Notas del editor: Este artículo está basado en la perspectiva de Lisa Ann Thomson, quien habló sobre este tema en un artículo publicado en Public Square.
No hace mucho, mi hijo adolescente me hizo una pregunta sorprendentemente perspicaz:
«¿Por qué la gente habla más sobre la modestia de las niñas que sobre la de los niños?»
Mi respuesta estuvo influida por las varias horas frustrantes que acababa de pasar en el centro comercial con mi hija, que está en la preadolescencia, buscando ropa para el regreso a clases. Fui con la intención de comprarle algunas prendas para el nuevo año escolar. Las dos volvimos agotadas: ella porque casi no consiguió nada y yo porque casi no había nada que estuviera dispuesta a comprarle.
«Hijo, es porque lo que se ofrece a las niñas y lo que se ofrece a los niños es muy diferente», le expliqué.
Señalé su propia ropa: una camiseta y unos pantalones cortos deportivos que le llegaban hasta las rodillas, algo completamente normal para un adolescente.

Pero basta con entrar en una tienda o visitar una página dirigida a niñas para encontrar una realidad muy distinta. Desde edades cada vez más tempranas, muchas niñas se encuentran con prendas y estilos que pintan una idea cada vez más sexualizada de la belleza.
Los padres no hablamos sobre la ropa de nuestras hijas más que sobre la de nuestros hijos simplemente porque no queramos que se vean sus hombros o el abdomen. La preocupación va más allá de una prenda específica.
Lo que muchos padres intentamos evitar es la idea errónea de que para las niñas, ser bella significa ser sexualmente atractiva; y para los niños, las niñas sexualizadas son las que deben considerarse atractivas.

Ese es el mensaje que muchos padres intentamos detener antes de que se arraigue. Sin embargo, la ropa es apenas una parte visible de un problema mucho más amplio: la exposición constante de los niños a imágenes, temas y contenidos de carácter sexual.
Como madre de tres adolescentes, he visto cómo mis hijos pueden encontrarse con este tipo de contenido en redes sociales, videos cortos, anuncios, videojuegos y, con demasiada facilidad, pornografía. Todo puede estar al alcance de un clic, incluso cuando los padres han intentado activar controles de seguridad.
Todo esto nos lleva a preguntarnos: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Y qué podemos hacer ahora?
Un problema que puede aparecer en cualquier lugar

Actualmente, los niños pueden encontrarse con imágenes sexualizadas en muchos de los espacios digitales que utilizan a diario.
Algunas redes sociales incluyen filtros que modifican la apariencia de los usuarios y pueden presentar imágenes sexualizadas como algo divertido o normal. Algunas plataformas también utilizan recomendaciones y algoritmos que pueden llevar a los usuarios desde contenido aparentemente inocente hacia publicaciones cada vez más provocativas.
Los videojuegos tampoco están completamente aislados de este problema. Algunos personajes, vestimentas y elementos visuales presentan cuerpos y comportamientos sexualizados. Incluso plataformas populares entre los niños han enfrentado problemas relacionados con contenido sexual y la presencia de adultos que buscan aprovecharse de menores.
A esto se suma la facilidad con la que muchos menores pueden encontrar pornografía.

Algunos estudios han documentado que muchos niños tienen su primer contacto con este tipo de contenido durante la preadolescencia, e incluso antes. En numerosas ocasiones, la primera exposición puede ser accidental desde la perspectiva del niño, aunque el contenido haya sido diseñado para alcanzar a una audiencia mucho más amplia.
Con el paso del tiempo, algunos adolescentes llegan a considerar normales comportamientos y representaciones que están muy lejos de describir relaciones saludables.
Una adolescente de 16 años describió esta realidad de una manera especialmente preocupante al explicar que el cerebro de un preadolescente o adolescente puede no comprender que lo que está viendo es falso.
Para un joven que todavía está formando su comprensión de las relaciones, el amor, el cuerpo y la intimidad, la pornografía puede convertirse en una fuente de información que distorsiona profundamente esas realidades.
Los niños no solo pueden ver pornografía. También pueden comenzar a creer que la pornografía representa cómo funcionan las relaciones reales.
El sexting y las imágenes creadas con IA

Los adolescentes también pueden producir y compartir imágenes íntimas.
Lo que algunos jóvenes consideran una forma de coqueteo o una expresión de confianza puede tener consecuencias graves. Una imagen compartida en privado puede ser difundida sin consentimiento, utilizada para intimidar o empleada para extorsionar.
La inteligencia artificial ha añadido una nueva dimensión a este problema. Actualmente, las imágenes falsas pueden ser creadas o manipuladas para representar a una persona en situaciones en las que nunca estuvo. Esto puede causar un gran daño emocional y convertirse en una herramienta de acoso.
Por eso, los padres necesitan hablar con sus hijos de manera clara y frecuente sobre:
- El valor y la dignidad de su cuerpo.
- Los peligros de compartir imágenes íntimas.
- La importancia del consentimiento.
- El acoso y la extorsión.
- Los riesgos de hablar con desconocidos en internet.
- y qué hacer si alguien los amenaza o les pide contenido privado.
Un niño que sabe que puede acudir a sus padres tiene una mayor posibilidad de pedir ayuda antes de que una situación se vuelva aún más peligrosa.
Cuando la sexualización llega a los espacios de los niños

