Perder a una persona puede transformar nuestra relación con Dios. Para Elliot Murphy, la muerte de su padre en 2021 fue uno de los momentos más dolorosos que había vivido. En medio de la tristeza y las preguntas que no encontraba cómo responder, Elliot comenzó a culpar a Dios por lo ocurrido y poco a poco se alejó de Él.
Lo que vino después fue un proceso hecho de pequeños pasos, decisiones difíciles y una búsqueda sincera de Dios que, con el tiempo, terminó cambiando su vida desde lo más profundo.
Elliot decidió contar su historia a través de un carrusel publicado en Instagram con un mensaje dirigido especialmente a quienes alguna vez han sentido enojo con Dios después de perder a alguien que aman.
La muerte de su padre lo dejó enojado con Dios
Elliot perdió a su padre en 2021 y reconoce que aquel momento lo afectó completamente. A su tristeza también se le sumaron la rabia, la confusión y una pregunta que comenzó a repetirse una y otra vez en su mente y que tal vez es muy común en circusntancias complejas: si Dios realmente existe, ¿por qué permitiría que algo así sucediera?
«Perdí a mi papá en 2021. Y culpé a Dios por todo», contó.
El dolor comenzó a ocupar un espacio cada vez mayor en su vida. Elliot explica que se sentía enojado y perdido, y que llegó a beber casi todos los días para intentar adormecer lo que estaba sintiendo.
No encontraba una respuesta que pudiera hacer desaparecer el dolor por la pérdida de su padre, y tampoco podía comprender por qué Dios había permitido que su familia atravesara por eso. Así, en lugar de acercarse a Él, Elliot comenzó a alejarse.
«Si Dios es real, ¿por qué permitiría que esto sucediera? ¿Por qué a mí?», recuerda haber preguntado.
Para alguien que está atravesando un duelo, incluso la fe puede sentirse distante, especialmente cuando las respuestas no llegan de la manera que esperamos. Pero para Elliot, aquella etapa no terminó siendo el final de su historia.
Todo comenzó con pequeños pasos
En medio de aquella situación, Elliot decidió comenzar a recuperar poco a poco su propia vida mediante actos sencillos como ponerse los zapatos para salir a correr. Ese detalle, aparentemente insignificante, terminó siendo parte de un cambio mucho mayor.
Elliot comenzó a cuidar de sí mismo y a tomar pequeñas decisiones que lo ayudaban a recuperar el control de aspectos de su vida que sí podía cambiar. Mientras avanzaba en ese proceso, algo comenzó a cambiar también en su interior.
«Cuanto más me cuidaba, más podía escucharlo realmente», explicó.
Aquellos pequeños pasos comenzaron a abrir espacio para que Elliot volviera a notar cosas que durante mucho tiempo había sido incapaz de ver. La rabia y el dolor habían ocupado tanto espacio que las bendiciones que todavía estaban presentes en su vida habían quedado prácticamente ocultas.
Pero cuando comenzó a recuperar claridad, empezó también a reconocerlas y con ellas comenzó a percibir nuevamente a Dios.
Su dolor no tenía que ser el final
Una de las conclusiones más importantes a las que llegó Elliot fue que el dolor que había experimentado no tenía por qué convertirse en el final de su historia. Podía convertirse en el comienzo de algo diferente.
«Mi dolor no tenía que ser un final. Mi dolor podía convertirse en mi propósito», compartió.
Esa idea cambió la manera en que comenzó a mirar lo ocurrido. La pérdida de su padre seguía siendo dolorosa y nada podía cambiar el hecho de que había sufrido profundamente, pero Elliot empezó a comprender que una experiencia difícil no necesariamente tiene que definir para siempre el resto de una vida.
En lugar de preguntarse únicamente por qué había sucedido aquello, comenzó a preguntarse qué podía hacer con la vida que todavía tenía delante. Fue entonces cuando decidió buscar a Dios de una manera diferente.
«Empecé a buscarlo verdaderamente. No por obligación, sino por desesperación de volver a conocerlo», relató.
Su regreso a Dios nació de reconocer que necesitaba algo que él mismo no podía encontrar. Fue así como después de años sintiéndose herido, enojado y perdido, decidió dejar de intentar controlar cada aspecto de su vida y rendirse ante Dios.
Fue entonces cuando experimentó algo que, según explica, no podía describir completamente.
«Por primera vez en años, sentí una paz que no podía explicar».
Esa paz comenzó a cambiar la manera en que Elliot enfrentaba la pérdida que había vivido.
«Dios no se rindió conmigo»
Elliot describe aquel período de su vida como una etapa en la que estaba completamente roto. Sin embargo, su testimonio se construye alrededor de una convicción que adquirió durante su proceso de regreso: Dios no lo había abandonado.
«Estaba completamente destrozado. Pero Dios no se rindió conmigo. Me renovó desde adentro hacia afuera», afirmó.
Para Elliot, esa renovación terminó dando un nuevo significado a muchas de las cosas que había vivido. En su publicación, explicó que Dios tomó todo aquello por lo que había pasado y le dio un propósito que valía la pena compartir y una historia que valía la pena contar.
Esa perspectiva también explica por qué decidió hablar públicamente de una etapa tan personal de su vida.
Su intención es mostrar que incluso después de una experiencia que parece destruirlo todo, una persona todavía puede dar un paso hacia adelante y creer en Dios.
Una historia de regreso
La historia de Elliot Murphy comparte uun mensaje que marca la diferencia entre decir que el sufrimiento fue bueno y reconocer que Dios puede sacar algo bueno de una experiencia dolorosa.
En el caption que acompañó su publicación, Elliot describió la muerte de su padre como «lo peor y lo mejor» porque, según explica, aquella experiencia abrió un proceso mediante el cual Dios pudo reconstruirlo y convertirlo en el hombre que es hoy.
«Lo peor, porque me destrozó por completo. Lo mejor, porque permitió que Dios me reconstruyera hasta convertirme en el hombre que soy hoy», escribió.
Ahora utiliza esa experiencia como testimonio para otras personas y les recuerda que aquello difícil que han atravesado en el pasado no tiene por qué ser el final. Elliot también reconoce que ese proceso no ocurre de la noche a la mañana. Comienza con un primer paso.
Para él, aquel primer paso fue algo tan sencillo como ponerse los zapatos y salir a correr. Después llegaron otros pasos: cuidar de sí mismo, volver a reconocer sus bendiciones, buscar a Dios, dejar de intentar controlarlo todo y aprender a confiar nuevamente.
Con el tiempo, esos pequeños pasos lo llevaron a recuperar su relación con Dios que creía que había perdido. Y ahora, desde el otro lado de aquella experiencia, Elliot nos recuerda que Dios puede cambiar una vida desde adentro hacia afuera, incluso cuando parece que todo está roto.
«Sé que Él también puede mover montañas en tu vida», escribió.
Su invitación final es sencilla: permitir que Dios entre nuevamente en nuestra vida y descubrir lo que puede hacer con el dolor que llevamos.
