Durante los últimos años he sido la esposa de un obispo. No soy experta en esto, pero ver a mi esposo entregar tantas horas, energía y cariño a su llamamiento me ha enseñado varias cosas sobre lo que significa acompañar a alguien que tiene una gran responsabilidad en la Iglesia. Y esto no aplica solo a las esposas de obispos.
Tal vez tu esposo o esposa sirve en una presidencia de estaca, Sociedad de Socorro, cuórum de élderes, Mujeres Jóvenes o tiene alguna otra asignación que ocupa buena parte de su semana. Ver a la persona que amas servir puede ser muy especial. Pero también hay días en los que simplemente es difícil.
Estas son algunas cosas que me han ayudado.
El llamamiento no debería convertirlos en rivales

Una de las cosas que intento recordar es que estamos en el mismo equipo.
En ciertos momentos puede parecer que el llamamiento está compitiendo con la familia, especialmente cuando aparecen reuniones, llamadas inesperadas o asuntos que necesitan atención urgente.
Pero mi esposo no está eligiendo su llamamiento en lugar de nosotros. Está intentando servir al Señor y, al mismo tiempo, ser esposo y padre.Eso no significa que cada semana exista un equilibrio perfecto. Por eso también hemos aprendido a hablar claramente sobre lo que necesita nuestra familia.

Apoyar un llamamiento no significa guardar silencio cuando algo no está funcionando. Los hijos siguen necesitando a sus padres y el matrimonio también necesita tiempo.
A veces hay que mirar el calendario y decir: “Esta noche realmente necesitamos que estés en casa”. Y eso también puede ser una forma de apoyarse. Otra cosa que he tenido que aprender es a aceptar ayuda.
Muchas personas están dispuestas a ayudar al obispo, pero también pueden ayudar a su familia. Si alguien ofrece cuidar a los niños un rato, llevar una comida o aliviar un poco la carga, no siempre tenemos que responder que no.
Aunque el cónyuge no haya recibido ese llamamiento, sus efectos también llegan a casa.
Tu familia todavía necesita una vida normal

Un llamamiento puede ocupar muchísimo espacio si uno se lo permite. Por eso intento proteger momentos en los que mi esposo pueda simplemente ser mi esposo y el padre de nuestros hijos.
Cenar juntos, ver una película, salir en una cita, reírnos por cualquier tontería o reservar una mañana de sábado para la familia puede parecer algo pequeño.
Pero esas cosas importan. En casa no todo tiene que girar alrededor de reuniones, entrevistas, mensajes o responsabilidades de la Iglesia. También he aprendido a orar de una manera diferente.

Durante mucho tiempo oraba principalmente para que mi esposo supiera qué hacer y pudiera ayudar a las personas que dependían de él. Con el tiempo entendí que yo también necesitaba orar por mí.
Por paciencia. Por perspectiva. Por saber cuándo podía seguir adelante y cuándo necesitaba decir que algo se estaba haciendo demasiado pesado. Y quizá una de las lecciones más importantes ha sido aceptar que no siempre voy a manejarlo perfectamente.

Habrá semanas en las que todo parezca funcionar y otras en las que me frustrará escuchar el teléfono sonar otra vez. Habrá planes que cambien, domingos agotadores y momentos en los que uno se pregunte cómo podrá seguir con ese ritmo.
Eso también forma parte del proceso. Apoyar a alguien en un llamamiento exigente no significa estar feliz con cada sacrificio ni fingir que nunca pesa.
Para mí, ha significado elegir una y otra vez cuidar nuestro matrimonio y nuestra familia mientras mi esposo intenta cumplir con algo que considera importante. Después de varios años como esposa de un obispo, todavía sigo aprendiendo cómo hacerlo.
Fuente: Becky Squire
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