Pregunta
Si los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días creemos que después del bautismo una persona recibe el don del Espíritu Santo mediante la imposición de manos, ¿ocurrió lo mismo con Jesucristo? ¿Quién se lo habría conferido? ¿O ya gozaba de la compañía del Espíritu Santo desde antes?
Estas son solo algunas preguntas que generan intriga sobre la vida del Salvador y, aunque no se ha abordado de forma literal, las Escrituras y las enseñanzas de líderes de la Iglesia de Jesucristo pueden aclarar la opinión sobre este tema.
Respuesta

Quizá podemos sentirnos tentados a asumir que Jesús recibió el Espíritu Santo cuando fue bautizado por Juan el Bautista, en una escena muy espiritual registrada en la Biblia:
«Y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma».
Sin embargo, los Santos de los Últimos Días entendemos que ese momento fue una manifestación pública de la identidad divina de Cristo y de la aprobación del Padre, más que la primera ocasión en que Cristo experimentó la influencia del Espíritu Santo.

El propio Jesús explicó que Su bautismo era necesario «para cumplir toda justicia» (Mateo 3:15), y Nefi enseñó que el Salvador se bautizó para mostrar obediencia perfecta al Padre y establecer el modelo que todos Sus discípulos debían seguir (2 Nefi 31).
Además, el apóstol Juan enseñó acerca de Cristo:
«Porque el que Dios envió habla las palabras de Dios, pues Dios no da el Espíritu por medida».
Esta afirmación sugiere que la relación del Salvador con el Espíritu Santo era distinta a la de cualquier otro ser mortal. El Espíritu no le era dado de manera limitada o parcial, sino en una plenitud única.
Jesucristo progresó de gracia en gracia

Una revelación importante sobre este tema se encuentra en Doctrina y Convenios 93, donde el apóstol Juan testificó que el Salvador:
«No recibió de la plenitud al principio… sino que continuó de gracia en gracia hasta que recibió la plenitud»
Este pasaje enseña que, durante Su vida terrenal, Jesucristo experimentó crecimiento y desarrollo. Aunque era el Hijo Unigénito del Padre en la carne y permaneció libre de pecado, avanzó progresivamente en conocimiento y gloria conforme cumplía la voluntad divina.
El presidente Lorenzo Snow explicó esta idea con una reflexión:
«Cuando Jesús estaba en el pesebre, un niño indefenso, Él no sabía que era el Hijo de Dios… Él llegó a la edad adulta, y durante Su desarrollo le fue revelado quién era Él y con qué fin estaba en el mundo».

Esto demuestra que el Salvador pasó por un proceso real de aprendizaje y desarrollo en la mortalidad.
Sin embargo, las Escrituras nunca indican que ese crecimiento incluyera una ordenanza específica de confirmación mediante imposición de manos para recibir el don del Espíritu Santo, como ocurre con los demás hijos de Dios en este mundo.
Precisamente por esa ausencia de revelación, la Iglesia de Jesucristo no ha emitido una doctrina doctrina oficial sobre quién pudo haber realizado una ordenanza de ese tipo o si fue necesaria en el caso de Jesucristo.
La relación de Cristo con el Espíritu Santo fue única

Lo que sí sabemos es que, espiritualmente, Jesucristo era diferente a cualquier otra persona ya que él fue el único ser mortal nacido como Hijo Unigénito del Padre que vivió una vida perfecta y poseía autoridad divina desde Su ministerio terrenal.
Por esa razón, podemos considerar que Su relación con el Espíritu Santo no puede equipararse directamente con la nuestra.
Mientras nosotros necesitamos los convenios del bautismo y la confirmación para recibir el don constante del Espíritu Santo, Cristo jamás necesitó arrepentirse de pecado alguno y siempre actuó en perfecta armonía con la voluntad del Padre. Lo que nos dice que Su bautismo estableció el patrón que debemos seguir todos nosotros para recibir el Espíritu Santo.

En cuanto a la pregunta inicial, la mejor respuesta es que no podemos afirmar que Jesucristo haya recibido el Espíritu Santo luego de bautizarse ni tampoco si hubo alguien que se lo confiriera, pero sí mantuvo una relación singular y perfecta con el Espíritu Santo durante toda Su vida mortal.
Jesucristo nos mostró el camino de la obediencia perfecta mediante el bautismo y nos enseñó que quienes lo siguen deben nacer del agua y del Espíritu (Juan 3:5).
Aun cuando algunos aspectos de Su experiencia permanezcan en duda, Su vida continúa siendo el modelo perfecto de crecimiento espiritual, sumisión al Padre y dependencia constante de la guía divina.
Fuente: Ask Gramps
