Muchas personas dedican tiempo a investigar su historia familiar para conocer a sus antepasados y llevar sus nombres al templo. Sin embargo, algunas han vivido situaciones que les hicieron sentir que sus familiares fallecidos también estaban interesados en ellas.
Estas cuatro historias, compartidas por miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, hablan de impresiones espirituales, sueños y encuentros que cobraron sentido años después.
Aunque cada relato es diferente, todos recuerdan que los lazos familiares pueden tener un significado mucho más profundo de lo que imaginamos.
Una impresión que la llevó hasta la tumba de un bebé

Myrna Hoyt sintió una fuerte impresión de visitar el cementerio de Parowan, Utah. No entendía por qué debía ir, pues creía que ninguno de sus antepasados estaba enterrado allí.
Aun así, decidió seguir aquella impresión y viajó con su esposo. Al revisar sus registros familiares, encontró que sus antepasados James y Emily Lewis habían vivido en Parowan durante diez años. También descubrió que su pequeño hijo Nathaniel murió en 1860, cuando apenas tenía 13 meses.

La pareja encontró la ubicación de su tumba en un mapa, pero al llegar no había ninguna lápida. Myrna llamó a las oficinas de la ciudad y confirmó que el niño estaba enterrado exactamente donde ellos se encontraban.
En ese momento, sintió muy cerca a su antepasada Emily y comprendió por qué había tenido aquella impresión: aquel bebé necesitaba ser recordado. Myrna encargó una lápida y regresó un mes después para verla instalada.
«Esta experiencia fue un tierno recordatorio de que cada alma es preciosa».
Su historia le enseñó que el trabajo de historia familiar también puede ser una manera de expresar amor por quienes vivieron antes que nosotros.
Tres historias sobre los lazos familiares eternos
1. El hombre de blanco que observaba a un recién nacido

En 1977, Jill Johnson entró a la habitación de su hijo Christopher para alimentarlo y vio a un hombre vestido completamente de blanco. El hombre parecía estar sentado, aunque no había ninguna silla, y observaba atentamente al bebé.
Jill no sintió miedo. Tampoco intercambiaron palabras, pero aquella imagen permaneció en su memoria. Quince años después, mientras visitaba a la familia de su esposo, vio una fotografía que la sorprendió. El hombre de la imagen era exactamente el mismo que había visto aquella noche.
Se trataba del abuelo fallecido de su esposo, Chuck.

Pasaron otros quince años antes de que aquella historia cobrara un nuevo significado. La familia asistió al Templo de Denver para realizar ordenanzas por personas fallecidas. Chuck repartió entre los tres algunos nombres que tenía preparados.
Durante el regreso a casa, comprendió algo que los dejó profundamente conmovidos: Christopher había realizado la investidura por su bisabuelo, el mismo hombre que, según el relato de Jill, lo había observado cuando era un bebé.
Para la familia, ambos momentos quedaron conectados después de treinta años.
2. Una pregunta que cambió su manera de ver a sus antepasados

Scot Facer Proctor pasó casi tres meses recorriendo las islas británicas con su familia para investigar su genealogía. Durante ese tiempo, su hermano Paul, su cuñada Peggy y otros familiares llegaron a visitarlos. Un día, Peggy quiso investigar a sus propios antepasados en una antigua iglesia y su cementerio.
Scot se sintió algo molesto porque consideraba que estaban perdiendo tiempo que habían reservado para investigar sus propias líneas familiares. Peggy percibió su incomodidad, colocó las manos sobre sus hombros y le hizo una pregunta:
«Scot, ¿en qué momento de toda la eternidad estaremos separados?».
Aquellas palabras cambiaron por completo su actitud. Comprendió que los antepasados de Peggy también formaban parte de su familia y que sus vínculos no terminaban con la muerte. Con un nuevo entusiasmo, comenzó a buscar entre las lápidas y fue el primero en encontrar algunos de los apellidos familiares que buscaban.
3. Un sueño que encontró sentido semanas después

Mary tenía 25 años cuando recibió su investidura en el templo. Un par de meses después, tuvo un sueño que recordaría con mucha claridad.
En él vio a una familia indígena estadounidense formada por un padre, una madre y su hija. La joven estaba sentada mientras sus padres permanecían de pie detrás de ella. Los tres vestían ropa tradicional y le sonreían.
Mary explicó que no solía soñar con frecuencia y que aquella ocasión fue diferente por lo claro que había sido todo. Unas semanas después, su padre mencionó que estaba investigando la genealogía de familias indígenas estadounidenses.
Mary le pidió algunos nombres para llevar al templo. Su padre le entregó los de una familia formada por un padre, una madre y una hija. La coincidencia le recordó inmediatamente su sueño.
Fuente: Meridian Magazine
