Hay algo que se ha vuelto normal en nuestros días, pero que te destruye y causa que pierdas tu dirección espiritual. Lo vemos en los estadios, en las redes sociales, en conciertos, en debates políticos e incluso, a veces, dentro de la Iglesia.
Es ese sentimiento de entusiasmo extremo que se convierte en defensa ciega, en obsesión o en identidad total. ¿Qué hay de malo detrás de esto?
El problema es que ya no es solo admiración. Se llama fanatismo y, aunque no lo parezca, puede convertirse en una forma moderna de idolatría. Y aquí viene la pregunta incómoda: ¿es posible que ahora mismo estés poniendo algo por encima de Dios?
Cuando admirar deja de ser sano

Seamos honestos: admirar algo o a alguien no es malo. Puedes disfrutar de la naturaleza, seguir a un artista, interesarte por la política o comprometerte con una causa. Todo eso forma parte de la vida.
El problema comienza cuando esa admiración deja de estar en equilibrio. Porque el fanatismo no es simplemente “gustarte mucho algo”. Es cuando:
- Defiendes algo incluso cuando sabes que está mal.
- Tu estado de ánimo depende completamente de eso.
- Le dedicas más tiempo, energía o emociones que a tu relación con Dios.
- Sientes que ya no sabes quién eres fuera de eso que sigues.
Ahí ya no hablamos de simplemente entretenimiento o interés, sino que hablamos de algo que empieza a ocupar un lugar que no le corresponde. Y eso, espiritualmente, es peligroso.
La idolatría no desapareció

Cuando pensamos en idolatría, solemos imaginar multitudes de personas postradas delante de estatuas o imágenes antiguas como adorándolas. Al menos, eso es lo que se ve en las Escrituras. Pero la realidad es que ahora, la idolatría es más sutil.
Cuando Dios reprendió a los israelitas contra la idolatría nunca limitó ese mandamiento a ídolos físicos. Cualquier cosa que ocupe Su lugar en nuestra vida puede convertirse en un “dios”. El presidente Spencer W. Kimball explicó esto:
«Cuando ponemos el corazón y la confianza en cualquier cosa antes que en el Señor, estamos adorando nuestros propios dioses falsos».
Eso incluye más cosas de las que solemos admitir. Porque hoy, los “ídolos” o «dioses» actuales pueden ser: equipos deportivos, líderes políticos, influencers o celebridades, ideologías y hasta incluso nosotros mismos.
Cuando esos ídolos se vuelven lo central de nuestra vida, poco a poco comienzan a dominar nuestra mente, emociones e incluso decisiones. Y ahí es donde comienza el fanatismo. Lo más curioso es que este fanatismo ocupa diferentes clases como las siguientes.
Fanatismo deportivo

Este es el tipo de fanatismo más fácil de detectar caracterizado por discusiones intensas, enojo extremo por una derrota, insultos a otros e incluso hasta violencia y agresiones físicas.
Cuando el deporte deja de ser entretenimiento y se convierte en una fuente de división y conflicto, ahí está el fanatismo.
Fanatismo político

Aquí el tema se vuelve más delicado porque, cuando se trata de leyes, las personas no solo apoyan ideas, sino que atacan, juzgan o rechazan a otros por pensar diferente.
Cuando una ideología se vuelve incuestionable, deja de ser una opinión y se convierte en una especie de “creencia absoluta” que sentimos que los demás sí o sí deben validar.
Fanatismo hacia artistas o figuras públicas

Este es uno de los más visibles y otro de los más comunes. Hoy, hay personas que:
- Defienden a celebridades sin cuestionar nada.
- Imitan todo lo que hacen hasta su estilo de vida «perfecta».
- Organizan su vida en torno a ellos.
Y aunque empieza de una forma «inocente», es fácil cruzar la línea extrema que lleva a decisiones peligrosas y riesgosas o incluso a perder perspectiva de lo realmente importante.
Fanatismo religioso

Sí, también existe y este es el más difícil de reconocer porque muchos lo confunden con tener una «fe firme». Sin embargo, cruzar la línea de «fe firme» a fanatismo religioso se caracteriza por caer en actitudes como:
- Juzgar a otros constantemente.
- Creer que uno es “mejor” espiritualmente.
- Exigir el cumplimiento de prácticas o ideas sin tomar en cuenta la situación de los demás.
Sea cual sea el tipo de fanatismo que sientas que tienes, recuerda lo que el presidente Dallin H. Oaks advirtió:
«El fanatismo puede corromper a cualquiera de sus adeptos… Podemos percibir muy bien esa tendencia en esta época, con tantas causas que, aunque bien intencionadas, pueden corromper espiritualmente a la gente cuando toman el lugar del Señor que les ha mandado.»
Incluso lo que es bueno puede volverse dañino cuando pierde equilibrio.
Cómo mantener el equilibrio sin caer en el fanatismo

No te preocupes porque no tienes que alejarte de todo lo que te gusta. La mejor solución para alejarnos del fanatismo es simplemente poner cada cosa en su lugar. Aquí te compartimos algunos consejos que te ayudarán:
- Reordena tus prioridades: Jesucristo enseñó:
“Buscad primeramente el reino de Dios”.
No dice «buscad solamente», sino «primeramente». Cuando recuerdas esa perspectiva, todo cambia.
- Aprende a disfrutar sin depender: Puedes disfrutar un partido, un artista o una conversación política sin que eso controle tu paz o tu identidad. La clave es recordar que es parte de tu vida, no el centro de ella.
- Fortalece tu relación con Dios diariamente: Ora, lee tus escrituras, y practica el servicio diario para que tu relación con Dios se fortalezca.
- Sé consciente de lo que consumes: Lo que ves, escuchas y sigues influye en ti más de lo que crees así que escoge con consciencia qué cosas quieres que predominen en tu vida preguntándote: ¿esto me acerca o me aleja de quien quiero ser?
Lo que necesitas recordar

En resumen, el fanatismo no siempre parece tan «extremo» y es por eso que muchos lo normalizan y hasta lo aplauden en esta sociedad. Pero eso no quiere decir que el fanatismo sea inofensivo.
Porque cualquier cosa que tome el lugar de Dios en tu vida, tarde o temprano, te va a alejar de Él. En cambio, cuando Dios está primero, todo lo demás encuentra su lugar.
Así que la próxima vez que sientas que algo está ocupando demasiado espacio en tu mente o en tu corazón, recuerda que no todo lo que amas debe gobernarte. Porque si lo hace, puede que estés incurriendo en el fanatismo.



