Durante mucho tiempo, Cole Siger pensó que tener una pareja iba a solucionar algo que llevaba años sintiendo: que no era suficiente.

A los 16 años, sentía que las chicas no se fijaban en él y comenzó a pensar que necesitaba tener una novia para demostrar que no era un “loser”. En su mente, ser elegido por alguien significaba finalmente tener la prueba de que era valioso.

A los 20 años, finalmente encontró a alguien que lo eligió. Se casaron en 2018, pero había algo que él todavía no había entendido, conseguir una relación no había hecho desaparecer sus inseguridades. 

Al contrario, su baja autoestima comenzó a afectar la manera en que veía y trataba a su esposa. Con el tiempo, la relación terminó. Después de un segundo intento de encontrar una pareja, volvió a suceder lo mismo.

Y entonces tuvo que aceptar algo que no quería reconocer, él era el común denominador.

No se trataba de encontrar a la persona correcta que pudiera hacerlo sentir suficiente. Había algo dentro de él que necesitaba atención.

No puedes construir tu valor sobre el hecho de que alguien te elija

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Es fácil pensar que una relación resolverá nuestras inseguridades.

“Cuando alguien me ame de verdad, voy a sentirme suficiente”.

“Cuando tenga una pareja, voy a dejar de sentirme solo”.

“Cuando alguien me elija, voy a saber que valgo la pena”.

Pero una relación no puede cargar con la responsabilidad de definir nuestro valor.

De hecho, cuando esperamos que otra persona nos dé la seguridad que nosotros mismos no tenemos, podemos terminar poniendo sobre ella una responsabilidad que nunca le correspondió.

Cole contó que, durante terapia, comenzó a comprender que muchas veces tratamos a nuestras parejas de una manera parecida a como nos tratamos a nosotros mismos. 

Si constantemente somos duros con nosotros, nos criticamos y sentimos que nunca somos suficientes, es posible que esas mismas inseguridades terminen afectando nuestras relaciones.

Por eso, en lugar de seguir buscando a alguien que lo hiciera sentirse amado, decidió comenzar a tratarse como alguien a quien él mismo quisiera tener cerca.

Comenzó a cuidar de sí mismo, fue al gimnasio y estudió todo lo que pudo sobre relaciones y autoestima. Pero, sobre todo, empezó a trabajar en la manera en que se veía a sí mismo.

Poco a poco, descubrió lo que había estado buscando en otras personas, podía aprender a quererse sin esperar que alguien más le demostrara que era digno de amor.

Dios ya estableció cuánto vales

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Para el evangelio de Jesucristo, esta idea va incluso más allá del concepto de “amor propio”.

Nuestra identidad y nuestro valor no dependen de nuestro estado civil, nuestra apariencia, nuestros logros, nuestra cantidad de amigos ni de cuántas personas quieran estar con nosotros.

En Doctrina y Convenios encontramos una afirmación sencilla, pero profunda: “el valor de las almas es grande a la vista de Dios” (Doctrina y Convenios 18:10).

Eso cambia la pregunta, en lugar de preguntarnos: 

“¿Por qué nadie me elige?”, podemos empezar a preguntarnos: “¿Cómo me ve Dios?”.

La respuesta del Evangelio es clara: nuestro valor no se negocia ni aumenta cuando alguien nos ama, ni disminuye cuando alguien se va.

El manual “Ven, sígueme” incluso señala que solemos medir nuestro valor por cosas como el talento, la educación, la riqueza o la apariencia, mientras que Dios nos enseña a mirar nuestro valor de una manera completamente diferente.

Y hay una razón todavía más poderosa para creerlo: Jesucristo estuvo dispuesto a sufrir y morir por nosotros. Su sacrificio nos recuerda que nuestro valor ante Él no depende de lo que otras personas piensen de nosotros.

Amarte no significa pensar que eres perfecto

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Aquí hay una diferencia importante.

Aprender a amarte no significa pensar que nunca te equivocas, justificar tus errores o dejar de trabajar en aquello que necesitas mejorar.

El evangelio tampoco nos invita a quedarnos exactamente como estamos.

El arrepentimiento, por ejemplo, implica cambio. Pero existe una gran diferencia entre cambiar porque reconocemos nuestro potencial y cambiar porque creemos que no valemos nada.

Podemos reconocer nuestras debilidades sin convertirlas en nuestra identidad.

Por ejemplo, podemos decir “esto necesito mejorarlo” sin decir “por esto soy una persona terrible”. Es decir que podemos equivocarnos y seguir creyendo que somos hijos de Dios.

De hecho, el presidente Dieter F. Uchtdorf enseñó que toda persona que conocemos es de suma importancia para nuestro Padre Celestial.

Eso también nos incluye a nosotros.

Una pareja puede acompañarte, pero no puede darte una identidad

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Tener una relación puede ser algo hermoso. El matrimonio y la familia ocupan un lugar importante dentro del plan de Dios. Pero una pareja nunca fue diseñada para convertirse en la fuente de nuestro valor.

Tu esposo, esposa, novio o novia puede amarte profundamente, apoyarte y caminar contigo, pero no puede hacer por ti el trabajo de descubrir quién eres ante Dios.

Y cuando entendemos eso, nuestras relaciones también pueden cambiar. Ya no buscamos desesperadamente que alguien nos complete o sentimos que debemos aceptar cualquier relación para no estar solos.

Tampoco esperamos que otra persona cure todas nuestras inseguridades.

En cambio, podemos entrar en una relación desde un lugar mucho más saludable: no porque necesitemos que alguien nos dé valor, sino porque queremos compartir nuestra vida con alguien a quien también podamos amar y servir.

Quizás no necesitas que alguien te elija

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La historia de Cole terminó llevándolo a que durante años había estado buscando que otra persona lo amara para finalmente sentirse digno de amor. Pero aquello que estaba esperando de los demás también podía comenzar a ofrecérselo a sí mismo.

Quizá nosotros hacemos algo parecido, esperamos que alguien nos diga que somos suficientes, que quiera quedarse, que nos escriba primero, que alguien nos elija. 

Pero la verdad es que antes de que alguien te elija, Dios ya te conoce y te considera de gran valor.

No necesitas una pareja para tener propósito, ni estar casado para que tu vida tenga significado. Por lo tanto, no necesitas la aprobación de otras personas para saber cuánto vales.

Tal vez parte de aprender a amarnos consiste simplemente en empezar a vernos un poco más como Dios nos ve. Porque cuando entendemos nuestro valor ante Él, dejamos de pedirle a una relación que nos diga quiénes somos.

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