En 1974, Tom y Jackie Montoya emprendieron un viaje desde Florida hasta Utah junto a sus cuatro hijas: Pam, Cyndy, Terry y Tricia, y el novio de una de ellas, Ferrell. Su plan era disfrutar de unas vacaciones en familia, recorrer nuevos caminos y acampar.

Sin embargo, una parada inesperada en medio del desierto de Utah terminó conectándolos La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Lo que comenzó como un encuentro casual con un grupo de campistas se convirtió en una amistad que despertó su interés por el Evangelio y, con el tiempo, llevó a toda la familia a tomar la decisión de bautizarse.

Un encuentro que no estaba en sus planes

La familia Johnson en 1974. Créditos: Familia Montoya. Imagen: LDS Living

Antes de salir de viaje, Tom había pensado que sería genial encontrar a alguien que pudiera recibirlos y mostrarles algunos lugares para acampar. No hizo ningún plan al respecto, pero dos semanas después, mientras recorrían una zona de Bears Ears y el Monumento Nacional Natural Bridges, tuvieron la oportunidad de conocer a un grupo de familias.

Al detenerse para preguntar dónde podían conseguir agua y pasar la noche, uno de los integrantes del grupo se acercó y los invitó a acompañarlos. Eran familias de Santos de los Últimos Días que habían viajado desde Provo para disfrutar del fin de semana.

Los Montoya aceptaron la invitación y siguieron a sus nuevos conocidos hasta el lugar donde estaban acampando.

Esquina superior izquierda, Terry Montoya. Centro superior Cyndy Montoya. Esquina superior derecha, Pam Montoya. Esquina inferior izquierda, Ciudades Ferrell. Esquina inferior derecha, Tricia Montoya. Créditos: Familia Montoya. Imagen: LDS Living

Para Tricia, que entonces tenía 12 años, fue una experiencia diferente. Le llamó la atención la confianza con la que aquellas familias recibieron a unos completos desconocidos y la buena relación que tenían entre ellas.

Tom también quedó impresionado por la manera en que los trataron.

«Nos impresionó tanto la forma en que nos recibieron y cómo se relacionaban entre ellos que necesitábamos saber más», recordó.

Durante el resto del viaje, aquella experiencia se convirtió en el tema principal de conversación familiar. Para los Montoya, había sido uno de los mejores momentos de sus vacaciones.

A veces, una de las maneras más significativas de compartir el Evangelio es simplemente demostrar con nuestras acciones cómo vivimos sus enseñanzas. Aquellas familias no organizaron una actividad misional ni intentaron convencerlos de algo; simplemente los recibieron con amistad y generosidad.

Una invitación que abrió nuevas oportunidades

Viaje de campamento en Blanding, Utah, en 1974. Créditos: Familia Montoya. Imagen: LDS Living

Después del campamento, mientras Tom se ocupaba de reparar el automóvil antes de regresar a Florida, Jackie y Cyndy tuvieron otra oportunidad inesperada de visitar el campus de la Universidad Brigham Young (BYU), gracias a la invitación de uno de los nuevos amigos que habían conocido en Utah.

La visita dejó una impresión especial en Cyndy, quien sintió que ese era el lugar donde quería estudiar.

Aunque Tom tenía algunas dudas al principio, decidió pedirle a un compañero de trabajo que era miembro de la Iglesia que escribiera una carta de recomendación para su hija. Ese paso facilitó que conocieran a los misioneros y que Cyndy pudiera avanzar con su solicitud de ingreso a BYU.

(A la izquierda) Tricia Montoya. (A la derecha) Jackie Montoya. Créditos: Familia Montoya. Imagen: LDS Living

Scot Johnson, uno de los jóvenes de las familias que habían conocido durante el campamento, consideró que aquel encuentro en medio de los caminos de tierra no había sido una simple coincidencia.

Tom compartía ese sentimiento y estaba convencido de que el Padre Celestial había preparado aquella oportunidad mucho antes de que ellos supieran que la necesitaban.

Cómo la familia Montoya conoció el Evangelio

Ferrell y Terry el día de su boda. Créditos: Familia Montoya. Imagen: LDS Living

Siete meses después de aquel viaje, Tom, Jackie y Tricia decidieron bautizarse. Tricia recuerda que disfrutaba mucho las visitas de los misioneros porque sentía una paz que quería conservar. Por eso, cuando les preguntaron si deseaban bautizarse, fue la primera en responder que sí.

Para Tom, conocer la Iglesia también significó encontrar respuestas a preguntas que llevaba tiempo haciéndose. Además, descubrió la importancia del don del Espíritu Santo en su vida.

Un año y diez días después de su bautismo, él y Jackie fueron sellados en el Templo de Washington D. C.,

Cyndy también decidió bautizarse, cinco meses antes de comenzar sus estudios en BYU. Aunque había sido aceptada en la universidad cuando todavía no era miembro de la Iglesia, su experiencia con los Santos de los Últimos Días y lo que había aprendido de los misioneros la llevaron a tomar esa decisión.

