Un pueblo puede recordar quién es gracias a sus historias, pero también gracias a quienes encuentran la manera de hacerlas visibles.
Para los Santos de los Últimos Días del siglo XIX, uno de esos hombres fue Carl Christian Anton Christensen, conocido como CCA Christensen, un inmigrante danés que convirtió su talento artístico en una forma de preservar la memoria de los primeros miembros de la Iglesia.
Mucho antes de que sus pinturas fueran expuestas en museos, Christensen recorrió los asentamientos del Oeste con un enorme lienzo enrollado.
Cuando llegaba a una comunidad, instalaba sus pinturas, encendía lámparas de aceite y, acompañado de música de piano, comenzaba a mostrar una escena tras otra. El público podía ver a José Smith en la Arboleda Sagrada, las persecuciones en Misuri, la destrucción de Nauvoo y, finalmente, a los pioneros cruzando las llanuras rumbo al Valle del Lago Salado.
Aquello era conocido como el Panorama Mormón, una colección de enormes pinturas que permitía a las personas contemplar la historia de la Iglesia de una manera que, para aquella época, resultaba extraordinaria.
Un artista que dejó Europa para seguir su fe

CCA Christensen nació en Copenhague, Dinamarca, el 28 de noviembre de 1831. Su infancia estuvo marcada por dificultades económicas y, siendo todavía niño, pasó un tiempo en un orfanato. Sin embargo, su talento artístico comenzó a llamar la atención y finalmente tuvo la oportunidad de estudiar en la Real Academia de Bellas Artes de Copenhague.
Su futuro parecía estar encaminado hacia una carrera artística en Europa, pero en 1850 conoció el mensaje de los misioneros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y decidió bautizarse. Aquella decisión cambiaría el rumbo de su vida.
Después de completar sus estudios, Christensen sirvió como misionero en Dinamarca y Noruega aunque su predicación no siempre fue bien recibida.
En Noruega incluso fue arrestado en varias ocasiones por sus actividades religiosas y pasó tiempo en prisión. A pesar de ello, continuó predicando y utilizando su talento artístico para ganarse la vida cuando era necesario.
Aquellas experiencias probablemente influyeron profundamente en el artista que llegaría a ser.
De Europa a las llanuras de Estados Unidos

En 1857, Christensen recibió permiso para emigrar a Utah. Durante el viaje se casó con Elise Rosalie Scheel Haarby y, después de llegar a Iowa City, ambos se unieron a un grupo de pioneros que recorrería el resto del camino utilizando carretas de mano.
El viaje fue duro. Los emigrantes tenían que limitar considerablemente sus pertenencias y Christensen tuvo que dejar atrás libros y objetos que apreciaba. También conoció de primera mano el hambre, el cansancio, el frío y las dificultades que acompañaban a quienes cruzaban las llanuras.
Pero Christensen observaba todo con los ojos de un artista. Recordó a los niños que caminaban durante horas, a los adultos que luchaban contra el agotamiento y a quienes morían durante el trayecto y quedaban enterrados junto al camino.
El 13 de septiembre de 1857 llegó finalmente a Salt Lake City.
Su formación artística europea, sin embargo, no significaba que en Utah pudiera dedicarse inmediatamente a pintar. Como muchos otros pioneros, tuvo que trabajar en distintas labores para ayudar a construir las comunidades. Cultivó la tierra, pintó decoraciones y realizó diferentes trabajos para sostener a su familia.
Pero con el paso del tiempo comenzó a comprender que había algo que también necesitaba ser construido: la memoria.
El artista que decidió pintar la historia

A finales de la década de 1870, Christensen comenzó a trabajar en el proyecto que definiría su legado: el Panorama Mormón.
La idea era sencilla, pero ambiciosa. Para lograrlo, Christensen decidió crear enormes escenas pintadas sobre lienzo que podían desplazarse lentamente mediante rodillos mientras un narrador explicaba lo que estaba ocurriendo.
El resultado fue una especie de película histórica antes de que existieran las películas.
El panorama llegó a incluir 23 escenas y recorría acontecimientos fundamentales de la historia de los Santos de los Últimos Días, desde la Primera Visión de José Smith hasta la llegada de los pioneros al Valle del Lago Salado.
Christensen representó episodios como la expulsión de los Santos del condado de Jackson, el ataque de Haun’s Mill, la cárcel de Liberty, la muerte de José Smith, el incendio del Templo de Nauvoo y el viaje hacia el Oeste.
Para lograr retratar esas escenas a la perfección, Christensen buscó a personas que habían vivido aquellos acontecimientos y escuchó sus recuerdos para capturar detalles, lugares y circunstancias que pudieran ayudarle a representar la historia de una manera más real.
Ese trabajo convirtió a Christensen en una especie de recopilador visual de los recuerdos de una generación.
Cuando la historia cobraba vida frente al público

A partir de 1879, Christensen llevó su Panorama Mormón por diferentes comunidades del Oeste. En cada lugar, el enorme lienzo era instalado y las familias se reunían para contemplarlo. Mientras las pinturas avanzaban, un pianista interpretaba himnos relacionados con las escenas y Christensen explicaba los acontecimientos.
Para los espectadores de aquella época, la experiencia debió de ser impactante ya que hasta entonces no existían documentales, películas históricas ni fotografías capaces de mostrarles cómo habían sido aquellos acontecimientos.
Y había algo todavía más especial: algunas de las personas sentadas entre el público habían vivido los acontecimientos que Christensen estaba representando.
Para un niño, una pintura podía ser simplemente una escena de pioneros cruzando las llanuras. Para un hombre o una mujer que había realizado aquel viaje, podía ser el recuerdo de una parte de su propia vida.
Christensen entendió que esa generación estaba desapareciendo y que, con ella, también podían perderse detalles y recuerdos que nunca aparecerían en los libros de historia. Por eso trabajó en el Panorama Mormón con una urgencia especial.
Pintar para que una generación no fuera olvidada

La obra de CCA Christensen terminó convirtiéndose en un puente entre generaciones.
El artista sabía que los acontecimientos podían quedar registrados en documentos, fechas y relatos, pero también entendía que una imagen podía representar algo diferente. Una pintura podía ayudar a una persona a imaginar el frío de las llanuras, la pérdida de Nauvoo o la esperanza de quienes finalmente llegaron al Valle del Lago Salado después de meses de dificultades.
Christensen había sido parte de esa historia también. Había dejado su país, había servido como misionero, había conocido la persecución, había cruzado el océano y había recorrido las llanuras con una carreta de mano. Por eso, cuando pintaba, lo hacía con una familiaridad peculiar.
CCA Christensen murió en 1912 en Ephraim, Utah. Con el tiempo, su Panorama Mormón dejó de recorrer las comunidades y terminó siendo preservado por la Universidad Brigham Young. En 1970, algunas de sus obras fueron incluso exhibidas en el Museo Whitney de Arte Estadounidense en Nueva York.

Sin embargo, más allá de sus increíbles pinturas, quizá el mayor legado de Christensen está en haber comprendido que las personas necesitan recordar de dónde vienen.
Cuando sus enormes pinturas comenzaban a desplazarse lentamente frente a una congregación, Christensen estaba ayudando a una nueva generación a conocer los sacrificios, la fe y las dificultades de quienes habían llegado antes que ellos.
Su pincel terminó haciendo algo que ninguna carreta podía hacer: llevar la memoria de los pioneros mucho más lejos de lo que ellos mismos habían podido llegar.
Fuente: Meridian Magazine
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