Nota del editor: El siguiente artículo está basado en la experiencia personal de Daniel Costa, compartida originalmente para maisfe.org

Servir una misión nunca fue una decisión difícil para mí. Mis padres se bautizaron gracias a los misioneros, así que las Escrituras siempre estuvieron presentes en nuestro hogar y mi hermano mayor sirvió una misión en Salvador de Bahía, convirtiéndose en un gran ejemplo para mí.

Por eso, desde muy joven supe que yo también quería seguir ese mismo camino. Con el paso del tiempo fui formando una idea de lo que significaba ser un «buen misionero». Imaginaba a alguien que predicaba constantemente, que irradiaba felicidad y que hablaba de Jesucristo tanto en palabras como en acciones.

En mi mente, creía que los bautismos eran la muestra del éxito en la misión, tanto así que terminé midiendo mi servicio por cuántos bautismos tenía más que por las semillas que estaba sembrando, pero pronto supe que Dios tendría una lección para mí.

Mi última área

Daniel Costa posando para una foto como misionero de la Iglesia de Jesucristo. Imagen cortesía de Daniel Costa

Terminé la misión en una de las áreas más difíciles. Todos la conocían por sus desafíos, aunque también era un lugar donde otros misioneros habían logrado buenos resultados. Recuerdo que llegué allí pensando:

«Es difícil, pero es un ámbito donde quienes se dedican a ello pueden ver los resultados».

Esa área era un territorio enorme y caminar de un extremo al otro tomaba entre tres y cuatro horas. Aunque tenía una bicicleta, seguía siendo un lugar inmenso y, al mismo tiempo, muy despoblado. Era una zona rural donde había pocas personas y eso hacía que la obra misional fuera desafiante.

Frase escrita en una de las paredes donde vivía Daniel Costa como misionero. Imagen cortesía de Daniel Costa

En una de las paredes de la casa donde vivía con mi compañero tenía pegada una frase escrita en español:

«Podemos pensar que no hay nada que hacer, o podemos simplemente hacer algo».

Ese papel era un recordatorio diario de que, incluso cuando parecía no haber progreso visible o cuando no había personas a quienes enseñar, siempre tendría una decisión que podía tomar: quedarme inmóvil por el desánimo o seguir adelante haciendo lo posible.

Como estaba llegando al final de mi misión, anhelaba ver familias aprendiendo el evangelio, personas bautizándose y nuevos comienzos espirituales. Sin embargo, esa no era la realidad que estaba viviendo en aquel lugar, y por eso esos últimos meses se sintieron pesados.

La familia que no fui a buscar

Todo cambió cuando Daniel y su compañero llegaron a la casa de una familia inactiva. Imagen cortesía de Daniel Costa

Fue en ese contexto cuando conocí a una familia que terminaría marcando mi vida. En realidad, no fuimos nosotros quienes la encontramos, sino que eran parientes de una familia muy fiel de la Iglesia y el obispo nos pidió que los visitáramos.

Recuerdo perfectamente aquella noche en la que llegamos a su casa sin saber cómo nos recibirían. Al tratarse de una familia menos activa, no teníamos idea de si estarían dispuestos a escucharnos. Para nuestra sorpresa, desde el primer momento nos trataron con cariño y amabilidad.

Comenzamos a enseñarles y también a su hija menor, una niña de apenas nueve años. Y, con el tiempo, esa niña logró bautizarse y, aunque estaba felíz, debo admitir que no tenía demasiada confianza en que ese bautismo produjera frutos duraderos porque sabía que un niño depende del apoyo de su familia y de los líderes para permanecer firme en la Iglesia.

El progreso de esa niña no estaba únicamente en sus manos, sino también en las decisiones de quienes la rodeaban. Por eso, aunque deseaba que perseverara, en mi interior mantenía ciertas dudas.

Aun así, el día de su bautismo estuvo lleno de alegría ya que ella siempre fue una niña inteligente, entusiasta y aprendía con rapidez todo lo que le enseñábamos.

La pregunta que quedó en mi corazón

Al regresar a casa Daniel se cuestionaba si su servicio misional había sido «suficiente». Imagen: masfe.org

Cuando terminé la misión, regresé con gratitud por haber servido en áreas maravillosas y vivido experiencias muy enriquecedoras. Sin embargo, me comparaba constantemente con mis asignaciones anteriores, y esa última área dejó en mí una pregunta silenciosa: ¿habría podido hacer más?

