Ser obispo puede ser una de las experiencias más gratificantes del Evangelio, pero también una de las más exigentes. 

Aunque los miembros suelen ver a sus líderes como personas capaces de enfrentar cualquier situación, la realidad es que muchos de ellos también cargan preguntas, preocupaciones y desafíos que no siempre pueden compartir.

Esa fue la experiencia de Grant Stucki, obispo en Colorado, Estados Unidos, quien descubrió que una de las mayores necesidades de los líderes de la Iglesia no era recibir más información, sino encontrar espacios donde pudieran fortalecerse mutuamente.

Algunas reuniones no responden preguntas

Imagen: Masfe

Grant siempre creyó en el poder de los consejos y reuniones. Había participado en consejos de barrio donde las conversaciones ayudaban a encontrar respuestas para personas reales y necesidades reales.

Sin embargo, su experiencia en el consejo de obispos de la estaca era diferente.

Las reuniones solían centrarse en calendarios, anuncios, iniciativas administrativas y procedimientos. Aunque todo eso era necesario, él sentía que quedaba poco espacio para hablar sobre los desafíos que realmente ocupaban su mente cada semana.

Mientras escuchaba informes y logística, pensaba en los matrimonios que estaban atravesando dificultades, en jóvenes que se estaban alejando de la fe y en familias que necesitaban apoyo espiritual.

Sentía que muchos de los problemas cotidianos que enfrentaban los líderes rara vez llegaban a la conversación.

La presión silenciosa de mantener el control

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Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Con el tiempo, Grant identificó algo que estaba afectando estas reuniones.

Según explica, muchos líderes sienten una presión implícita de demostrar que tienen respuestas para todo. Nadie quiere admitir que está luchando con un desafío de liderazgo o que no sabe cómo ayudar a determinada persona.

El resultado es que las conversaciones suelen quedarse en terrenos seguros.

En lugar de hablar sobre las dificultades reales del ministerio, se habla de temas menos personales y más fáciles de abordar.

Pero el Evangelio nunca ha sido una obra basada en apariencias. Siempre ha sido una obra basada en la unidad, el consejo y la dependencia del Señor.

Una conversación lo cambia todo

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Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

Después de meses reflexionando sobre el tema, Grant decidió hablar con su presidente de estaca.

Reconoce que estaba nervioso, no quería parecer crítico ni dar la impresión de que cuestionaba la forma en que se hacían las cosas.

Aun así, compartió honestamente cómo se sentía. Le explicó que muchas veces experimentaba soledad en su llamamiento y que necesitaba aprender de la experiencia de otros obispos. 

También expresó que las reuniones actuales no estaban facilitando ese tipo de intercambio.

La respuesta de su presidente de estaca lo sorprendió. Lejos de ponerse a la defensiva, escuchó atentamente y admitió que él también veía oportunidades para mejorar. 

Juntos comenzaron a pensar en formas de hacer que esos encuentros fueran más útiles y edificantes. La vulnerabilidad abrió una puerta que la formalidad no había podido abrir.

Un consejo donde todos pueden aprender

Imagen: masfe.org

En lugar de dedicar casi todo el tiempo a asuntos administrativos, un obispo podría dirigir una conversación enfocada en un desafío común del liderazgo.

Antes de cada reunión enviaría preguntas para reflexionar y compartiría alguna experiencia personal relacionada con el tema. Podría tratarse de fortalecer la ministración, ayudar a los jóvenes, apoyar matrimonios o mejorar los consejos de barrio.

Cuando un líder comienza reconociendo algo con lo que está luchando, otros sienten la confianza para hacer lo mismo. Los consejos funcionan mejor cuando dejan de ser lugares para impresionar y se convierten en lugares para aprender juntos.

Los llamamientos pueden ser pesados y las responsabilidades son reales. Sin embargo, el Señor nunca diseñó Su obra para que se llevara adelante en soledad. Las escrituras enseñan repetidamente el principio de aconsejarse mutuamente, escuchar diferentes perspectivas y buscar revelación en conjunto.

Cuando los líderes dejan de intentar parecer perfectos y comienzan a apoyarse unos a otros, el Señor puede multiplicar la sabiduría y la fortaleza de todos los involucrados.

Al final, quizás una de las mayores lecciones del liderazgo en la Iglesia sea recordar que nadie tiene que cargar la obra solo. La unidad sigue siendo una de las herramientas más poderosas que el Señor ha dado para bendecir a Su pueblo.

Fuente: Leading Saints 

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