¿Cómo era ser miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días hace más de 60 años? Para tres miembros mayores del sur de California, la respuesta está llena de recuerdos de capillas que todavía estaban por construirse, misiones sin Centros de Capacitación Misional, reuniones que ocupaban buena parte de la semana y una vida de Iglesia muy diferente a la que conocemos ahora.
Sus historias muestran cuánto ha cambiado la Iglesia con el paso de las décadas, pero también algo que permanece: para ellos, la fe y las experiencias vividas dentro de la Iglesia siguen siendo una de las partes más importantes de sus vidas.
Capillas que se construían con las propias manos

LaVorn, de 86 años, creció en el oeste de Los Ángeles y recuerda una época en la que los miembros no siempre tenían una capilla propia. Su familia asistía al Barrio de Beverly Hills, aunque vivía en la zona de Malibú, y durante un tiempo las reuniones se realizaron en el Club de Mujeres de Beverly Hills.
Cuando finalmente comenzó la construcción del centro de reuniones del Barrio de Westwood, los miembros participaron directamente en el proyecto. LaVorn recuerda que, siendo scout, ayudó a despejar el terreno para la colocación de la primera piedra del Templo de Los Ángeles y tuvo la oportunidad de estrechar la mano del presidente David O. McKay.
La construcción de los edificios dependía en buena medida del esfuerzo y las contribuciones de los propios miembros. Bud, un Santo de los Últimos Días de 84 años, recuerda algo parecido de su infancia en Compton, donde la congregación se reunía en un edificio alquilado que compartían con los Veteranos de Guerras Extranjeras.
Antes de las reuniones, los miembros tenían que limpiar el lugar y preparar las sillas. Con el tiempo consiguieron permiso para construir una capilla y las familias aportaron dinero y trabajo. Bud recuerda haber pasado muchos sábados ayudando en la obra cuando tenía apenas 10 u 11 años, además de recolectar periódicos y grasa de cocina para recaudar fondos.
Misiones sin CCM, sin llamadas y con mucho aprendizaje

Las experiencias misionales también eran muy diferentes.
LaVorn sirvió en Uruguay entre 1961 y 1963, cuando las misiones en el extranjero podían durar 30 meses. En aquella época todavía no existía el Centro de Capacitación Misional como lo conocemos actualmente. Después de recibir apenas una semana de capacitación en Salt Lake City, los misioneros emprendían el viaje hacia sus destinos.
Su viaje a Uruguay tomó cinco días y cinco noches, y cuando finalmente llegaron a Montevideo, el presidente de misión ni siquiera sabía que estaban por llegar y se encontraba fuera de la ciudad. Los nuevos misioneros recibieron algunos libros para aprender español y tuvieron que comenzar a desenvolverse por su cuenta.
La comunicación con la familia también era limitada. LaVorn recibía alrededor de 45 dólares al mes para sus gastos y prácticamente no podía llamar a casa porque las llamadas internacionales eran demasiado costosas. El correo era lento y, en ocasiones, incluso podía faltar el cheque que su madre enviaba.
A pesar de todo, recuerda aquella misión como una experiencia que cambió su vida.
Bud también sirvió una misión de 30 meses, en su caso en Finlandia, y tuvo que aprender el idioma y adaptarse a la cultura mientras avanzaba en su servicio. Para ambos, las dificultades terminaron convirtiéndose en parte de las experiencias que más valoraron.
Una Iglesia que ocupaba buena parte de la semana

Gale, de 80 años, se bautizó a los 16 años en Pasadena, California, y recuerda una Iglesia muy activa entre los jóvenes. Las reuniones y actividades no se limitaban al domingo. Había reuniones del sacerdocio, Escuela Dominical, reuniones sacramentales, Primaria, Sociedad de Socorro, Hombres Jóvenes, Mujeres Jóvenes y actividades de los Boy Scouts distribuidas durante toda la semana.
También recuerda una época en la que los jóvenes salían en citas con mucha frecuencia. Los conciertos, el cine y salir a comer eran actividades accesibles, y las relaciones sociales formaban una parte importante de la vida de los adolescentes y jóvenes adultos.
Para Gale, que había crecido en una familia complicada, la Iglesia también representó algo profundamente personal. Durante su adolescencia oraba para poder formar parte de los santos y algún día tener una familia feliz. Con los años, siente que ambos deseos fueron respondidos.
El escultismo también ocupaba un lugar importante en la vida de muchos jóvenes. Bud recuerda campamentos, actividades, bailes y reuniones de los jóvenes, mientras que LaVorn recuerda haber participado en el programa cuando era niño y haber ayudado incluso en los preparativos relacionados con el Templo de Los Ángeles.
Una Iglesia diferente, pero una fe que permaneció

Al mirar hacia atrás, estos tres miembros reconocen que muchas cosas han cambiado. Las formas de prepararse para una misión, la manera de reunirse, las actividades para los jóvenes, la tecnología y hasta la construcción de las capillas son muy diferentes.
Para ellos, las dificultades de la juventud, las misiones exigentes, las capillas construidas con esfuerzo, las actividades de los jóvenes y las relaciones que formaron terminaron convirtiéndose en parte de una vida marcada por la fe.
Sus historias también muestran que cada generación vive la Iglesia de una manera distinta. Algunas prácticas desaparecen, otras se transforman y surgen nuevas formas de participar y servir, pero las experiencias que una persona vive mientras intenta seguir a Jesucristo pueden permanecer durante toda la vida.
Después de tantas décadas, los tres coinciden en algo: no cambiarían las experiencias que vivieron en la Iglesia por nada del mundo.
Fuente: addfaith.org
