La pérdida de un hijo recién nacido, de un bebé durante el embarazo o de un niño pequeño es una de las experiencias más dolorosas para un padre o una madre. En medio de ese vacío, muchos se hacen la misma pregunta: ¿qué pasará con mi hijo(a) en la eternidad?
La bueno es que, a diferencia de muchas teorías, las Escrituras y las revelaciones modernas enseñan con claridad que los niños pequeños son salvos por medio de la expiación de Jesucristo. No necesitan bautismo, no cargan con culpa personal y el Señor ha preparado un lugar para ellos en Su reino.
Saber esto no elimina el dolor de una pérdida, pero sí ofrece una esperanza profundamente consoladora: la muerte no tiene la última palabra y las familias pueden volver a reunirse gracias a Jesucristo.
Los niños pequeños no necesitan bautismo

Una de las enseñanzas más claras del Libro de Mormón se encuentra en Moroni 8, donde el profeta Mormón condena la práctica del bautismo de niños pequeños porque ellos son inocentes delante de Dios. Moroni profetizó:
«Y sus niños pequeños no necesitan el arrepentimiento, ni tampoco el bautismo. He aquí, el bautismo es para arrepentimiento a fin de cumplir los mandamientos para la remisión de pecados».
Si un niño aún no puede pecar de manera consciente, entonces ¿por qué necesitaría arrepentirse o recibir el bautismo para ser limpio? Esa misma verdad fue reafirmada por el Señor en una revelación moderna:
«Todos los niños que mueren antes de llegar a la edad de responsabilidad se salvan en el reino celestial de los cielos».
Por esa razón, el Manual General de la Iglesia enseña que no se realizan bautismos vicarios ni investiduras por niños que fallecen antes de cumplir los ocho años, ya que «los niños pequeños son redimidos por medio de la Expiación de Jesucristo» (Manual General, 28.3.2).
En otras palabras, ellos no son salvos por su propia inocencia, sino por el infinito poder de la expiación de Cristo. Así como todos heredamos las consecuencias de la Caída de Adán, también todos dependemos del Salvador para vencer la muerte y el pecado.
En el caso de los niños pequeños, esa redención actúa plenamente sobre ellos porque nunca llegaron a ser responsables de sus propios pecados.
¿Volveré a ver a mi hijo o hija?

El presidente Joseph F. Smith conocía el dolor de esa pregunta a la perfección. A lo largo de su vida perdió nueve hijos y experimentó la angustia que sienten miles de padres. Sin embargo, también recibió revelaciones que transformaron su perspectiva.
Después de la muerte de una de sus pequeñas hijas escribió que vio en visión a su madre recibiendo al espíritu glorificado de la niña, junto con otros de sus hijos que habían fallecido. Esa experiencia fortaleció su testimonio de que la muerte no destruye los vínculos familiares.
Más adelante enseñó:
«Más allá del velo de la muerte volveré a ver a mis hijos que han fallecido… tengo plena confianza en Su palabra y en Su promesa de que en el futuro poseeré todo lo que me pertenece y mi gozo será completo».
Para quienes han hecho convenios con Dios y permanecen fieles a ellos, la separación causada por la muerte es temporal porque las familias pueden continuar más allá de la tumba gracias al poder del sacerdocio y a la resurrección de Jesucristo.
Eso significa que un padre o una madre que perdió a un bebé no ha perdido para siempre a ese hijo. La promesa para ellos es que llegará el día del reencuentro.
¿Cómo se verá mi hijo(a) después de la resurrección?

Otra pregunta frecuente es si ese hijo permanecerá para siempre como un bebé al momento del reencuentro.
Las revelaciones modernas enseñan algo profundamente hermoso. José Smith explicó que un niño que muere siendo pequeño resucitará con el mismo cuerpo infantil con el que fue sepultado, pero posteriormente crecerá hasta alcanzar la plenitud de la estatura de su espíritu.
El presidente Joseph F. Smith explicó esta doctrina con estas palabras:
«José Smith enseñó la doctrina de que el niño pequeño que muere se levantará como niño en la resurrección… ‘Usted tendrá la alegría, el placer y la satisfacción de criar a ese hijo, después de que haya resucitado, hasta que alcance la estatura completa de su espíritu’».
Muchos padres pueden hallar consuelo en esta promesa. Dios, en Su perfecta justicia y misericordia, no priva eternamente a una familia de las bendiciones que forman parte de Su plan.
¿Y si nunca fue bautizado mi hijo(a)? ¿Aún así se salvará?

Muchas familias también se preguntan qué sucede cuando el embarazo termina en un aborto espontáneo o en el nacimiento de un bebé sin vida que no pudo recibir las ordenanzas básicas del evangelio. En este punto conviene distinguir entre lo que la Iglesia ha revelado y lo que no ha revelado.
El Manual General enseña que:
«Las ordenanzas del templo por niños que fallecen antes de nacer no son necesarias ni se efectúan». .
Sin embargo, esta sección no declara todo lo concerniente a su relación eterna con los padres, en especial en casode aborto, ni ofrece una explicación definitiva sobre ese tema. Por eso, cualquier afirmación categórica iría más allá de lo que el Señor ha revelado.
Lo que sí sabemos con certeza es que Dios es perfectamente justo y perfectamente misericordioso. Él conoce a cada uno de Sus hijos y obra de acuerdo con un plan eterno. Para quienes han sufrido una pérdida durante el embarazo, esa confianza en el carácter de Dios puede convertirse en un ancla mientras esperan mayor luz y conocimiento.
Una esperanza que nace de Jesucristo

En ocasiones, la pregunta más difícil es cómo seguir viviendo después de una pérdida tan grande.
Las Escrituras no prometen que el dolor desaparecerá inmediatamente. Sin embargo, sí testifican que el conocimiento del plan de salvación transforma el dolor en esperanza. El presidente Joseph F. Smith escribió una frase que sigue consolando a miles de familias:
«¡Oh, Dios, ayúdame a vivir digno de unirme con mis hijos en su morada contigo!»
Esa es, quizá, la enseñanza más importante de todas. El Evangelio no solo responde dónde están los niños pequeños, sino que también invita a los padres a vivir de tal manera que puedan reunirse nuevamente con ellos.
Por eso, cuando un padre pregunta entre lágrimas: «¿Volveré a ver a mi hijo?», las Escrituras recuerdan que gracias a la expiación y la resurrección de Jesucristo, la muerte no es el final de la historia. Para quienes confían en Él y permanecen fieles, el día del reencuentro llegará, y ninguna bendición que Dios ha prometido será retenida injustamente.
Fuentes: Manual General (28.3), Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Joseph F. Smith, Liahona Julio 2021, Ask Gramps
