Algunos describían el ataque, otros celebraban el asesinato y algunos incluso discutían quién había disparado contra el Profeta.

Eliza comprendió que estaba escuchando información que algún día podría ser importante. Sin llamar la atención, observó cuidadosamente quién hablaba, dónde estaba sentado cada hombre y qué decía exactamente.

Aquella noche decidió memorizar cada detalle.

Un juicio donde casi nadie esperaba justicia

Imagen: Magnific

Meses después comenzaron los procesos judiciales contra algunos de los hombres acusados de conspirar en el asesinato de José y Hyrum Smith.

El ambiente estaba lejos de ser seguro. Carthage seguía siendo un lugar hostil para los miembros de la Iglesia y cientos de personas simpatizaban con los acusados. 

Muchos líderes de la Iglesia incluso aconsejaron a los Santos evitar asistir al juicio debido al riesgo que representaba.

Fue entonces cuando los fiscales encontraron a Eliza y le pidieron que declarara como testigo.

Con apenas 19 años aceptó comparecer ante un tribunal lleno de personas que, en gran medida, eran hostiles hacia ella y hacia la Iglesia.

Un testimonio que dejó un ejemplo

Imagen: Canva

Durante su declaración, Eliza relató con precisión todo lo que había escuchado aquella noche en el hotel.

Explicó quiénes habían celebrado el asesinato, quiénes afirmaban haber participado y cómo algunos líderes de la oposición hablaban de haber terminado con los principales dirigentes de la Iglesia.

También declaró que anteriormente había escuchado amenazas contra José Smith por parte de algunos de los acusados.

Aunque su testimonio fue firme, los abogados defensores intentaron desacreditarla. Finalmente, los cinco acusados fueron declarados inocentes.

El juicio terminó sin condenas, pero la honestidad de Eliza nunca fue puesta en duda por quienes conocían su carácter y su fidelidad al Evangelio.

Permanecer firme cuando la verdad no es popular

Imagen: Sandwalk

Después del juicio, Eliza continuó siendo fiel al Evangelio restaurado. 

Más adelante emigró al Oeste con los Santos y estableció su vida junto a su familia en el territorio que hoy forma parte de Utah y posteriormente de Wyoming.

Su vida no estuvo libre de dificultades. Experimentó pruebas familiares, cambios importantes y finalmente falleció siendo todavía relativamente joven.

Sin embargo, su legado no quedó definido por un juicio perdido, sino por haber permanecido fiel cuando decir la verdad implicaba un costo personal.

Un ejemplo que sigue vigente

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Imagen: Masfe.org

La historia de Eliza Jane Graham recuerda que el valor no siempre consiste en realizar actos extraordinarios. Muchas veces significa simplemente mantenernos firmes en nuestros principios cuando sería mucho más fácil guardar silencio.

Ella nunca ocupó un llamamiento de gran visibilidad ni escribió libros sobre su experiencia. 

Aun así, su disposición para defender la verdad r efleja el tipo de discipulado que el Señor espera de Sus seguidores.

En una época donde expresar nuestras creencias puede generar críticas o incomprensión, el ejemplo de Eliza nos invita a recordar que la fidelidad al Salvador también se demuestra en las decisiones silenciosas. Aquellas que quizá pocas personas noten, pero que Dios conoce perfectamente.

Fuente: My Life by Gogo Goff 

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