Dos personas pueden atravesar exactamente la misma prueba y salir de ella con un corazón completamente distinto.
Ambas reciben el mismo diagnóstico. Ambas enfrentan el mismo dolor. Ambas oran buscando respuestas. Sin embargo, mientras una queda atrapada en la desesperanza, la otra conserva una paz difícil de explicar. La diferencia no está necesariamente en aquello que ocurrió, sino en la forma en que cada una mira al Salvador.
El presidente Russell M. Nelson enseñó que la alegría tiene poco que ver con las circunstancias de nuestra vida y mucho que ver con el enfoque de nuestra vida. Ese mismo principio puede aplicarse al amor de Dios.
Su amor no aumenta cuando hacemos todo bien ni disminuye cuando tropezamos. Permanece constante porque forma parte de Su naturaleza, no de nuestro desempeño.
Muchas veces pensamos que el problema es que Dios está lejos, cuando en realidad somos nosotros quienes dejamos de volver el corazón hacia Él.
No porque Él haya retirado Su amor, sino porque la culpa, el orgullo, el resentimiento o una idea equivocada de la perfección terminan impidiéndonos reconocer algo que nunca dejó de estar allí.
La gracia no se recibe cuando dejamos de necesitarla

Existe una idea silenciosa que puede instalarse incluso en personas de mucha fe. Consiste en creer que primero debemos convertirnos en mejores discípulos para que Dios finalmente pueda recibirnos.
Sin darnos cuenta, comenzamos a medir Su amor según nuestros aciertos. Si cumplimos con todo, pensamos que Él está complacido. Si fallamos, imaginamos que se ha alejado de nosotros.
Pero el Evangelio enseña exactamente lo contrario.
La gracia de Jesucristo no es la recompensa para quienes lograron vencer todas sus debilidades. Es el poder que hace posible vencerlas.
El élder Dale G. Renlund ha enseñado que algunas personas viven rodeadas del amor de Dios sin llegar a experimentarlo porque permanecen convencidas de que son indignas de recibirlo.
Esa sensación de indignidad termina convirtiéndose en una barrera espiritual. El problema ya no es la ausencia del amor divino, sino la incapacidad del corazón para aceptarlo.
Cristo nunca esperó que las personas estuvieran completamente sanas para acercarse a ellas. Siempre hizo lo contrario. Buscó a quienes necesitaban ser sanados.
El corazón abierto para todos y Dios

El Señor nos invita constantemente a recibir Su amor, pero el resentimiento es algo que muchas veces impide que esa invitación encuentre espacio en nosotros.
No porque el dolor haya sido imaginario ni porque las heridas no existan. Hay ofensas reales que dejan marcas profundas. Sin embargo, cuando el resentimiento deja de ser una consecuencia del dolor y se convierte en una forma permanente de mirar a los demás, comienza a transformar nuestro propio corazón.
No es posible alimentar continuamente la acusación contra otro y, al mismo tiempo, esperar que el amor de Dios transforme plenamente nuestra alma.
El presidente Dieter F. Uchtdorf enseñó que la misericordia cambia primero a quien decide ejercerla. El perdón nunca minimiza el pecado ni elimina la justicia divina. Lo que hace es impedir que el corazón quede definido para siempre por aquello que otros hicieron.
Por eso el Salvador nos invita a perdonar. No porque el pasado deje de importar, sino porque Él desea que nuestro futuro no quede gobernado por ese pasado.
Permanecer en el amor de Cristo

Cuando el Salvador dijo: «Permaneced en mi amor» (Juan 15:9), no estaba invitando simplemente a experimentar un sentimiento agradable.
Permanecer significa hacer de Su amor el lugar desde donde comprendemos nuestra identidad, nuestras decisiones y nuestra relación con los demás.
Mientras una persona siga creyendo que debe ganarse el amor de Dios, siempre vivirá con temor de perderlo.

Pero cuando comprende que Jesucristo la amó antes de que pudiera ofrecerle algo a cambio, comienza una transformación mucho más profunda que cualquier cambio de conducta.
La obediencia deja de ser un intento desesperado por obtener aceptación y se convierte en una respuesta agradecida hacia Aquel que ya nos recibió.
Es entonces cuando la prueba sigue existiendo, las circunstancias quizá no cambian y las preguntas permanecen. Sin embargo, algo sí cambia.
El corazón deja de vivir buscando señales de que Dios todavía lo ama y empieza a descansar en la certeza de que nunca dejó de hacerlo.
Fuente: Meridian
