«No quiero ser mamá”.

«No me veo siendo papá”.

«Ni siquiera en el milenio quisiera tener hijos”.

Es una idea que muchas personas han pensado alguna vez, aunque pocas se atreven a decirla en voz alta. Para algunos nace del miedo; para otros, de experiencias familiares difíciles. 

Hay quienes simplemente sienten que nunca han tenido ese deseo y se preguntan si eso significa que están fallando en el plan de Dios.

Entonces surge una pregunta inevitable: 

¿Es incorrecto no querer tener hijos?

La respuesta no es tan simple como un «sí» o un «no». Para comprenderla, primero debemos entender qué enseña realmente el Evangelio sobre la familia, el albedrío y el propósito eterno de nuestra vida.

Tener hijos es una doctrina, pero también una decisión sagrada

Perder a un hijo es uno de los dolores más grandes para los padres. Imagen: masfe.org

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días enseña que la familia forma parte del plan de felicidad del Padre Celestial

En “La Familia: Una Proclamación para el Mundo” se declara que el mandamiento de multiplicarse y henchir la tierra permanece vigente, y que los hijos son una bendición y una herencia del Señor.

Sin embargo, eso no significa que cada persona deba recorrer exactamente el mismo camino ni que todas las circunstancias sean iguales.

El Señor dirige a Sus hijos de manera individual. Él conoce nuestras circunstancias, nuestras pruebas y aquello que todavía estamos aprendiendo.

Por eso, antes de preguntarnos si queremos o no tener hijos, quizá la pregunta más importante sea otra:

¿Qué hay detrás de ese deseo de no tenerlos?

El Evangelio rara vez nos invita a decir «nunca»

Imagen: Pinterest

Hay una palabra que puede convertirse en un obstáculo para escuchar al Señor: «nunca».

Muchos de nosotros hemos dicho alguna vez: «Nunca serviría una misión», «Nunca podría perdonar», «Nunca me casaría». Sin embargo, conforme crecimos espiritualmente, el Señor amplió nuestra visión y nos permitió ver cosas que antes no comprendíamos. 

La historia de las Escrituras está llena de personas que estaban convencidas de que jamás harían algo, hasta que el Señor transformó su corazón.

Moisés dijo que no podía hablar, Jonás huyó de su llamamiento, Alma el Joven jamás imaginó convertirse en profeta, y Saulo perseguía a los cristianos antes de convertirse en Pablo.

No porque Dios obligue a las personas a cambiar, sino porque Él puede cambiar nuestros deseos cuando estamos dispuestos a escuchar Su voluntad.

Eso no significa que todas las personas terminarán teniendo hijos. Significa que es prudente dejar espacio para que el Señor nos siga moldeando.

El deseo también puede crecer con el tiempo

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Vivimos en una época donde muchas decisiones parecen definitivas, pero el Evangelio enseña un principio diferente: el crecimiento es gradual.

Hay matrimonios que durante años no pensaban tener hijos y después sintieron paz al hacerlo.

Otros han querido formar una familia desde el principio, pero las circunstancias no lo han permitido. O tal vez, algunos sirven al Señor toda su vida siendo solteros.

Cada historia es distinta; la paciencia también consiste en permitir que Dios desarrolle Su obra en nosotros conforme a Su propio tiempo.

Quizá hoy no desees tener hijos; eso no significa necesariamente que sentirás lo mismo dentro de diez, veinte o treinta años.

Y tampoco significa que debas sentirte culpable por no experimentarlo hoy o incluso buscar una justificación; cada quien tiene su propio rumbo y camino, nadie puede juzgar ello.

El Señor nunca reduce tu valor a un solo rol

luz de las naciones 2024, madre e hijo
Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

A veces creemos que toda nuestra identidad depende de convertirnos en padres. Pero antes de cualquier llamamiento, responsabilidad o etapa de la vida, somos hijos e hijas de Dios.

Nuestro valor no depende de nuestro estado civil, de si tenemos hijos o de cuántos logros familiares alcancemos, nuestro valor es infinito porque somos hijos de Padres Celestiales, esa identidad nunca cambia.

Sin embargo, precisamente porque somos Sus hijos, también estamos invitados a permitir que Él nos enseñe cuál es Su voluntad para nuestra vida.

Mejor pregúntate esto

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Quizá la pregunta más importante no sea:

«¿Quiero tener hijos?»

Sino:

«¿Estoy dispuesto a aceptar cualquier plan que el Señor tenga para mí?»

Esa pregunta cambia por completo la conversación.

Porque el discipulado no consiste en imponerle a Dios nuestros planes ni en resignarnos a los Suyos. Consiste en confiar en que Él conoce nuestro potencial mejor que nosotros mismos.

Como enseñó Proverbios 3:5–6:

«Confía en Jehová con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas.»

Entonces, ¿estoy cometiendo un error?

Imagen: masfe.org

No necesariamente, sentir hoy que no deseas tener hijos no es un pecado.

Pero convertir ese sentimiento en una decisión inamovible, sin dejar espacio para que el Señor hable a tu corazón, puede impedir que escuches la dirección que Él quiera darte en el futuro.

El evangelio nunca nos invita a vivir desde el miedo ni desde las experiencias del pasado, nos invita a caminar con fe. Tal vez el Señor confirme el camino que hoy visualizas.

O tal vez, con el paso de los años, transforme tus deseos de una manera que hoy no puedes imaginar.

Lo importante no es tener todas las respuestas ahora, sino que nuestro corazón permanezca lo suficientemente humilde como para decir: 

«Padre, estoy dispuesto a seguir Tu voluntad, aunque un día sea diferente a la mía».

Esa disposición siempre será el mejor punto de partida para cualquier decisión eterna.

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