Hace unos días, un padre planteó una pregunta en un foro de internet que probablemente muchos padres Santos de los Últimos Días han escuchado alguna vez, aunque quizá de una forma diferente.
Después de conversar con sus hijas sobre la modestia y la importancia de tratar el cuerpo como algo sagrado, ocurrió algo que no esperaba.
La familia había asistido a una ceremonia de sellamiento en el templo y, al regresar a casa, su hija de ocho años hizo una pregunta bastante sencilla, pero difícil de responder:
“Si nuestro cuerpo es sagrado, ¿por qué algunas personas se visten más modestamente en la escuela que en la Iglesia o en el templo?”
El padre le respondió que cada persona tiene estándares diferentes y que la responsabilidad de su familia era amar a los demás y vivir de acuerdo con sus propios principios, sin importar lo que hagan quienes los rodean.
Para él, la respuesta tenía sentido. Para su hija, no tanto.
Y ahí comienza una conversación mucho más interesante que la ropa: ¿cómo enseñamos nuestros estándares sin enseñar también a nuestros hijos a juzgar a otras personas?
La pregunta también puede enseñarnos algo

Lo interesante de esta historia es que la pregunta no necesariamente tiene que terminar en “ellos están mal y nosotros estamos bien”. De hecho, algunas de las respuestas que recibió el padre en el foro tomaron caminos completamente distintos.
Algunas personas coincidieron en que los padres deben enseñar a sus hijos que el cuerpo es un regalo de nuestro Padre Celestial y que la modestia puede ser una manera de mostrar respeto por ese regalo.
Otros señalaron que la agencia (o albedrío) significa que cada persona toma sus propias decisiones y que nuestros hijos inevitablemente encontrarán personas que viven los principios de una manera diferente.
Y hubo quienes hicieron una observación todavía más importante: quizá la conversación familiar no debería concentrarse tanto en lo que llevan puesto otras personas.
Porque es posible enseñar modestia y, al mismo tiempo, caer en algo que el Evangelio de Jesucristo nos pide evitar: juzgar a los demás por su apariencia.
La pregunta de la niña, entonces, puede convertirse en una oportunidad para enseñarle dos principios al mismo tiempo:
“En nuestra familia elegimos vestirnos de determinada manera porque esto refleja nuestros valores” y “eso no nos da permiso para decidir el valor espiritual de otra persona por su ropa”.
Un estándar no significa vigilar el estándar de los demás

Una de las respuestas más repetidas en la conversación fue, en esencia, que el padre ya había dado una buena respuesta: las personas pueden tener diferentes estándares y nuestra responsabilidad es vivir los nuestros.
Esto puede ser especialmente importante para los niños.
A medida que crecen, van a encontrarse con personas que toman decisiones diferentes a las que ellos tomarían. Ocurrirá con la forma de vestir, pero también con la manera de hablar, las actividades que realizan, las decisiones familiares e incluso la forma en que otras personas viven su fe.
Por eso, enseñar un principio únicamente como una lista de cosas que “los buenos Santos de los Últimos Días hacen” puede quedarse corto. También necesitan entender por qué ellos han decidido vivirlo.
La modestia, en ese sentido, puede enseñarse desde el respeto por uno mismo, el respeto por los demás y el deseo de mantener el cuerpo como algo sagrado, en lugar de convertirla en una competencia sobre quién está vestido “correctamente”.
La modestia no debería convertirse en vergüenza

Algunos comentarios de la discusión hablaban de experiencias personales en las que ciertas prendas o formas de vestir llamaban demasiado la atención.
Otros participantes, en cambio, expresaron incomodidad con la manera en que se describían los cuerpos de otras mujeres y con la idea de convertir su apariencia en un tema de evaluación pública.
Esa diferencia de opiniones deja algo claro: hablar de modestia requiere mucho cuidado.
Un niño puede aprender que determinada forma de vestir no corresponde con los principios que su familia ha elegido seguir sin aprender que el cuerpo de otra persona es algo que debe observar, señalar o criticar.
Esto también cambia la conversación entre padres e hijos. En lugar de decir:
“Mira cómo está vestida esa persona”, podría ser más útil preguntar: “¿Qué significa para ti tratar tu cuerpo con respeto?” o “¿Por qué crees que nuestra familia considera importante este principio?”.
Así, la atención vuelve al lugar donde realmente puede producirse un cambio: las propias decisiones.
¿Y qué pasa cuando las reglas parecen diferentes?

La niña había observado algo que, desde su perspectiva, parecía contradictorio: si un lugar es sagrado, ¿por qué las personas que están allí pueden tomar decisiones de vestimenta diferentes?
Pero la respuesta no tiene que ser que todos deberían verse exactamente iguales. La Iglesia enseña principios y proporciona pautas, pero la manera en que cada persona decide aplicarlos también involucra agencia, conciencia y responsabilidad personal.
Eso significa que nuestros hijos van a encontrar diferencias.
Alguien puede interpretar una pauta de una manera distinta a nuestra familia. Alguien puede estar aprendiendo. Alguien puede estar regresando a la Iglesia. Otra persona puede simplemente tener una convicción diferente sobre un asunto que nosotros consideramos importante.
Y nosotros no conocemos toda su historia. Por eso, una enseñanza importante puede ser esta: podemos tener convicciones firmes sin asumir que conocemos el corazón de otra persona.
Enseñar sin convertirnos en jueces

Uno de los comentarios del foro recordó un principio del Antiguo Testamento: “el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 Samuel 16:7).
Si enseñamos a nuestros hijos que deben vestirse modestamente, pero al mismo tiempo les enseñamos a identificar, señalar y criticar quién no lo hace, podemos terminar enviando un mensaje contradictorio.
La meta no debería ser que nuestros hijos se conviertan en inspectores de la ropa de los demás.
La meta es que desarrollen un testimonio personal de los principios que han decidido seguir.
Y eso probablemente requiere más conversación que reglas.
Quizá la mejor respuesta para esa niña no sea sobre la ropa

La pregunta de aquella niña de ocho años no tiene una respuesta de una sola frase. Pero puede abrir una conversación muy valiosa en casa:
“Sí, hay personas que toman decisiones diferentes a las nuestras”.
“Sí, nuestra familia tiene principios que queremos seguir”.
“Sí, creemos que nuestro cuerpo es sagrado”.
“Y también creemos que cada persona tiene agencia y merece nuestro respeto”.
Porque crecer en el Evangelio no significa descubrir que todos los demás vivirán exactamente como nosotros.
Significa aprender a permanecer firmes en lo que creemos sin perder el amor por quienes creen o viven de manera diferente.
Al final, quizá esa sea una de las lecciones más importantes que un padre puede enseñarle a su hija: no necesitas cambiar tus estándares porque otras personas hagan algo diferente, pero tampoco necesitas juzgarlas para mantenerte fiel a ellos.
Fuente: Called to Share
