Jim creció en una familia Santo de los Últimos Días en Indiana. Era el octavo de nueve hermanos y sus padres, conversos a la Iglesia, procuraban vivir el Evangelio y llevar a sus hijos al templo. Pero durante su niñez comenzó a alejarse de todo eso.
Antes de cumplir 10 años fumó su primer cigarrillo. En quinto grado probó alcohol y, un año después, marihuana.
Con el tiempo llegaron otras drogas. En la secundaria consumió LSD, éxtasis y hongos. Luego apareció la cocaína y, para su segundo año de preparatoria, el crack ya formaba parte de su vida diaria.
“Nada era suficiente para mí”, recuerda.
Su adicción comenzó a afectar también a quienes estaban cerca de él. Vendía drogas, robaba dinero a sus padres e incluso buscaba que otras personas consumieran para poder mantener su propio hábito.
Cuando llegó al límite

Jim recuerda varios momentos en los que sintió que debía detenerse.
Destrozó el auto de sus padres mientras estaba bajo los efectos de las drogas, fue arrestado en un parque de diversiones por vender sustancias y, en otra ocasión, alguien le apuntó con una pistola directamente al rostro.
También terminó en la cárcel después de agredir a un miembro de su propia familia. Una noche, durante su último año de preparatoria, pensó que iba a morir.
Su corazón comenzó a latir con fuerza, perdió momentáneamente la visión y sintió una fuerte presión en el pecho. Asustado, oró. Le pidió a Dios que no permitiera que aquel fuera el final y que lo ayudara a dejar las drogas.

Sin embargo, los intentos anteriores de rehabilitación no habían funcionado. Jim reconoce que había una razón: todavía no quería cambiar.
Después de graduarse llegó a vivir dentro de su automóvil. Pedía dinero en estaciones de servicio para poder comprar drogas.
Para él, ese fue su momento más bajo. Entonces tuvo un sueño que no pudo olvidar. Vio a una joven junto a cinco niños. Ellos estaban rodeados de luz mientras él permanecía en la oscuridad.
La mujer y los niños comenzaron a alejarse hacia un lugar al que él no podía seguirlos. Jim sintió con claridad que estaba viendo el futuro que podía perder.
“Sabía que Dios me estaba diciendo que era mi última oportunidad”, contó.
A la mañana siguiente condujo hasta la casa de sus padres en Indiana y les dijo algo que durante mucho tiempo no había podido decir sinceramente:
Quería cambiar.
La persona que vio en su sueño

Poco después comenzó a asistir nuevamente a la Iglesia.
Participó en una conferencia para jóvenes y luego en un programa especial para jóvenes de la Iglesia. Durante esas semanas, recuerda haber llorado constantemente al sentir algo que ya no podía ignorar.
El cambio no ocurrió de un día para otro. Pero comenzó a tomar decisiones pensando en la familia que algún día quería tener y no en la siguiente droga que podía consumir.
Su relación con su padre también cambió. Con el tiempo, dice Jim, se convirtió en su mejor amigo. Un año después asistió a un baile realizado en un barco en Chicago. Allí conoció a Anna.

Cuando la vio, algo le resultó familiar. Jim estaba convencido de que era la misma joven que había visto en aquel sueño. Tres meses después se casaron. Según cuenta, Anna nunca lo juzgó por su pasado.
Hoy Jim vive en Houston, trabaja como contador público y es padre de seis hijos. Al mirar atrás, encuentra una diferencia importante entre aquel último intento por cambiar y todos los anteriores.
“Cada vez que intenté cambiar, dejé al Salvador fuera. Esta vez lo incluí, y Él me hizo nuevo”.
Jim asegura que estudiar el Libro de Mormón todos los días continúa ayudándolo a cambiar.
“Hay días en los que casi puedo sentir Sus brazos alrededor de mí».
Para alguien que alguna vez creyó que había perdido por completo su futuro, esa vida que vio alejarse en un sueño terminó convirtiéndose en su realidad.
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