Algunos líderes espirituales nacen en tiempos de estabilidad. Otros son formados en medio del fuego refinador del Señor. La historia de Joseph F. Smith se encuentra en la segunda categoría.
Hijo de un padre que fue asesinado, expulsado de su hogar en Misuri e Illinois, pionero del Oeste americano, testigo presencial de una de las insurrecciones más violentas en la historia de Estados Unidos y, finalmente, sexto presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, su vida estuvo marcada por el sufrimiento, la pérdida y una profunda transformación interior.
Nació el 13 de noviembre de 1838, hijo de Hyrum Smith y Mary Fielding Smith. Su infancia estuvo atravesada por la violencia religiosa que afectó a los primeros Santos. Cuando era apenas un bebé, su familia fue expulsada de Misuri.
A los cinco años, su padre y su tío, José Smith, fueron asesinados en la cárcel de Carthage. A los siete, fue expulsado de Nauvoo junto con su familia.
Pasó por Winter Quarters, donde las enfermedades diezmaron a los refugiados mormones. A los nueve años ayudó a su madre viuda a cruzar las llanuras hacia Utah. Y a los trece, quedó huérfano cuando Mary Fielding Smith falleció. Al recibir la noticia, según registros familiares, “se puso sumamente pálido y se desmayó”.

Décadas más tarde describiría aquel periodo como uno de profunda inestabilidad:
“Después de la muerte de mi madre siguieron 18 meses… de tiempos peligrosos para mí. Era casi como un cometa o meteoro en llamas, sin atracción ni gravedad que me equilibrara o me guiara dentro de límites razonables.”
—Carta a Samuel L. Adams, 11 de mayo de 1888
El joven Joseph no fue inmune a las luchas personales. Investigaciones posteriores sugieren que durante esa etapa pudo haber desarrollado hábitos como el consumo de alcohol y tabaco (Scott G. Kenney, Before the Beard, Sunstone, 2001). Aquellos años moldearon su carácter, pero también revelaron sus fragilidades.
Una misión que cambió su rumbo

A los quince años fue llamado a servir una misión en Hawái. El historiador Stephen Taysom señala que Brigham Young a veces enviaba a jóvenes en situaciones difíciles a servir misiones como forma de canalizar su energía y fortalecer su carácter (Like a Fiery Meteor, p. 66).
La misión fue exigente, pero transformadora. Sin embargo, Joseph nunca dejó de reconocer su lucha interna. En 1875 escribió:
“El peor enemigo que tengo es mi temperamento, y no temo a ningún hombre más que a Joseph F. Smith.”
—Citado en Taysom, p. 161
Su vida familiar tampoco estuvo libre de tensiones. Su primer matrimonio con Levira A. Smith terminó en divorcio tras años de conflicto. Algunos episodios reflejan conductas que hoy serían claramente inaceptables, pero que en el siglo XIX eran lamentablemente más toleradas dentro de ciertos límites legales (Taysom, p. 142).
Lejos de justificar tales actos, los historiadores coinciden en que Joseph reconoció sus errores y experimentó un proceso de maduración profunda.

El fallecimiento de su primera hija, Josephine, marcó un punto de inflexión emocional. En su diario escribió:
“La extraño cada día y me siento solo. Mi corazón está triste.”
—Diario, 7 de julio de 1875
A lo largo de su vida perdería trece hijos. La muerte, que ya había definido su niñez, continuó acompañándolo en la adultez. Sin embargo, también escribió en 1874:
“La mayor de todas mis alegrías terrenales son mis preciosos hijos.”
Su paternidad fue, en muchos sentidos, una respuesta consciente a las pérdidas que él mismo había sufrido.
En medio de la violencia nacional

En julio de 1863, recién regresado de una misión en Inglaterra, Joseph llegó a Nueva York en pleno estallido de los disturbios por el reclutamiento. Aquellos eventos, conocidos como los Draft Riots, se convirtieron en una de las insurrecciones civiles más sangrientas en la historia estadounidense.
En su diario describió incendios, ataques raciales, enfrentamientos armados y cientos de muertos (Joseph F. Smith Papers, 13 y 25 de julio de 1863). Aunque salió ileso, fue testigo directo del caos social en una nación desgarrada por la Guerra Civil.
Fue llamado al Cuórum de los Doce Apóstoles en 1866 con apenas 28 años. Décadas después, en octubre de 1901, tras la muerte de Lorenzo Snow, se convirtió en presidente de la Iglesia.
Durante sus 17 años de liderazgo, la membresía casi se duplicó, la Iglesia logró estabilizar sus finanzas tras años de presión federal y se instituyó formalmente la Noche de Hogar Familiar.
En 1906 visitó por primera vez la cárcel de Carthage. Allí, en la habitación donde su padre había sido asesinado, se sentó en la cama y lloró desconsoladamente (M. Russell Ballard, Joseph F. Smith and the Importance of Family). El niño que había perdido a su padre finalmente enfrentaba ese lugar como líder espiritual de millones.
La revelación en tiempos de guerra

En 1918, mientras el mundo se desangraba en la Primera Guerra Mundial y él mismo sufría nuevas pérdidas familiares, Joseph F. Smith recibió una revelación que hoy forma parte de Doctrina y Convenios 138: la visión de la redención de los muertos.
Ese texto, profundamente pastoral y esperanzador, fue dado apenas semanas antes de su fallecimiento el 19 de noviembre de 1918.
Su vida comenzó en persecución y terminó en revelación.
No fue un hombre perfecto. Fue un hombre probado. Y precisamente en esa trayectoria, de huérfano vulnerable a profeta experimentado, radica la fuerza de su legado.



