Nota del editor: Este artículo está basado en la historia de Sam, una Santo de los Últimos Días, quien relató su experiencia personal compartida en una publicación de Facebook del canal «Come Back Podcast».
Crecí en la Iglesia de Jesucristo, pero hubo un tiempo en el que tuve que lidiar con muchas preguntas e inquietudes sobre mi fe y mi relación con Dios que sentía que nadie podía responder. Llegó un momento, durante mi penúltimo año de instituto, en el que comencé a pensar que quizá tendría que encontrar las respuestas por mi cuenta.
Poco a poco me fui alejando de la Iglesia porque dejé de sentirme conectada con aquello que había formado parte de mi vida durante tantos años.
Pensé que ese distanciamiento me ayudaría a descubrir quién era realmente, pero en el fondo seguía cargando con preguntas que permanecían sin respuesta. Y ahí fue donde comenzó mi historia con Dios.
La rebeldía se convirtió en una adicción

En mi segundo año de secundaria empecé a consumir drogas. Al principio parecía algo pasajero, una forma de rebelarme o de experimentar nuevas cosas, pero esa decisión aparentemente inofensiva se convirtió en una adicción que me comenzó a destruir.
Había aspectos de esa vida que podía ocultar fácilmente y otros que me consumían en silencio. La nicotina se convirtió en mi peor vicio precisamente porque era sencilla de esconder. Nadie tenía por qué enterarse y, por mucho tiempo, creí que podía mantener esa parte de mi vida completamente bajo control.
Sin embargo, poco a poco mi adicción comenzó a afectar mis pensamientos, mis decisiones y la manera en que me veía a mí misma. Sentía vergüenza, culpa y miedo de confesar lo que estaba viviendo, así que seguí luchando sola.
Intenté escapar de mi pasado, pero nunca pude escapar de Dios

Después de terminar la secundaria me mudé a Carolina del Norte con la disposición de comenzar de nuevo, alejarme de mi antigua vida y convertirme en una persona distinta.
Durante algunos meses todo parecía marchar bien, sin embargo una recaída llegó de manera dolorosa durante una madrugada, como a las tres de la mañana, luego de robar las pertenencias de mi compañera de cuarto. Ese fue un momento devastador, porque comprendí hasta qué punto había perdido el control.
Y fue precisamente allí, en medio de la oscuridad, cuando sentí una voz que claramente identifiqué como Dios que me decía:
«Puedo verte».
En ese momento comprendí que podía tratar de ocultar mi lucha ante las personas, pero nunca ante Él. Y, sorprendentemente, esa certeza me llenó de esperanza porque entendí que si Dios podía verme en mi peor momento, también podía ayudarme a salir de él.
El viaje que cambió mi vida

Habían pasado aproximadamente cuatro años desde que me alejé de la Iglesia cuando viajé con mi familia para visitar la misión donde sirvió mi padre. Después de eso continuamos nuestro viaje hasta Roma.
Durante nuestra visita al Centro de Visitantes del Templo de Roma ocurrió algo inesperado. Vi a una misionera y no podía dejar de preguntarme qué tenía ella que yo no tuviera.
Al verla, notaba que había en ella una paz, una seguridad y una luz interior que yo sentía haber perdido hacía mucho tiempo y me quedé pensando en esto todo el día. Más tarde, mientras cenaba con mi familia, sentí una impresión espiritual tan intensa que apenas podía comprenderla.
Era como si todo mi cuerpo estuviera ardiendo por dentro, de la misma manera en que las Escrituras describen la influencia del Espíritu Santo. Luego comencé a llorar y supe entonces que Dios me estaba llamando de regreso.
Con lágrimas en los ojos tomé mi teléfono y le envié un mensaje a mi primo diciéndole:
«Tengo que servir una misión».
Ni siquiera fui capaz de decir esas palabras en voz alta delante de mi familia, pero las había sentido con tanta fuerza que sabía que provenían de Dios.
Volver a empezar

Esa misma noche escribí también a mi obispo para iniciar con mis papeles misionales. Durante ese tiempo también me preparé para volver a la senda de los convenios y, apenas un mes después, recibí mi investidura en el templo.
Finalmente fui llamada a servir en la Misión Knoxville, Tennessee, y allí pude conocer y enseñar a muchas personas que estaban atravesando exactamente las mismas luchas que yo había pasado.
Ellos batallaban con la dependencia a las drogas y a otros hábitos destructivos, y a menudo sentían vergüenza y una sensación de estar demasiado lejos para ser perdonados. Yo quería ayudarlos, pero a veces entraba en sus casas y ciertos olores me recordaban inmediatamente mi adicción pasada.
Aun a pesar de eso, una y otra vez experimenté la ayuda del Señor, quien me dio la fortaleza necesaria para continuar. Al final, mi misión me enseñó que la adicción no define quiénes somos. Dios puede seguir rescatándonos mientras estemos dispuestos a volvernos a Él.
Lo que la historia de Sam nos enseña

Quizá no todos hemos luchado con una adicción como la de Sam, pero todos tenemos batallas por vencer como un resentimiento de años, una ansiedad que nos consume, hábitos negativos que no logramos abandonar o pensamientos destructivos poderosos.
Si sientes cansancio por todas estas batallas, la experiencia de Sam nos recuerda que Dios no espera que seamos perfectos para acercarnos a Él. Nos invita a venir tal como somos.
El presidente Russell M. Nelson enseñó:
«Nada es más liberador, más ennoblecedor ni más crucial para nuestro progreso individual que centrarse con regularidad y a diario en el arrepentimiento».

Él siempre nos espera con los brazos abiertos y, si lo buscamos mediante el arrepentimiento, nos liberará y luchará con nosotros en nuestras batallas.
Sam todavía tiene preguntas. Sin embargo, ahora ha descubierto que lo que sabe acerca de Dios es infinitamente mayor que aquello que aún desconoce. Incluso cuando sentimos que nos hemos perdido, el Padre Celestial sigue viéndonos y precisamente porque puede vernos, también sabe cómo guiarnos de regreso a casa.