La preocupación no se limita a las redes sociales o a la pornografía.
Algunos padres también están preocupados por la manera en que determinados mensajes relacionados con la sexualidad aparecen en contenidos educativos, libros, programas de entretenimiento y otros espacios dirigidos a niños.
Este tema requiere cuidado y discernimiento. Los padres tienen la responsabilidad de conocer lo que sus hijos están viendo, leyendo y aprendiendo, y de evaluar si ese contenido es apropiado para su edad y coherente con los valores que desean enseñar en su hogar.
La Iglesia enseña que los padres tienen una responsabilidad fundamental en la educación y formación de sus hijos. En «La Familia: Una Proclamación para el Mundo», se enseña:
«Los padres tienen el deber sagrado de criar a sus hijos con amor y rectitud, de proveer para sus necesidades físicas y espirituales, y de enseñarles a amarse y a servirse el uno al otro, a observar los mandamientos de Dios y a ser ciudadanos respetuosos de la ley dondequiera que vivan».
Ese deber incluye enseñar a los hijos sobre su cuerpo, su valor, sus relaciones y la manera de protegerse en un mundo donde la mala información está disponible constantemente.
La influencia de los padres sigue siendo insustituible

Ante todo esto, es fácil que los padres se sientan agotados.
Las pantallas están en todas partes, las redes sociales cambian constantemente, las plataformas desarrollan nuevas funciones y los controles parentales no siempre son perfectos.
Pero hay una verdad que ofrece esperanza: nada puede sustituir la influencia de un padre o una madre presentes, amorosos y comprometidos.
Los hijos necesitan límites, pero también necesitan relaciones fuertes, supervisión y conversaciones en las que se les enseñe qué está mal y también a comprender por qué.
La lección es importante aquí es que la relación entre padres e hijos puede ser una de las herramientas más poderosas de protección.
Los padres no pueden controlar todo lo que sus hijos verán, pero sí pueden esforzarse por convertirse en la primera fuente de información, orientación y seguridad para ellos.
Los padres deben ser la primera fuente de información

Cuando se trata de sexualidad, muchos padres sienten incomodidad ya que para muchos de ellos puede ser difícil encontrar las palabras correctas. Pero si los padres no hablan con sus hijos, alguien más lo hará.
Los hijos aprenderán de internet, de sus amigos, de las redes sociales, de los videojuegos y de la cultura que los rodea. En muchos casos, aprenderán de todos esos lugares al mismo tiempo. Pero, ¿todas esas fuentes serán verídicas todo el tiempo? La respuesta es un claro no.
Es ahí donde los padres desempeñan un rol crucial. Ellos pueden comenzar con conversaciones sencillas y apropiadas para la edad. No es necesario explicar todo de una sola vez.
Los padres pueden inspirarse en temas de conversación como: la dignidad del cuerpo, el cuidado que deben tomar con las fotografías privadas, la importancia de decir «no», buscar ayuda, etc.
La enseñanza de estos principios está relacionada con el evangelio de Jesucristo. El apóstol Pablo enseñó a los santos a buscar aquello que es:
«verdadero, honesto, justo, puro, amable y de buen nombre» (Filipenses 4:8).
Este consejo puede ayudar a toda la familia a evaluar el contenido que consume.
La tecnología no puede reemplazar la crianza

Los controles parentales y las aplicaciones de filtrado no son perfectos.
Algunas herramientas pueden ser difíciles de configurar y otras pueden no detectar todo el contenido inapropiado. Los niños y adolescentes también pueden encontrar maneras de evadir algunos controles. Pero eso no significa que los padres deban renunciar a utilizarlos.
Los filtros, las restricciones de contenido, las configuraciones familiares y la supervisión pueden ser herramientas útiles. Sin embargo, deben formar parte de una estrategia más amplia.
Ninguna aplicación ni filtro puede reemplazar una conversación o una relación.
Los padres también pueden ayudar a sus hijos a pasar más tiempo en el «mundo real» jugando, leyendo, haciendo ejercicio, participando en actividades familiares, sirviendo a otras personas y desarrollando amistades saludables.
Cuanto más conectados estén los niños con relaciones reales y actividades significativas, menos dependerán exclusivamente del mundo digital para encontrar entretenimiento, identidad y aceptación.
«Nada puede reemplazar a los padres»

Hay razones para preocuparse por la forma en que la cultura, la tecnología y los medios pueden influir en nuestros hijos. Pero también hay razones para tener esperanza porque los padres siguen teniendo una influencia extraordinaria.
Cuando se trata de proteger a los niños y adolescentes contra la sexualización moderna, el hogar sigue siendo uno de los lugares más importantes donde los niños aprenden quiénes son y cuánto valen.
El Libro de Mormón ofrece un hermoso ejemplo de la influencia de los padres. Enós recordó:
«Las palabras que frecuentemente había oído a mi padre hablar concernientes a la vida eterna y el gozo de los santos penetraron profundamente en mi corazón»
(Enós 1:3).
Y acerca de los jóvenes guerreros de Helamán, se registra:
«Habían sido enseñados por sus madres que si no dudaban, Dios los libraría»
(Alma 56:47).

Esas enseñanzas no desaparecieron cuando los jóvenes salieron de sus hogares. Las palabras y el ejemplo de sus padres habían echado raíces en sus corazones.
No podemos eliminar todas las influencias negativas del mundo ni controlar cada pantalla, cada conversación o cada imagen que puedan encontrar, pero sí podemos enseñarles, escucharles, establecerles límites y crear hogares donde ellos sepan que son amados y donde puedan hablar de temas difíciles sin miedo.
Y también debemos enseñarles a buscar aquello que edifica, ennoblece y conduce a la luz. Como enseñó el Salvador:
«La palabra del Señor es verdad, y lo que es verdad es luz».
Nuestros hijos necesitan padres que estén presentes, que los amen y que estén dispuestos a enseñarles que su valor no depende de su apariencia ni de la aprobación de los demás porque su valor es eterno.
Como hijos de Dios, cada uno de ellos posee una dignidad divina que ninguna imagen, tendencia, algoritmo o mensaje del mundo puede quitarles.
Fuentes: Public Square, maisfe.org
