Nota del editor: Este artículo se basa en una experiencia compartida por Nicholeen Peck en Meridian Magazine. La redacción se arregló para que suene desde su perspectiva.

“¡Qué contraste tan grande!”, pensé mientras salía de un avión y caminaba por la terminal de un aeropuerto.

A mi alrededor, casi todas las personas estaban en su mundo, concentradas en sus teléfonos mientras avanzaban hacia su siguiente destino. Entonces vi algo que, en medio de aquella escena, captó mi atención: una pareja mayor que bajaba por una escalera mecánica.

Los dos tenían el cabello canoso y las marcas propias de los años en el rostro. Sin embargo, había algo hermoso en la manera en que permanecían cerca el uno del otro. En lugar de congelar sus rostros frente a sus teléfonos, estaban pendientes de sí mismos.

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El esposo iba detrás de su esposa y, mientras descendían, comenzó a masajearle suavemente los hombros. Cuando llegaron al final de la escalera, sus manos se encontraron casi de manera automática como si llevaran tantos años haciéndolo que ya fuera parte natural de ellos.

Por un momento quise sacar una fotografía de ellos para guardarla y, en ese momento, pensé en cuántos matrimonios necesitan recordar que el amor también puede verse en pequeños gestos cotidianos. Pero no lo hice porque ese momento era de ellos, no mío.

Aun así, desde ese día me quedé con una idea que no puedo quitarme de la cabeza: nuestras muestras sencillas de amor de todos los días pueden enseñar algo a quienes nos observan, incluso cuando nunca tuvimos la intención de enseñarles nada.

A veces vale la pena decir algo

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Creo que debemos vivir nuestras relaciones de manera intencional, aunque eso ocasionalmente signifique salir un poco de nuestra zona de comodidad. Mientras pasaba junto a aquella pareja, decidí hacer algo que podía resultar extraño. Me acerqué y les dije:

“Por la manera en que se cuidan y caminan tomados de la mano, puedo ver que se aman mucho. Y, después de tantos años juntos, parece que todavía están profundamente enamorados”.

El esposo sonrió y respondió:

“Sí, todavía lo estamos”.

Entonces sentí que debía agradecerles.

“Gracias por mostrarme eso a mí y a tantas otras personas que quizá ya no creen tanto en el matrimonio. Ustedes están mostrando de dónde puede venir la felicidad. Están mostrando lo que significa servirse y amarse mutuamente. Gracias”.

Ellos sonrieron y me dieron las gracias al igual que yo. Aquel fue un encuentro breve, pero durante unos instantes pudimos compartir algo mucho más profundo que una simple conversación en un aeropuerto y lo mejor es que no necesitábamos conocernos. Bastó con reconocer algo bueno que estaba ocurriendo delante de nosotros.

El amor volvió a aparecer

aunque estés comprometido no debes buscar formas de quebrantar la ley de castidad
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Apenas habían pasado un par de minutos de mi encuentro con aquella pareja cuando, mientras me dirigía hacia otra escalera mecánica, vi a otra pareja.

En esta ocasión la mujer sostenía cariñosamente el hombro de su esposo mientras él la acompañaba. Al llegar al final de la escalera, él acercó el rostro hacia ella y besó suavemente su mano. Después, tomó su mano con ternura y ambos continuaron caminando juntos por el pasillo.

En ese momento volví a reconocer el amor en algo tan simple y sencillo como una pareja demostrando su carino con pequeños y delicados gestos.

Esta vez no dije nada y tampoco tomé una fotografía. Solo observé cómo sus manos se balanceaban suavemente mientras caminaban hacia su puerta de embarque.

Parecía una pequeña danza que habían repetido cientos de veces durante su matrimonio, hasta convertirse en algo completamente natural. Y pensé: ¿cuántas personas necesitan ver precisamente eso?

Lo que mostramos también enseña

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Si una escena tan sencilla como dos personas tomadas de la mano puede conmover a alguien que ya disfruta de un matrimonio feliz y tiene a alguien a quien tomar de la mano, ¿qué podría significar para una persona que nunca ha tenido cerca un ejemplo de unión, cariño o estabilidad familiar?

Vivimos en una época en la que muchas conversaciones sobre el matrimonio y la familia se centran en dificultades, estadísticas, conflictos o razones para mantenernos independientes. Las tendencias sociales muestran una disminución de los matrimonios o de los desafíos que enfrentan las familias.

¿Y si aconsejaramos a los padres que no hablen negativamente del matrimonio ni de tener hijos? Así por lo menos podremos intentar cambiar la manera en que estos temas aparecen en los medios de comunicación. Todo eso puede tener valor.

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Pero quizá existe otra manera mucho más sencilla de participar en esa conversación: mostrar el amor que queremos que otros aprendan a valorar.

Nuestros hijos no solamente escuchan lo que les enseñamos sino que también observan cómo nos tratamos. Ellos están pendientes de si papá y mamá se hablan con cariño, si se ayudan cuando están cansados, si buscan la mano del otro y si se abrazan, se cuidan y disfrutan estar juntos.

Esos pequeños momentos pueden convertirse en una enseñanza que no necesita demasiadas palabras para trascender en muchos corazones.

¿Qué están aprendiendo nuestros hijos sobre la felicidad?

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Imaginemos a una joven que ha crecido pensando que el propósito principal de su vida consiste en conseguir dinero, tener éxito y acumular cosas para finalmente alcanzar la felicidad.

Ahora imaginemos que esa misma joven observa durante años a sus padres y abuelos amarse. Los ve caminar juntos, cuidarse cuando alguno está enfermo, reírse, tomarse de la mano y apoyarse incondicionalmente en los momentos difíciles. ¿Qué podría aprender de eso?

Tal vez descubriría que una vida plena no se mide únicamente por lo que una persona consigue, sino también por las personas con quienes comparte lo que ha conseguido.

Quizás comprendería que el dinero puede proporcionar comodidad, pero que no necesariamente puede ofrecer la paz que sentimos cuando sabemos que alguien está dispuesto a caminar a nuestro lado y, sobre todo, cuando nosotros también estamos dispuestos a caminar junto a esa persona.

El amor, el sacrificio, la comprensión y la conexión se aprenden primero en el hogar. Por eso, la forma en que tratamos a nuestra familia puede enseñar mucho más de lo que imaginamos.

No tengas miedo de demostrar cariño

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Por esa razón, toma la mano de las personas que amas. Toma la mano de tu esposo o esposa, de tus hijos, abraza a tus padres y, sobre todo, busca esos pequeños momentos en los que puedes demostrarle a alguien que su presencia en tu vida importa.

A veces pensamos que nuestros familiares ya saben que los amamos y desde luego puede que sea así, pero eso no es motivo para dejar de demostrarlo. Hay momentos en los que un gesto sencillo puede decir algo que las palabras no pueden expresar con la misma fuerza.

Puedes decir algo como:

“Eres importante para mí. Me alegra que formes parte de mi vida. Te amo y quiero estar a tu lado”.

No necesitamos convertir nuestras relaciones en una exhibición pública porque el punto no es llamar la atención, sino permitir que el cariño genuino forme parte de nuestra vida cotidiana.

Y lo más bonito es que tus actos de amor externos no solamente pueden impactar positivamente en tu familia sino también en otros que te vean. ¿Quién sabe? Quizá alguien que ha perdido la esperanza en el matrimonio la recupere al ver tus actos de amor.

Recuerda: el amor que mostramos en casa puede convertirse en una esperanza que alguien más necesita ver.

Fuente: Meridian Magazine

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