Después de casi 50 años de matrimonio, una pareja comenzó a notar que empezaban a discutir por cosas pequeñas que terminaban alejándolos.
Ella sentía que su esposo interpretaba mal sus intentos de ayudar. Él, por otro lado, sentía que ella lo corregía constantemente o que siempre encontraba algo de qué quejarse.
Por ejemplo, si él estaba limpiando una superficie de la cocina, ella podía sugerirle qué producto utilizar. Para ella era una recomendación; para él, una corrección.
Incluso comentarios tan sencillos como decir que hacía mucho calor podían terminar en una discusión porque él lo interpretaba como otra queja.
Ambos reconocieron que esa dinámica estaba desgastando su relación y querían detenerla. Pero ella tenía una duda:
¿La única manera de evitar las discusiones era simplemente dejar de hablar?
La respuesta del terapeuta familiar Geoff Steurer apunta hacia algo diferente: no se trata de quién tiene la razón, sino de aprender a entender qué está ocurriendo entre ambos.
Con los años también se acumulan hábitos

Cuando una pareja lleva muchos años junta, aprende cómo funciona el otro. Esa familiaridad puede generar confianza, pero también puede hacer que ciertas respuestas se vuelvan automáticas.
Una frase, un gesto o incluso una sugerencia pueden empezar a interpretarse según experiencias anteriores.
Así, lo que una persona considera una ayuda puede sentirse como una crítica. Lo que alguien expresa como una observación puede recibirse como una queja.
En lugar de buscar inmediatamente quién tiene la culpa, puede ser más útil reconocer que ambos están participando en un patrón que necesitan cambiar.
En el caso de esta pareja, el hecho de que los dos hayan reconocido que el problema existe ya representa un punto de partida. No están intentando demostrar quién provoca las discusiones; están reconociendo que la forma en que interactúan está afectando a ambos.
Antes de responder, intenta entender

Una de las recomendaciones del terapeuta es cambiar la forma en que interpretamos las reacciones de nuestra pareja. Cuando alguien responde de una manera que nos sorprende o nos molesta, es fácil pensar:
“Está siendo egoísta”, “Siempre hace lo mismo” o “No entiende lo que quiero decir”.
Pero podemos detenernos antes de llegar a esa conclusión. Por ejemplo, si el esposo se molesta cuando su esposa le da una sugerencia mientras limpia, ella podría preguntarle:
“¿Quieres que te dé una sugerencia?”
En lugar de asumir que necesita corregir lo que está haciendo. Ese pequeño cambio abre espacio para que ambos expresen lo que necesitan sin entrar inmediatamente en una discusión.
La curiosidad puede reemplazar a la defensiva. En vez de asumir lo que nuestra pareja piensa, podemos preguntarle y darle la oportunidad de explicarlo.
Eso requiere humildad y paciencia, especialmente cuando llevamos muchos años repitiendo la misma dinámica.
La manera en que decimos algo también importa

En Proverbios 15:1 encontramos un principio sencillo:
“La blanda respuesta quita la ira”.
La enseñanza no significa que debamos evitar toda conversación incómoda o guardar silencio para mantener la paz. Más bien, nos recuerda que la manera en que hablamos puede influir en lo que sucede después.
Si uno de los dos siente que el otro es constantemente negativo, por ejemplo, puede responder defendiendo inmediatamente su intención. Pero también podría preguntar:
“¿Qué es lo que te hace sentir que estoy siendo negativa?”
A veces, una respuesta más suave no resuelve el problema inmediatamente, pero sí crea el espacio necesario para que ambos puedan escucharse.
Cada interacción difícil puede convertirse entonces en una oportunidad para conocer un poco mejor a la persona con la que hemos decidido compartir nuestra vida.
No tienen que pensar igual

Después de tantos años juntos, esta pareja ya sabe que sus diferencias no van a desaparecer por completo. Dos personas pueden tener opiniones, formas de hacer las cosas y maneras de comunicarse diferentes sin que eso signifique que su matrimonio está fallando.
El desafío está en aprender a convivir con esas diferencias sin permitir que se conviertan en resentimiento.
Incluso aquellas características que hoy generan frustración pudieron ser parte de lo que inicialmente hizo interesante la relación.
Por eso, además de la paciencia, el humor y la aceptación pueden ayudar a quitarle peso a algunas situaciones que no necesitan convertirse en grandes conflictos.
No todo desacuerdo necesita una solución inmediata. A veces, simplemente podemos reconocer:
“Vemos esto de manera diferente” y continuar.
¿Cómo romper el ciclo de las discusiones?

El terapeuta recomienda que ambos estén atentos al momento en que vuelven a entrar en el mismo patrón.
Cuando una conversación comienza a tomar el camino conocido, pueden detenerse y reconocer lo que está ocurriendo. No para señalar al otro, sino para recordar que ambos están intentando salir del mismo ciclo.
A partir de ahí, pueden volver a la curiosidad, la apertura, la humildad y la amabilidad.
También puede ser útil expresar algo tan sencillo como:
“No quiero que esto nos aleje” o “Eres importante para mí y no quiero que terminemos discutiendo por esto.”
Esas palabras no eliminan las diferencias, pero sí recuerdan cuál es la prioridad. El objetivo no es ganar cada conversación, sino proteger la relación mientras aprenden a comunicarse mejor.
Después de casi 50 años de matrimonio, esta pareja no necesita convertirse en dos personas que piensan exactamente igual. Necesita seguir aprendiendo a escucharse, comprenderse y tratarse con amor.
Por ello una de las formas más prácticas de aplicar el evangelio en el matrimonio es no esperar a que las diferencias desaparezcan, sino aprender a responder a ellas con mayor paciencia, humildad y caridad.
Fuente: Meridian Magazine
