Pregunta
Cuando pensamos en el Juicio Final, puede que a todos se nos venga la misma escena a la mente: un gran tribunal, silencio absoluto, libros abiertos y una lista interminable de errores proyectados ante el universo. Lo sé, suena un poco aterrador, ¿verdad?
Pero ¿y si esa imagen estuviera incompleta? La mayoría de los miembros de la Iglesia de Jesucristo saben que seremos juzgados “según nuestras obras”. Pero esa frase, aunque correcta, se queda muy corta.
Las escrituras y las enseñanzas modernas revelan un escenario mucho más íntimo, más justo y sorprendentemente más humano de lo que solemos imaginar. Acompáñanos a descubrirlo.
Respuesta

Muchos, incluso creyentes, tienen la idea de que el Juicio Final será un momento de descubrimiento: “Ahí sabré finalmente cómo me fue”. Pero las enseñanzas restauradas sugieren algo distinto.
El Juicio Final no será tanto para informarnos, sino para confirmar públicamente lo que ya somos. El apóstol Juan describió una escena solemne:
“Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie delante de Dios; y los libros fueron abiertos…”
Sin embargo, profetas modernos han explicado que esta escena es más una manifestación justa y transparente del camino que cada persona ya eligió con su vida que un interrogatorio sorpresa.
El presidente Thomas S. Monson enseñó:
“Nuestra meta es obtener la Gloria Celestial, y las decisiones que tomamos determinan en gran parte si alcanzaremos o no nuestra meta”.
En otras palabras: nadie llegará al Juicio Final preguntando: “¿qué pasará conmigo?”. Cada alma reconocerá su lugar de acuerdo a sus decisiones.
Seremos juzgados por quienes llegamos a ser

Aquí es donde entra uno de los puntos menos comprendidos y más poderosos de la doctrina restaurada: el Juicio Final no se basa únicamente en acciones externas, sino en la transformación interior.
Pablo lo expresó de forma sorprendente cuando declaró que:
“muestran la obra de la ley escrita en sus corazones, dando también testimonio su conciencia, mientras que sus pensamientos los acusan o los excusan”.
Esto quiere decir que cada persona lleva consigo su propio registro el cual se encuentra en nuestras mentes y corazones, porque cada pensamiento, deseo o intención deja huella en el alma.
No se trata de que Dios “revise archivos” de nuestros hechos y errores, sino de que Él nos conoce perfectamente.
Por eso, el Juicio Final no será una comparación entre personas, sino un encuentro honesto con nuestra versión más verdadera.
El propósito final no es condenar

Finalmente, el Juicio Final no está para castigar, sino para colocar a cada persona en el reino donde pueda sentirse íntegra y en armonía con quien llegó a ser.
Esto guarda relación con las revelaciones de Doctrina y Convenios 76, que describen grados de gloria comparables al sol, la luna y las estrellas. Aunque los veamos como una jerarquía de valor humano, son en realidad una diversidad de destinos a los que iremos guiados por nuestros deseos, decisiones y disposición para recibir a Cristo.
Solo quienes, con pleno conocimiento, rechazan la luz, quedan fuera de estos dones. Pero para todos los demás, el plan de Dios sigue siendo redentor. Así que la próxima vez que pienses en el Juicio Final no lo veas como un evento futuro sino como un proceso que ya comenzó.
Cada día, nuestras decisiones escriben una historia en los registros del cielo y en nuestra memoria. La pregunta que debes hacer, entonces, no es “¿qué dirá Dios de mí?” sino: “¿En qué persona me estoy convirtiendo?”.
Fuente: Ask Gramps



