Cuando los españoles llegaron a América en el siglo XVI, no solo encontraron civilizaciones avanzadas, ciudades monumentales y culturas completamente distintas a las europeas.
Para su sorpresa, también encontraron pueblos indígenas que conservaban relatos sobre personajes sagrados que habían llegado de tierras lejanas, enseñado principios morales, promovido la paz, realizado milagros y, finalmente, partido con la promesa o al menos la expectativa de regresar.
Aquellas semejanzas con el cristianismo llamaron tanto la atención que varios cronistas y frailes comenzaron a hacerse una pregunta que hoy sigue llamando la atención: ¿pudo haber existido predicación cristiana en América antes de la llegada de Colón?
Esta pregunta sigue siendo objetivo de estudio y de interés especial de muchos cristianos. Es por eso que, recientemente, compartimos un video en nuestro canal de Youtube de Más Fe en el que damos respuesta a esta pregunta bajo algunas figuras de la historia de la América Antigua. A continuación te hablamos sobre ellos.
Viracocha: el maestro que enseñó a vivir en paz

Uno de los relatos más conocidos proviene del mundo andino. El cronista español Pedro de Cieza de León, considerado uno de los historiadores más importantes de los primeros años de la conquista del Perú, registró que los indígenas hablaban de un personaje llamado Ticci Viracocha o Tuapaca Viracocha.
Según la tradición que Cieza recogió de los propios indígenas, Viracocha apareció después de un tiempo de oscuridad. Era visto como el «Hacedor de las cosas creadas», el «Príncipe de todas las las cosas» y el «Padre del Sol».
Pero lo que más llamó la atención del cronista no fueron esos títulos, sino sus enseñanzas. Cieza escribió que Viracocha:
«Dio orden a los hombres cómo viviesen y les hablaba amorosamente y con mucha mansedumbre, amonestándoles que fuesen buenos y los unos a los otros no se hiciesen daño ni injuria, antes, amándose, en todos hobiese caridad».
También afirma que realizaba milagros y sanaba enfermos. Lo verdaderamente sorprendente es que el propio cronista añadió una observación que hoy suele pasar desapercibida. En el capítulo V de «El Señorío de los Incas» menciona que algunos ya opinaban que por aquellas tierras había pasado un apóstol cristiano.
Es decir, apenas unas décadas después de la conquista ya existían españoles que interpretaban estas tradiciones como una posible huella de una antigua predicación cristiana.
Bochica: el sabio que vino del oriente

Algo parecido ocurrió entre los muiscas, en el territorio de la actual Colombia.
El franciscano Fray Pedro Simón, en sus Noticias Historiales de las conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales, recopiló la tradición sobre Bochica, también conocido como Nemqueteba. Según estos relatos, Bochica llegó desde el oriente y dedicó su vida a enseñar.
No era recordado principalmente como un guerrero ni como un conquistador.
La tradición lo describe como un maestro que enseñó a hilar, tejer, organizar la vida social y transmitir principios morales. Pedro Simón también registró que enseñaba acerca de la limosna, la rectitud y hasta la resurrección, predicando en el idioma de cada pueblo que visitaba.
Naturalmente, estos relatos no constituyen una prueba de la presencia de Jesucristo en América. Sin embargo, para muchos religiosos de la época las semejanzas eran suficientes para preguntarse si detrás de estas tradiciones podía esconderse el recuerdo de una antigua predicación cristiana.
Quetzalcóatl: el personaje que sigue llamando la atención

Probablemente ningún personaje precolombino ha sido relacionado tantas veces con el cristianismo como Quetzalcóatl.
Con frecuencia se afirma que era blanco, barbado o que los mexicas confundieron a Hernán Cortés con él. Muchas de esas afirmaciones hoy son objeto de debate entre los historiadores y no cuentan con el mismo respaldo documental. Sin embargo, sí existen elementos en las fuentes antiguas.
El Códice Florentino, elaborado bajo la dirección de Bernardino de Sahagún junto con sabios nahuas, presenta a Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl como un gobernante y sacerdote profundamente respetado.
Los Anales de Cuauhtitlán, analizados por especialistas en cultura náhuatl, indican que rechazaba los sacrificios humanos y prefería ofrecer aves, serpientes y mariposas en lugar de víctimas humanas. También se le recuerda impartiendo leyes, enseñanzas morales y estableciendo el orden entre el pueblo.
Otro detalle curioso es que el Códice Florentino menciona que enseñaba desde un cerro al que acudían multitudes para escucharlo y describe su barba como inusualmente abundante, una característica poco común dentro de las culturas mesoamericanas.
Finalmente, la tradición narra que abandonó Tula, llegó hasta el mar y partió, dejando tras de sí un recuerdo imborrable.
No es extraño que algunos frailes coloniales, como Diego Durán, llegaran a especular con la posibilidad de que aquellas tradiciones conservaran el recuerdo de Santo Tomás u otro predicador cristiano.
El sorprendente caso de los nivaclé

Los tres casos anteriores pertenecen a tradiciones registradas durante la época colonial. Pero este ocurrió hace apenas unas décadas. En 1980, misioneros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días comenzaron a predicar entre el pueblo indígena nivaclé, en Paraguay.
En poco tiempo ellos comenzaron a aceptar el evangelio. Pero lo más interesante ocurrió cuando escucharon hablar del Libro de Mormón. Varios líderes nivaclé afirmaron que la historia de Jesucristo visitando las Américas les resultaba muy familiar.
Ellos conservaban una tradición transmitida por generaciones acerca de un Ser que descendió del cielo después de un tiempo de oscuridad, sanó enfermos, enseñó a amar al prójimo, realizó milagros y prometió regresar algún día. Aquella semejanza fue una de las razones que los llevó a aceptar el mensaje restaurado del evangelio.
¿Prueba esto que su tradición hablaba realmente de Jesucristo? No a ciencia cierta. Pero sí constituye un caso extraordinario en el que una comunidad indígena encontró en el relato del Libro de Mormón una explicación coherente para una memoria que sobrevivió a generaciones.
¿Qué piensan los Santos de los Últimos Días?

Para muchos investigadores, todas estas historias pertenecen al campo de la antropología, la historia de las religiones o el estudio comparado de los mitos. Para los Santos de los Últimos Días, sin embargo, existe un elemento adicional.
El Libro de Mormón enseña que, después de Su resurrección, Jesucristo visitó a los habitantes del continente americano. Allí predicó Su evangelio, sanó enfermos, organizó Su Iglesia, llamó discípulos y enseñó su evangelio. Desde esa perspectiva, relatos como los de Viracocha, Bochica, Quetzalcóatl o incluso ciertas tradiciones indígenas modernas no resultan extrañas.
Al menos muestran que la idea de un gran maestro divino que visitó América no nació con los Santos de los Últimos Días.
Mucho antes de la Restauración, los propios pueblos indígenas de la América Antigua ya tenían la idea de un gran maestro divino que llegó a transformar la vida de las personas y luego partió dejando la esperanza de un futuro regreso.
Cada uno interpretará esas coincidencias de manera distinta, pero para quienes creen en el Libro de Mormón, esas antiguas memorias pueden representar un eco lejano de uno de los acontecimientos más importantes de la historia: la visita del Salvador resucitado a los pueblos de la antigua América.
¿Y si aquellas historias conservan mucho más de lo que imaginamos?
