Junio suele traer una conversación que para muchos no es sencilla: el Mes del Orgullo LGBT+.
Para algunas personas, la palabra “orgullo” puede sonar desafiante desde una mirada de fe. Para otras, puede representar alivio después de años de silencio, miedo o culpa. Y esa parte no se puede ignorar. La culpa puede ser profundamente dolorosa. Puede hacer que alguien se sienta solo, escondido, rechazado o incapaz de acercarse a Dios.
Por eso, cuando el orgullo aparece como una respuesta a esa culpa, es fácil entender por qué puede parecer liberador. Nadie quiere vivir sintiendo que debe ocultarse para ser amado.
Sin embargo, el evangelio de Jesucristo nos invita a una reflexión más profunda. La pregunta no debería ser únicamente si una persona debe vivir con culpa o con orgullo. La verdadera pregunta es: ¿hay una manera más santa, más sanadora y más centrada en Cristo de entender nuestra identidad, nuestras luchas y nuestro valor?

La respuesta es sí.
La culpa no viene de Dios. Cuando nos convence de que somos demasiado defectuosos para ser amados, nos aleja del Padre Celestial. Nos hace escondernos, callar y creer que nuestras debilidades son más grandes que la gracia del Salvador.
Pero el orgullo tampoco tiene el poder de sanar el alma. Puede ofrecer una sensación momentánea de fuerza, pero si nos lleva a rechazar la corrección, el arrepentimiento o la necesidad de Jesucristo, también termina alejándonos de Dios.
En el fondo, ambos extremos pueden encerrarnos en nosotros mismos. La culpa dice: “no valgo”. El orgullo dice: “no necesito cambiar”. Pero ninguno de los dos pone a Jesucristo en el centro.

El discipulado ofrece otro camino.
Ese camino no se basa en negar lo que sentimos ni en fingir que nuestras luchas no existen. Tampoco se basa en convertir esas luchas en el punto principal de nuestra identidad. El camino del convenio nos enseña a llevar todo lo que somos al Salvador: nuestras preguntas, heridas, deseos, debilidades, esfuerzos y esperanzas.
Cuando vivimos en convenio con Dios, nuestro valor no depende de la aprobación de otras personas ni de la forma en que el mundo define nuestra identidad. Nuestro valor viene de ser hijos de Dios. Y nuestra esperanza viene de Jesucristo, quien no solo nos ama como somos, sino que también tiene poder para transformarnos.

Esto requiere humildad, pero humildad no significa humillarnos. No significa odiarnos, castigarnos ni hablar de nosotros mismos con desprecio. La humildad verdadera nos permite reconocer dos cosas al mismo tiempo: que necesitamos a Dios y que somos infinitamente valiosos para Él.
Por eso, una de las respuestas más cristianas frente a estos temas es la mansedumbre.
El élder David A. Bednar ha enseñado que ser manso no significa ser débil o pasivo. La mansedumbre tiene que ver con ser enseñables, pacientes y dispuestos a recibir la guía del Señor. Una persona mansa puede reconocer sus luchas sin caer en desesperación. También puede recibir corrección sin reaccionar con resentimiento.
Esa es una diferencia importante. La culpa se derrumba ante la corrección porque la interpreta como rechazo. El orgullo se ofende ante la corrección porque la interpreta como ataque. La mansedumbre, en cambio, puede recibirla como una invitación amorosa a acercarse más a Dios.

El élder Bednar compartió en una ocasión un consejo que recibió del élder Henry B. Eyring. Él le dijo que, si últimamente el Espíritu Santo no lo había corregido durante sus oraciones, quizá debía mejorar la manera en que oraba.
Esa enseñanza puede incomodar, pero también revela algo hermoso: incluso los discípulos más fieles necesitan corrección divina. No porque Dios los ame menos, sino porque desea ayudarlos a crecer.
Esto es clave al hablar de sexualidad, identidad y discipulado. Todos necesitamos amor, pertenencia y comprensión. Pero también necesitamos convenios, verdad, arrepentimiento, gracia y dirección divina. Si quitamos cualquiera de esas partes, nuestra visión del evangelio queda incompleta.

Jesucristo no nos invita a vivir escondidos por culpa. Tampoco nos invita a vivir como si no necesitáramos Su poder para cambiar. Él nos invita a venir a Él con un corazón quebrantado y un espíritu contrito, confiando en que Su Expiación es suficiente para sanar, sostener y transformar.
Por eso, el camino más liberador no es la culpa ni el orgullo. Es la mansedumbre ante Cristo.
Todos tenemos luchas diferentes. Algunas están relacionadas con la sexualidad; otras con el carácter, la fe, las heridas emocionales, los deseos, las relaciones o la obediencia. Pero todos necesitamos al mismo Salvador.
Al final, el evangelio restaurado nos recuerda que nuestra historia no tiene que girar alrededor de nuestras heridas ni de nuestra autosuficiencia. Puede girar alrededor de Jesucristo. Y cuando Él está en el centro, encontramos una libertad más profunda que la aprobación del mundo y una paz más fuerte que la culpa.
En Cristo, nuestras cargas pueden convertirse en crecimiento. Nuestras preguntas pueden llevarnos a más fe. Y nuestras cenizas pueden llegar a ser belleza.
Fuente: Meridian Magazine
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