Sin embargo, Kairyn Rivas, una joven miembro de la Iglesia está demostrando que es posible participar en espacios altamente competitivos sin renunciar a las convicciones que forman parte de su vida.
Su historia no comienza directamente en los certámenes de belleza. Comienza con una joven que soñaba con desarrollarse en el modelaje comercial y que, después de mucha reflexión y oración, decidió aceptar el reto de convertirse en postulante a Miss Universe Panamá, representando a la región del Darién, porque sintió que podía ser una oportunidad para influir positivamente en otras mujeres.
Ella misma asegura que dio ese paso con la idea de llevar la luz de Cristo a cualquier lugar donde el Señor le permita estar.
Un escenario diferente, pero el mismo propósito

Para muchas personas, los certámenes se enfocan únicamente en la apariencia física. Sin embargo, esta joven explica que el Evangelio le enseñó que su verdadero valor no depende de una corona ni de la opinión de los demás.
Saber que es una hija de Dios le ha permitido construir una identidad que va mucho más allá de lo externo.
En un ambiente donde constantemente existen comparaciones, críticas y estereotipos, afirma que recordar quién es ante el Padre Celestial le ayuda a mantener los pies sobre la tierra y a no perder de vista lo que realmente importa.
«No siento que tenga que esconder mis creencias. Forman parte de quien soy.»
Más que buscar reconocimiento personal, desea que otras mujeres puedan descubrir que también tienen dones, talentos y un propósito divino.
La misión la preparó para mucho más de lo que imaginaba

Una de las cosas que más sorprende a quienes la conocen es descubrir que dedicó un año y medio de su vida a servir como misionera.
Pero fue así, antes de este desafío, sirvió una misión de tiempo completo en Honduras y Panamá. Aunque en ese momento no imaginaba que algún día estaría en un concurso internacional, hoy reconoce que muchas de las habilidades que utiliza nacieron durante ese servicio.
Aprendió a hablar con las personas, a escuchar, a servir sin esperar reconocimiento y a compartir con naturalidad aquello en lo que cree.
El discipulado no termina cuando termina la misión. Puede acompañarnos en cualquier profesión o proyecto.
«Los logros son importantes, pero mi relación con Dios siempre será lo que más valore.»
Incluso comenta que la organización, el estudio constante y el desarrollo de los atributos de Cristo siguen siendo parte de su vida diaria y la ayudan a enfrentar nuevos retos.
La fe también rompe estereotipos

Muchas personas creen que ser miembro de la Iglesia significa renunciar a ciertos sueños o alejarse de escenarios públicos. Ella, en cambio, considera que el Evangelio la impulsa a esforzarse por la excelencia y a representar sus principios dondequiera que esté.
Ser una mujer de fe no limita los talentos; puede darles un propósito más elevado.
Su deseo es demostrar que es posible destacar profesionalmente sin dejar de vivir el Evangelio y que los principios aprendidos desde la niñez pueden acompañar a una persona en cualquier entorno.
«Mi fe no limita mis sueños, me ayuda a recordar por qué los estoy persiguiendo.»

Quizá una de las enseñanzas más valiosas de su experiencia es que muchas veces somos nosotros mismos quienes ponemos límites a lo que podemos lograr. Ella anima a las jóvenes a no permitir que el miedo, las comparaciones o las opiniones de los demás definan su futuro.
«No tienes que elegir entre tus convicciones y tus metas. Puedes avanzar con ambas.»
Recuerda las palabras de Filipenses 4:8, donde se nos invita a buscar todo lo que es virtuoso, bello y digno de alabanza. Los talentos también pueden convertirse en una forma de servir y de inspirar a otros cuando se ponen en las manos del Señor.
Para ella, cada joven tiene un espacio donde puede marcar una diferencia, ya sea en el arte, el deporte, los estudios, los negocios o cualquier otra área.
Más allá de una corona

Una de sus metas personales es contribuir a humanizar el mundo del modelaje. A través de entrevistas y conversaciones con otras modelos, busca dar espacio a historias reales que muchas veces quedan fuera de los reflectores.
Para ella, detrás de cada fotografía, pasarela o concurso hay mujeres con desafíos, aprendizajes y experiencias que también merecen ser escuchadas. Cree que compartir esas vivencias puede ayudar a romper estereotipos y recordar que el valor de una persona nunca depende únicamente de su apariencia.

Aunque el resultado del certamen todavía está por escribirse, ella tiene claro cuál es el impacto que desea dejar.
«Si tengo la oportunidad de ser escuchada, quiero que mi voz también sirva para inspirar y ayudar a otros.»
Quiere recordar a otras mujeres que Dios no las descarta por su origen, sus recursos o las oportunidades que hayan tenido. Cree que el Padre Celestial prepara caminos para Sus hijos y que muchas veces los desafíos más inesperados pueden convertirse en plataformas para hacer el bien.

Su mayor objetivo no es que la recuerden como una candidata a Miss Universe Panamá, sino como alguien que decidió mantenerse fiel a su identidad divina mientras perseguía sus sueños.
Porque, al final, hay reconocimientos que duran un momento, pero saber quiénes somos como hijos e hijas de Dios puede acompañarnos durante toda la vida.
«Antes que cualquier otro título, sé que soy una hija de Dios.»