El Chevrolet Blazer modificado de la familia Montoya en 1974.
Créditos: Familia Montoya. Imagen: LDS Living

Pam y Terry tuvieron un proceso diferente. Pam finalmente se bautizó mientras estudiaba en BYU, acompañada por amigos que la apoyaron en su camino. Terry, por su parte, comenzó a considerar el bautismo después de casarse con Ferrell y observar la felicidad y la unidad que caracterizaban a la familia.

«Pasamos por muchas pruebas, pero puedo ver la mano del Padre Celestial en cada una de ellas», comentó Terry.

El ejemplo de los miembros puede abrir puertas que, de otra manera, permanecerían cerradas. La amistad sincera de aquellas familias permitió que los Montoya conocieran el Evangelio por medio de personas que primero les demostraron lo que significaba vivirlo.

Cincuenta años después, una historia que sigue reuniendo familias

La familia Montoya en la reunión de exalumnos por su viaje de campamento de 50 años en Blanding, Utah. Créditos: Chelsea Walker. Imagen: LDS Living

En junio de 2024, Tom decidió organizar un reencuentro para celebrar los 50 años de aquel viaje que había marcado a su familia. A sus 90 años, contó con la ayuda de sus hijas y de los amigos que habían conocido en Utah para hacer realidad la reunión.

El encuentro reunió a 78 integrantes de la familia Montoya y también a las familias de Provo que los habían recibido en 1974. Para Tricia, ver a su padre organizar aquella celebración fue muy especial. Pam describió el reencuentro como un milagro, mientras que Joani recordó con emoción el momento en que volvió a abrazar a Tom después de tantos años.

La reunión no solo permitió recordar el pasado, sino también fortalecer los vínculos entre familiares, incluso con aquellos que no comparten actualmente el mismo camino de fe. Para Tom, era importante que las nuevas generaciones conocieran el lugar donde había comenzado una experiencia que transformó a su familia.

Tom Montoya con la familia de Tricia en la reunión del viaje de campamento del 50 aniversario en Blanding, Utah. Créditos: Chelsea Walker. Imagen: LDS Living.

Durante el viaje hacia el encuentro, Scot Johnson sufrió un accidente de motocicleta. Algunos integrantes de la familia Montoya acudieron a ayudarlo y, antes de que lo trasladaran al hospital, recibió una bendición del sacerdocio. Para Cyndy, aquel momento fue una oportunidad significativa de devolver parte del cariño que habían recibido tantos años atrás.

Uno de los momentos más especiales ocurrió cuando Tom compartió su testimonio con los presentes. Mientras todos cantaban «Soy un hijo de Dios», comenzó a llover, creando un recuerdo que muchos conservarían con cariño.

Aunque Jackie había fallecido un año antes, su recuerdo estuvo muy presente durante la celebración. Terry contó que su nieta de ocho años le dijo:

«Abuela, Mommer está aquí, puedo sentirla».

Para ella, esas palabras fueron un recordatorio de la esperanza y las bendiciones que trae consigo el conocimiento del Evangelio y el plan de salvación.

Una amistad que dejó huella en generaciones

Esquina superior izquierda, Tom Montoya con la familia de Pam en la reunión del viaje de campamento de 50 años en Blanding, Utah. Esquina superior derecha, Tom Montoya con la familia de Cyndy en la reunión del viaje de campamento de 50 años en Blanding, Utah. Esquina inferior izquierda, Tom Montoya con la familia de Terry en la reunión del viaje de campamento del 50 aniversario en Blanding, Utah. Esquina inferior derecha, Tom Montoya con la familia de Tricia en la reunión del viaje de campamento del 50 aniversario en Blanding, Utah. Créditos: Chelsea Walker. Imagen: LDS Living

Al recordar todo lo ocurrido desde aquel viaje, Cyndy reconoce que la decisión de sus padres de aceptar la invitación de unos desconocidos terminó teniendo un impacto que alcanzó a varias generaciones.

Ella se pregunta qué fue lo que hizo que sus padres, cuando tenían alrededor de 40 años, sintieran el deseo de cambiar su vida y acercarse a la Iglesia. Su respuesta está relacionada con que encontraron una amistad genuina, sin presiones ni intereses ocultos, y un ejemplo de amor que continuó mucho después de aquel fin de semana.

Hoy, Tom considera que una de las enseñanzas más importantes que encontró en el evangelio es el valor eterno de la familia.

Viaje de campamento en Blanding, Utah, en 1974. Créditos: Familia Montoya. Imagen: LDS Living

Al recordar un discurso del élder Patrick Kearon, explicó que el deseo del Padre Celestial es que todos podamos regresar a Su presencia. Esa enseñanza le permitió comprender con mayor claridad lo que considera el centro de todo:

«Todo en la Iglesia conduce a una palabra: familia».

La historia de los Montoya muestra que compartir el evangelio empieza con algo tan sencillo como recibir a alguien, compartir nuestro tiempo o hacer que otra persona se sienta bienvenida.

Nuestro ejemplo puede convertirse en una oportunidad para que alguien conozca a Jesucristo. Quizás nunca sepamos hasta dónde llegará una pequeña muestra de bondad, pero, como ocurrió con aquella familia en Utah, sus efectos pueden extenderse mucho más allá de lo que imaginamos.

Fuente: maisfe.org

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