A veces, una misión empieza mucho antes de colocarse una placa con el nombre de Jesucristo.
Hace poco encontré una historia sobre una joven misionera que estaba a punto de terminar su tiempo en el Centro de Capacitación Misional. Faltaba poco para que saliera al campo misional, pero estaba agotada.

Después de varias semanas de preparación, comenzaba a sentir que su entusiasmo desaparecía. Un día, al terminar un devocional, una misionera mayor se dio cuenta de que algo no estaba bien. Se acercó y le hizo una pregunta sencilla:
—Cuando recibiste tu llamamiento misional, ¿tu familia y tus amigos se reunieron para saber dónde servirías?
La joven respondió que sí. Entonces, la otra misionera le contó una historia que cambiaría la forma en que veía su misión.
“Prometo que voy a encontrarte”

Le pidió que imaginara por un momento la vida antes de venir a la Tierra.
En aquella historia, ella estaba junto a sus mejores amigos esperando recibir un “llamamiento”. Solo que esta vez no se trataba de servir durante 18 meses o dos años, sino de venir a la Tierra.
Cuando abrió el suyo, descubrió que nacería en una familia que conocía el Evangelio. Tendría padres que la amarían y crecería aprendiendo acerca de Jesucristo. Todos se alegraron por ella.

Después llegó el turno de su mejor amiga.
Su llamamiento era muy diferente. Ella nacería en una familia que no conocía acerca de un Padre Celestial que la amaba. Crecería sin conocer el Evangelio restaurado, el plan de salvación ni las promesas que ofrece Jesucristo.
Su amiga sintió miedo. Entonces, antes de despedirse, la joven hizo una promesa:
—No te preocupes. Voy a encontrarte.
La historia continuaba imaginando que, años después, llegaría el momento de cumplir aquella promesa. Para hacerlo tendría que dejar temporalmente su casa, su familia, sus estudios y buena parte de la vida que conocía.
Aun así, respondería:
—Voy a ir porque amo a Dios y amo a Sus hijos.
Tal vez alguien está esperando

Nadie puede afirmar que nuestra vida premortal ocurrió exactamente de esa manera. La historia funciona como una comparación, no como un relato doctrinal de lo que sucedió antes de nacer.
Pero la pregunta que deja es difícil de olvidar: ¿Y si entre las personas que un misionero conoce existe alguien que lleva toda su vida esperando escuchar aquello que él o ella salió a compartir?
Puede ser alguien que nunca haya escuchado hablar del Libro de Mormón. Alguien que crea que Dios se olvidó de él.
O simplemente una persona que necesita saber que tiene un Padre Celestial que la conoce y que Jesucristo puede ofrecerle esperanza. Quizás por eso, cuando una misión se vuelve cansada, repetitiva o difícil, recordar por qué comenzamos puede cambiarlo todo.
Aquella joven misionera había llegado al CCM pensando que se preparaba para ir a California. En el caso de quien contó esta historia, el destino era República Dominicana. Pero después de aquella conversación, la misión dejó de ser solamente un lugar en un mapa.
Se convirtió en la posibilidad de encontrar a alguien.
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