Tal vez pasó un mes o fueron años.

Dejaste de asistir a la Iglesia, te alejaste de algunas personas o incluso empezaste a cuestionar cosas que antes dabas por seguras. Y ahora, por alguna razón, algo cambió. Volviste a sentir ganas de entrar a una capilla, sentarte en una reunión sacramental y reconectar con Dios.

Y aunque desde afuera parece tan sencillo como “solo volver”, en realidad puede dar un poco de nervios.

Quizás no sabes qué decir si alguien te pregunta dónde estuviste. Tal vez tienes dudas sobre el Evangelio, sobre la Iglesia o sobre ti mismo. Incluso puede que una parte de ti piense que primero tienes que arreglar tu vida y recién después regresar.

Pero el Evangelio de Jesucristo no funciona así. No tienes que tener todo resuelto para acercarte al Salvador. De hecho, una de las razones por las que regresamos a Él es precisamente porque necesitamos Su ayuda.

No tienes que volver perfecto

Imagen: Add Faith

Jesucristo enseñó la parábola del hijo pródigo. El hijo menor decidió alejarse de su hogar, tomó su herencia y se fue. Después de perderlo todo, se dio cuenta de que había tomado una mala decisión y decidió regresar.

Lo interesante es que el padre no esperó a que su hijo llegara con una vida perfectamente reconstruida.

Cuando lo vio regresar, corrió hacia él y lo recibió con los brazos abiertos. La historia no comienza con el hijo solucionando todos sus problemas. Comienza cuando decide volver a casa.

Algo parecido puede ocurrir con nuestra relación con Dios. A veces pensamos que primero tenemos que recuperar nuestro testimonio, resolver nuestras dudas, cambiar nuestros hábitos o sentirnos dignos para volver a la Iglesia.

Si estás pensando en regresar después de mucho tiempo, estas ideas pueden ayudarte a hacerlo de una manera más tranquila y consciente.

Recuerda por qué estás regresando

Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Una de las cosas que puede dificultar el regreso es confundir el evangelio con las experiencias que tuvimos dentro de la Iglesia.

Quizás alguien te ofendió. Tal vez tuviste una mala experiencia con un líder, con otros miembros o con alguna situación de tu barrio. También es posible que algunas preguntas sobre la historia de la Iglesia o ciertas prácticas hayan influido en tu decisión de alejarte.

Todo eso puede ser real y merece ser procesado.

Pero al regresar, puede ayudarte recordar que la Iglesia está formada por personas imperfectas, pero el centro del Evangelio es Jesucristo.

No estás regresando para demostrarle algo a los demás ni para cumplir con las expectativas de un barrio. Estás regresando para acercarte al Salvador.

Eso también puede cambiar la manera en que ves tu regreso. No necesitas preocuparte demasiado por cómo te recibirán los demás. Tu relación con Jesucristo es más importante que la opinión de cualquier persona.

Si te cuesta físicamente regresar, ve poco a poco

Imagen: Add Faith

A veces sabemos que queremos regresar, pero nuestro cuerpo parece decir lo contrario.

Puedes sentir nervios al estacionar frente a la capilla, incomodidad al entrar al edificio o ansiedad al pensar en encontrarte con personas que no ves desde hace tiempo.

Si has tenido experiencias difíciles relacionadas con la Iglesia, esas emociones pueden aparecer incluso cuando racionalmente sabes que quieres volver.

Por eso, no tienes que obligarte a hacerlo todo de una vez.

Puedes comenzar de manera gradual, primero, pasar por la capilla durante la semana, hablar con un líder de confianza, entrar al edificio cuando esté vacío o simplemente sentarte unos minutos afuera. Dar pasos pequeños también es avanzar.

Si las experiencias del pasado todavía generan una respuesta emocional muy fuerte, buscar ayuda profesional puede ser una buena decisión. La sanación emocional también puede formar parte de nuestro proceso espiritual.

Y si decides hablar con tu obispo, puedes explicarle cómo te sientes y pensar juntos en una forma de regresar que te resulte cómoda. No tienes que hacer que tu primera visita sea perfecta.

Puedes volver con dudas

Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Tal vez una de las mayores presiones al regresar es pensar que necesitas recuperar inmediatamente un testimonio fuerte. Pero las Escrituras enseñan algo diferente.

En Alma 32, Alma explica que podemos comenzar incluso con “un deseo de creer”. No se nos pide tener todas las respuestas antes de comenzar a ejercer fe.

Puedes sentarte en la reunión sacramental con preguntas. Puedes escuchar una clase sin tener todas las respuestas. Puedes volver a leer las Escrituras buscando aquello que alguna vez sentiste.

La fe también puede crecer mientras caminamos. No necesitas fingir que tus dudas desaparecieron. Puedes llevarlas contigo y permitir que Jesucristo te ayude a encontrar respuestas con el tiempo.

No tienes que explicar toda tu historia

Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Una de las partes más incómodas de regresar puede ser encontrarte con personas que te conocen.

“¡Qué bueno verte!”

“¿Dónde estabas?”

“¡Hace muchísimo que no vienes!”

Probablemente la mayoría lo dirá con buenas intenciones. Pero eso no significa que tengas que contar toda tu historia en medio del pasillo.

Puedes responder algo tan sencillo como:

“Necesitaba tomarme un tiempo, pero me alegra estar aquí nuevamente”.

Y listo, tu regreso no necesita convertirse en una explicación pública de todo lo que viviste. Con el tiempo, si quieres compartir más, podrás hacerlo con las personas que consideres apropiadas.

Lo mismo ocurre con la reunión sacramental. Si no te sientes preparado para participar de la Santa Cena, puedes reflexionar durante ese momento y decidir qué es lo mejor para ti. 

La Santa Cena no es un examen para demostrar que somos perfectos; es una oportunidad para recordar a Jesucristo, renovar nuestros convenios y acercarnos a Él.

Una historia de regreso

Imagen: masfe.org

La historia de Thomas B. Marsh también muestra que alejarse no tiene por qué ser el final.

Marsh fue uno de los primeros líderes de la Iglesia y llegó a ser el primer Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles. En 1838 se alejó de la Iglesia después de permitir que conflictos, orgullo y ofensas personales afectaran su relación con los demás y con el Evangelio.

Pasaron casi 19 años. En 1856, ya mayor y físicamente debilitado, viajó hasta Salt Lake City. No regresó buscando recuperar su antiguo llamamiento ni una posición de liderazgo. Quería reconciliarse con los Santos y volver a formar parte de ellos.

Su historia es significativa porque su regreso comenzó con humildad. No necesitó volver como el mismo hombre que había sido antes. Simplemente dio el paso de regresar.

A veces pensamos que alejarnos significa que hemos perdido para siempre nuestro lugar en la Iglesia. Pero el Evangelio de Jesucristo enseña repetidamente que el arrepentimiento, el perdón y la reconciliación hacen posible comenzar de nuevo.

Así que, si llevas mucho tiempo lejos y últimamente has sentido el deseo de regresar, quizá no tengas que complicarlo demasiado.

Empieza por Cristo y permite que Él te encuentre en el camino. Volver no significa fingir que nada pasó. Significa decidir que, a pesar de todo lo que pasó, todavía quieres acercarte a Jesucristo.

Fuente: Add Faith 

Video relacionado

También te puede interesar