A veces los cambios más importantes comienzan con algo tan simple como una llamada.
Todo comenzó en 1996, cuando Shirley Kimball vio un anuncio del Libro de Mormón en televisión y decidió solicitar un ejemplar. En ese momento estaba buscando una iglesia donde pudiera acercarse más a Dios y, de hecho, tenía planes de bautizarse en otra denominación cristiana.
Sin embargo, el día de ese bautismo ocurrió algo inesperado. La ordenanza tuvo que cancelarse y, pocos días después, los misioneros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días tocaron su puerta con el Libro de Mormón que había solicitado tiempo atrás.
Lo que parecía una coincidencia terminó convirtiéndose en el inicio de una historia de fe, cambio y servicio que sigue inspirando décadas después.
Una decisión que cambió su vida

Antes de conocer a los misioneros, Shirley llevaba años luchando contra el hábito de fumar. Ya había comenzado a reducir el consumo de cigarrillos cuando empezó a aprender sobre la Iglesia.
Poco a poco comenzó a reducir la cantidad de cigarrillos que consumía. Un día, mientras se preparaba para fumar, se miró al espejo y tomó una decisión definitiva.
“No voy a hacer esto”, se dijo a sí misma.
Tomó el cigarrillo y lo arrojó al inodoro. Más adelante contó a los misioneros el progreso que había logrado. Ellos le ofrecieron desechar el resto de sus cigarrillos para ayudarla, pero Shirley tuvo una idea diferente.
Les pidió que escribieran un versículo de las Escrituras en uno de ellos. Los misioneros eligieron Éter 12:27, un pasaje donde el Señor enseña que nuestras debilidades pueden convertirse en fortalezas mediante Su gracia.
Ese cigarrillo nunca fue encendido. Su cambio no fue únicamente abandonar un hábito, fue aprender a confiar en Jesucristo para llegar a ser una mejor persona.
Poco tiempo después fue bautizada como miembro de la Iglesia.
Cuando servir se volvió una misión de vida

Menos de un año después de su bautismo, Shirley conoció el Centro de Ropa de la Estaca Baltimore, una iniciativa dedicada a ayudar a personas y familias con necesidades materiales.
Lo que comenzó como unas horas de voluntariado terminó convirtiéndose en más de 30 años de servicio constante. Durante años equilibró su empleo, su familia, sus responsabilidades en la Iglesia y el trabajo voluntario en el centro.
Incluso cuando el centro tuvo que cerrar temporalmente por la venta del edificio, Shirley llevó cajas de ropa a su propia casa para seguir ayudando a quienes lo necesitaban.
Para ella, el servicio nunca dependió de un lugar, sino dependía de ver a cada persona como un hijo o una hija de Dios.
“Quiero darles lo mejor”

Con los años, Shirley ayudó a transformar el centro en un lugar donde cada persona fuera tratada con dignidad. La ropa es cuidadosamente organizada, planchada y preparada antes de ser entregada.
La razón detrás de ese esfuerzo es sencilla.
“Quiero darles lo mejor”, explicó.
Y agregó una verdad que ha guiado su vida durante décadas:
“Siempre trato de pensar: estos son Sus hijos. Sean miembros o no. Son Sus hijos”.
El Evangelio nos enseña que todos tienen un valor divino. Cuando vemos a las personas como Dios las ve, el servicio deja de ser una obligación y se convierte en una expresión de amor cristiano.
La historia de Shirley demuestra que una vida transformada por Jesucristo puede convertirse también en una bendición para miles de personas. Treinta años después, su legado no se mide por cargos o reconocimientos.
Porque muchas veces, los milagros más grandes no ocurren en un instante, sino a través de años de fe, servicio y dedicación silenciosa.
Fuente: Church News
