A veces creemos que conocemos muy bien a nuestros hijos. Vemos una actitud, escuchamos una respuesta o notamos un comportamiento y rápidamente construimos una explicación:

“Está siendo desafiante”, “es flojo”, “no le importa” o “solo quiere llamar la atención”.

El problema es que lo que vemos no siempre representa toda la historia.

Cada persona interpreta lo que sucede desde sus propias experiencias, expectativas y emociones. Es como mirar el mundo a través de un tubo: podemos estar completamente convencidos de que estamos viendo la situación con claridad, aunque en realidad solo tengamos una pequeña parte de la imagen.

Algo parecido enseñó Jesucristo cuando habló de la viga y la paja. Preguntó:

“¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?” – Mateo 7:3

La enseñanza puede aplicarse también a la crianza. Antes de intentar corregir lo que vemos en nuestros hijos, quizá necesitamos detenernos y preguntarnos qué es lo que todavía no estamos viendo.

Lo que parece rebeldía podría ser otra cosa

Imagen: masfe.org

Un hijo que responde mal puede estar pasando por algo que desconocemos. Una actitud que interpretamos como indiferencia podría ser desánimo. Lo que parece flojera quizá sea sentirse abrumado.

Incluso una conducta egoísta podría ser la manera poco acertada que tiene un niño de expresar una necesidad que no sabe cómo comunicar.

Eso no significa justificar cualquier comportamiento ni dejar de enseñar límites. Significa entender que corregir una conducta sin conocer lo que hay detrás puede hacer que perdamos una oportunidad de ayudar realmente.

Para descubrirlo, necesitamos escuchar.

Y escuchar de verdad no significa quedarnos callados mientras pensamos qué responder. Significa dejar por un momento nuestras propias conclusiones para intentar comprender lo que nuestro hijo está viviendo.

Cuando conocer la historia cambia nuestra percepción

Imagen: Canva

La autora Carol Lynn Pearson contó una experiencia que muestra lo rápido que puede cambiar nuestra percepción cuando conocemos una parte de la historia de alguien.

Durante sus años universitarios, conoció a un estudiante al que veía como alguien presumido y desesperado por recibir reconocimiento. Ella y otros compañeros habían llegado a considerarlo un hombre insoportable.

Pero un día descubrió algo que no sabía sobre su vida. Se enteró de que el padre de aquel joven era alcohólico y que, cuando él era apenas un niño, había presenciado un episodio de violencia extrema en su hogar. De pronto, la manera en que Pearson veía a aquel estudiante cambió.

Él no había cambiado, sino que lo que cambió fue la información que ella tenía sobre su historia.

Ahora podía mirar más allá de la conducta que le molestaba y comprender que detrás de aquel adulto había un niño que había vivido experiencias muy difíciles.

Quizá nuestros hijos no siempre sepan explicar lo que sienten. Tal vez ni siquiera entiendan por qué reaccionan de determinada manera. Pero eso no significa que no haya una razón.

Como padres, podemos pedir ayuda al Padre Celestial para ver a nuestros hijos con más compasión y comprender lo que quizá nosotros todavía no alcanzamos a ver.

Antes de corregir, escucha

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Cuando un hijo hace algo que nos preocupa, nuestra primera reacción puede ser corregirlo. Queremos explicarle qué hizo mal, darle un consejo y evitar que vuelva a suceder.

Pero podríamos empezar de otra manera. En lugar de asumir inmediatamente qué está pasando, podemos preguntar:

  • “¿Qué pasó?”
  • “¿Cómo te sentiste con eso?”
  • “¿Qué fue lo más difícil para ti?”
  • “¿Hay algo que no estoy entendiendo?”
  • “¿Qué te gustaría que yo supiera?”

Después viene la parte más difícil: escuchar sin preparar nuestra respuesta mientras el otro habla. No escuchamos para encontrar un error en su explicación. Tampoco para demostrar que tenemos razón. Escuchamos para entender.

Esto requiere humildad, significa aceptar que nuestra interpretación de una situación puede estar incompleta.

Escuchar no significa permitirlo todo

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Comprender a nuestros hijos no significa estar de acuerdo con cada decisión que toman.

Los padres siguen teniendo la responsabilidad de enseñar principios, establecer límites y corregir cuando sea necesario. Pero la corrección puede ser mucho más efectiva cuando primero entendemos qué está sucediendo en el corazón de nuestro hijo.

Quizá después de escuchar todavía sea necesario corregir una conducta. La diferencia es que ahora podremos hacerlo con mayor comprensión y no solamente desde una suposición.

El objetivo no es eliminar los límites, sino acompañar a nuestros hijos mientras aprenden.

Podemos pedir ayuda al Padre Celestial

padres tristes; esposos
Imagen: iStock Photos

La crianza no siempre es sencilla. Nuestras propias emociones pueden influir en la manera en que interpretamos lo que hacen nuestros hijos. A veces estamos cansados, preocupados o frustrados y reaccionamos antes de detenernos a escuchar.

Por eso, podemos acudir al Padre Celestial para pedir ayuda para ver a nuestros hijos como Él los ve.

Esa perspectiva puede ayudarnos a recordar que detrás de cada conducta hay una persona que está aprendiendo, enfrentando dificultades y tratando de encontrar su propio camino.

Tal vez uno de los regalos más valiosos que podemos darles no sea tener siempre la respuesta correcta, sino hacerles sentir que pueden acercarse a nosotros y ser escuchados.

Porque antes de decirles qué deberían hacer, quizá necesitamos descubrir qué están tratando de decirnos simplemente escuchando.

Fuente: Meridian Magazine 

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