Cuando pensamos en el matrimonio, la mayoría imagina días felices y una ilusión constante. Después de todo, así suele ser representado en las películas y cuentos de hadas. Eso lleva a muchos a esperar con ansias el día bodas, pero muy poco se habla sobre cómo construir una relación que permanezca firme durante toda una vida.

Sin embargo, el evangelio de Jesucristo ofrece una perspectiva singular del amor en el que dos personas imperfectas pueden llegar a ser una sola cuando ponen al Salvador en el centro del hogar. Esa diferencia cambia por completo la forma de prepararse para el matrimonio.

Muchas de las frustraciones que experimentan los matrimonios no son porque eligieron a la persona equivocada, sino porque llegan al altar con expectativas ireales de lo que es el amor de verdad. Es por eso que aquí te compartimos algunas de las expectativas que vale la pena dejar atrás antes de casarse.

1. Deja morir la expectativa de que nunca tendrán conflictos

pareja distante y molesta
Los matrimonios más fuertes son aquellos que logran superar los conflictos. Imagen: Canva

Uno de los mayores mitos sobre el matrimonio es creer que las parejas felices nunca discuten. Sin embargo, dos personas con historias, personalidades, costumbres y formas distintas de pensar inevitablemente tendrán diferencias. ¿Cómo esperarías que lo ignoren?

Aquí es donde vale la pena aclarar que los desacuerdos no significan que no haya amor, sino que son una prueba de que ambos están aprendiendo a construir una nueva vida juntos, y ahí es donde se diferencian las relaciones fuertes de las débiles: en la forma en cómo afrentan los desacuerdos.

Las Escrituras comparten un consejo que también es para las parejas y que puede cambira completamente la manera de enfrentar los conflictos:

«Cesad de contender unos con otros; cesad de hablar mal el uno contra el otro» (Doctrina y Convenios 136:23).

El objetivo del matrimonio es aprender a resolver las diferencias con paciencia, respeto y amor. Las parejas que lo hacen, logran proteger su relación incluso en medio de ellos.

2. Deja morir la expectativa de que el amor siempre se sentirá igual

El amor verdadero va incluso más allá de los sentimientos pasajeros. Imagen: masfe.org

Vivimos en una cultura que suele valorar y definir el amor únicamente con emociones intensas. Si esa emoción disminuye o ya no es la misma, muchos creen que el amor también desapareció.

Sin embargo, y para sorpresa de muchos, el evangelio enseña que el amor verdadero va incluso más allá de los sentimientos pasajeros. El apóstol Pablo escribió:

«La caridad es sufrida, es benigna… no busca lo suyo, no se irrita, no piensa el mal… todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. La caridad nunca deja de ser» (1 Corintios 13:4–8).

La realidad es que cuando te cases, habrá días en los que sentirás una enorme alegría y otros en los que demostrar tu amor requerirá más intención que emoción.

Precisamente allí es donde el amor madura, porque deja de depender únicamente de lo que sentimos para convertirse en una decisión diaria de permanecer fieles al convenio que hicimos con Dios.

3. Deja morir la expectativa de que tu cónyuge existe para complacerte

Cuando ambos esposos procuran la felicidad del otro, el matrimonio prospera. Imagen: Canva

Es fácil iniciar el matrimonio preguntándonos qué vamos a obtener y, sin querer, idealizamos el concepto de que estar casados es tener a alguien cuya función solo sea hacerte feliz. Sin embargo, el modelo que enseñó Jesucristo siempre fue el servicio. Él declaró:

«El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor» (Mateo 20:26).

Esa enseñanza también se aplica en una relación amorosa. Cuando ambos esposos viven preguntándose «¿qué puedo hacer por ti?» en lugar de «¿qué estás haciendo por mí?», el ambiente del hogar cambia completamente y las expresiones amor no se sienten forzadas sino naturales y hermosas.

Cuando ambos esposos procuran la felicidad del otro antes de anteponer sus propios deseos, el matrimonio deja de convertirse en una negociación para transformarse en un espacio donde ambos buscan bendecirse mutuamente.

4. Deja morir la expectativa de seguir viviendo como si estuvieras soltero

El matrimonio implica renunciar voluntariamente a cierta «independencia». Imagen: iStock

Casarse significa ganar muchas cosas, pero también implica renunciar voluntariamente a cierta «independencia». A partir del momento en que te cases, debes saber que tus decisiones ya no se centrarán solo en ti sino en el «nosotros» junto a tu cónyuge.