Cuando somos jóvenes solemos pensar que todo debe producir resultados inmediatos. Yo creía que el éxito de una misión podía medirse por la cantidad de bautismos.

Mi hermano había servido en una misión donde muchas personas aceptaban el evangelio, y lo mismo había ocurrido con varios de mis amigos. Sin darme cuenta, permití que los números ocuparan demasiado espacio en mi manera de pensar.

Con el tiempo comprendí algo que entonces no veía con claridad: el Señor no cuenta números, Él cuenta almas. Conoce el arrepentimiento, el esfuerzo y la salvación de cada uno de Sus hijos de manera individual y años después, eso era lo que yo decubriría.

La llamada que llegó diez años después

Aquella niña que Daniel y su compañero bautizaron perseveró en la fe y recibió su llamamiento misional. Imagen cortesía de Daniel Costa

La respuesta a mis preguntas sonre mi desempeño en la misión llegó cuando menos la esperaba.

Un domingo regresaba en automóvil después de asistir a una reunión de estaca cuando recibí una llamada de quien había sido mi compañero durante el bautismo de aquella niña. Él y yo nunca perdimos el contacto y siempre conservamos un gran cariño mutuo.

Después de saludarnos, me preguntó:

«Daniel, ¿te acuerdas de ella?»

Inmediatamente supe de quién hablaba. Entonces me contó que aquella pequeña había permanecido firme en el evangelio, que había servido como maestra y que ahora había recibido un llamamiento para servir una misión en Londres, Inglaterra.

Desde que regresé a casa prácticamente había perdido todo contacto con esa niña y con su familia, pero escuchar esa noticia fue algo que me dejó sin palabras. Entonces supe que aquella semilla que había sembrado en ella había crecido y estaba a punto de dar aún más fruto al llevar el evangelio a otras personas.

«Tu misión fue aceptada»

Daniel se reencuentra con aquella niña que bautizó antes de que parta al CCM. Imagen cortesía de Daniel Costa

Tiempo después tuve la oportunidad de verla personalmente antes de que ingresara al Centro de Capacitación Misional. Tras despedirme de ella, visité la casa de la misión en una zona de Buenos Aires.

Fue allí donde sentí una impresión muy clara en mi mente y en mi corazón, como si el Señor me dijera que mi misión había sido aceptada.

Durante esos dos años yo había trabajado con todas mis fuerzas y había servido sinceramente para el Señor, pero deseaba haber visto más resultados visibles. En ese momento recibí una confirmación espiritual que disipó cualquier incertidumbre y sentí paz, gratitud y la seguridad de que el Señor conocía mi esfuerzo.

Hay un detalle muy personal que para mí confirma aún más esa experiencia y es que durante años soñaba repetidamente que seguía siendo misionero y despertaba preguntándome por qué me pasaba eso. Sin embargo, después de mi visita a la casa de la misión, esos sueños desaparecieron por completo.

Tal vez para algunos parezca una coincidencia, pero yo creo que fue la manera en que el Señor cerró un capítulo que permanecía abierto en mi corazón.

Lo que aprendí sobre sembrar

La niña que Daniel bautizó, hoy sirve al Señor. Imagen cortesía de Daniel Costa

Hoy, al mirar hacia atrás, comprendo que aquella semilla nunca dependió de mi confianza en el resultado, sino de mi disposición para plantarla. Me tomó diez años entender que lo verdaderamente importante era la vida de una persona en la que apenas había depositado esperanza.

Y esa persona creció hasta el punto de convertirse en misionera y llevar el evangelio a otros.

Si hoy estás esforzándote y sientes que los resultados no llegan, la lección es que debemos confiar en el Señor. Quizá muchas cosas no sucederán según la manera que imaginamos, pero nuestro esfuerzo jamás pasa desapercibido para Dios.

Él mira el corazón y valora cada acto de fidelidad y, ya sea de una forma u otra, siempre recompensa el servicio sincero, quizá con una historia como la mía o quizá de una manera que solo comprenderás mucho tiempo después.

Fuente: maisfe.org

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