Desde el principio del mundo, Dios estableció este modelo al declarar:

«Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se allegará a su mujer, y serán una sola carne» (Génesis 2:24).

Construir esa unidad en un matrimonio requiere comunicación, acuerdos y la disposición de pensar en el bienestar común antes que en los intereses personales.

A veces Satanás se vale de esto para poner pensamientos en contra del matrimonio como: «una vez que te cases, se acaba la diversión», pero en realidad, lejos de ser una pérdida, esa nueva forma de vivir puede convertirse en una de las mayores fuentes de crecimiento y felicidad para ti.

Todos pasamos por etapas. La soltería es una y el matrimonio es otra. No pretendas seguir en la soltería cuando tu vida ya está compartida.

5. Deja morir la expectativa de cambiar a tu esposo o esposa después de la boda

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No te cases con el pensamiento de que cambiarás a tu cónyuge. Imagen: Shutterstock

Muchas personas llegan al matrimonio convencidas de que, una vez casados, ciertos defectos de su cónyuge desaparecerán por sí solos. Sin embargo, el altar no cambia el carácter de nadie.

El cambio profundo ocurre únicamente cuando una persona decide acercarse a Cristo y permitir que Él transforme su corazón. Las Escrituras afirman:

«El hombre natural es enemigo de Dios… a menos que se someta al influjo del Santo Espíritu, y se despoje del hombre natural, y se haga santo por la expiación de Cristo el Señor».

Eso significa que nuestro deber en el matrimonio no es remodelar a nuestro cónyuge, sino amarlo mientras ambos permiten que el Salvador los vaya perfeccionando poco a poco. Así que no te cases con el pensamiento de «cambiará por mí».

6. Deja morir la expectativa de que el divorcio será siempre la primera salida

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El divorcio no siempre es la solución inmediata. Imagen: Shutterstock

Vivimos en una época donde muchas veces se transmite la idea de que, cuando una relación se vuelve difícil, lo mejor es abandonarla. Y quizá este sea un pensamiento muy debatido.

Aunque existen situaciones graves donde el divorcio es necesario, el diseño divino del matrimonio a la manera de Dios siempre dirigirá a los esposos hacia la permanencia, el arrepentimiento y el crecimiento mutuo.

Jesucristo enseñó:

«Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre».

El matrimonio eterno fue establecido para ayudar a dos personas imperfectas a acercarse más al Salvador durante toda la vida. Cada dificultad superada juntos puede fortalecer un vínculo que, con la ayuda de Dios, llegará a ser mucho más sólido.

7. Deja morir la expectativa de recibir un amor perfecto

El matrimonio «perfecto» no existe ni existirá en esta tierra. Imagen: masfe.org

Quizá esta sea la expectativa más importante de todas y es que debes saber que no existe el esposo perfecto o la esposa perfecta. Lo que sí existe son dos personas imperfectas que deciden caminar juntas mientras Cristo las transforma.

El profeta Moroni enseñó:

«Sí, venid a Cristo, y perfeccionaos en él».

Observa que la invitación no es a perfeccionarnos mutuamente, sino a acudir a Cristo. Cuando ambos esposos centran su vida en Él, aprenden a pedir perdón, a perdonar más rápido, a tener paciencia y a crecer juntos.

Poco a poco descubren que el matrimonio en realidad se trata de construir un hogar donde la gracia de Jesucristo tenga espacio para actuar.

Cuando las expectativas mueren, el amor comienza a crecer

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Un matrimonio sano requiere tener expectativas reales. Imagen: Shutterstock

Prepararse para un matrimonio sano requiere reemplazar ciertas expectativas irreales por principios eternos.

Si te casas esperando una vida sin discusiones, sin cambios, sin sacrificios o sin imperfecciones, solo encontrarás frustración en tu matrimonio. En cambio, si comprendes desde el inicio que el matrimonio es una escuela de discipulado, afrontarás cada desafío con una perspectiva completamente diferente.

Cuando dejamos de buscar un matrimonio perfecto y comenzamos a buscar un matrimonio centrado en Cristo, las dificultades dejan de ser pruebas de que el amor terminó y se convierten en oportunidades para amar mejor.

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