Nota del editor: Este artículo se escribió desde la perspectiva de Isabela Medeiros, a quien corresponde esta historia.
A los 21 años, Isabela Medeiros recibió un diagnóstico que cambió su vida. Después de servir durante 18 meses como misionera en Chile, la joven brasileña tuvo que enfrentar una nueva prueba: el cáncer.
En medio del dolor, las hospitalizaciones y el tratamiento, asegura haber encontrado una paz que no puede explicar con palabras.
Su historia es un testimonio de cómo la fe en Jesucristo, la oración y el apoyo de sus seres queridos la han sostenido durante uno de los momentos más difíciles de su vida. Aquí te compartimos su historia desde su perspectiva.
Siempre soñé con servir una misión

Cuando era niña y asistía a la Primaria, cantaba el himno “Espero ser llamado a una misión” con todo mi corazón. Siempre supe que quería ser misionera y, con el paso de los años, mientras aprendía más sobre la obra misional, ese deseo se hacía cada vez más fuerte.
Recibir mi llamamiento a la Misión Chile Santiago Oeste fue una gran sorpresa. Estaba convencida de que me llamarían a servir en el noreste de Brasil, pero me sentí muy feliz y bendecida por tener la oportunidad de ir a Chile.
Dediqué 18 meses de mi vida a servir a personas muy especiales, y esa experiencia me cambió por completo.
Mi misión me enseñó que, por más difíciles que sean las circunstancias, siempre puedo reconocer la mano del Señor y los milagros que Él tiene preparados para mí.
Hoy creo que cada día es un milagro y una nueva oportunidad para aprender de los desafíos de la vida y seguir progresando.
Una paz que no sé cómo explicar

La etapa más difícil de todo este proceso fue antes de recibir el diagnóstico al retornar de mi misión. Iba al hospital todas las semanas porque tenía dolores intensos y mi cuerpo estaba cada vez más hinchado. Sin embargo, nunca recibía una respuesta clara sobre lo que me estaba pasando, y eso me llenaba de angustia.
Tenía que continuar con mi vida mientras sentía que mi cuerpo estaba luchando contra algo que todavía no comprendíamos. Pasé muchas noches sin dormir debido al dolor y tenía demasiadas preguntas sin respuesta.
A pesar de todo, siempre encontraba consuelo en mis oraciones y al leer mi bendición patriarcal. Primero me diagnosticaron una trombosis en la vena yugular. Después llegó el diagnóstico de linfoma.
Nadie quiere escuchar que tiene cáncer, pero el día que recibí la noticia supe que el Señor estaba conmigo. Mi primera reacción fue sentir tranquilidad. Aunque estaba recibiendo una noticia muy difícil, sentí una paz que no puedo explicar con palabras, pero sé exactamente de Quién provino.
Hasta ahora, no he sentido miedo ni preocupación, porque tengo fe en cómo terminará todo esto.
Vi la mano del Señor en cuidados intensivos

Puedo reconocer la mano del Señor en mi vida todos los días, pero hubo un momento que me marcó especialmente: el tiempo que pasé internada en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI).
Mi situación ya era muy crítica cuando me hospitalizaron. Además, algunos exámenes que me habían realizado antes de ingresar mostraban alteraciones preocupantes.
Durante los primeros días en el hospital pude ver de una manera muy especial cómo el Señor me había protegido y me había permitido seguir viviendo. Para mí, mi vida es un milagro. Sé que estoy aquí gracias a Él.
Esa experiencia fortaleció aún más mi testimonio de que nuestro Padre Celestial está pendiente de nosotros, incluso cuando atravesamos situaciones que parecen estar fuera de nuestro control.
Lo que me da fuerzas para continuar

Una de las cosas que más me fortalecen es mi bendición patriarcal y las promesas que encuentro en ella. Esas palabras me animan a seguir adelante con fe, sin dudar, y me ayudan a reconocer cada día la manera en que el Señor está obrando en mi vida.
En los días más difíciles, la compañía de mi mamá y sus palabras me brindan muchísimo consuelo.
El apoyo que he recibido de las personas que me rodean también ha sido increíble. Mi familia siempre está pendiente de lo que necesito y procura acompañarme durante este proceso.
Mis amigos y los miembros de mi barrio, aunque por ahora no puedan estar conmigo físicamente, me envían mensajes constantemente y se aseguran de recordarme que puedo contar con ellos para lo que necesite.
Esas muestras de cariño significan mucho para mí, especialmente en los momentos en que el tratamiento se vuelve más difícil.
Quiero seguir compartiendo mi testimonio

Siempre me ha gustado contarles a otras personas cómo veo la mano de Jesucristo en mi vida, tanto en los días buenos como en los difíciles. No sé exactamente de qué manera mi testimonio puede influir en la vida de alguien más, pero, siempre que tengo la oportunidad, hablo del evangelio y de cómo me ha bendecido durante mi tratamiento.
Además, también comparto mi testimonio en redes sociales. Actualmente tengo una cuenta de TikTok, @_isa.medeiros, donde antes compartía consejos para quienes se preparaban para servir una misión, mensajes sobre Jesucristo y momentos de mi vida cotidiana como miembro de la Iglesia.
Ahora también comparto mi experiencia con el diagnóstico de cáncer.
No ha sido un proceso sencillo, pero quiero que otras personas sepan que es posible encontrar consuelo en el Salvador incluso cuando la vida cambia de una manera que nunca esperábamos.
Mi fe después del diagnóstico

Descubrir que tenía cáncer a los 21 años cambió mi manera de ver la vida. He aprendido a valorar más cada día y a reconocer con mayor claridad las bendiciones que antes quizá no veía de la misma manera.
Sobre todo, esta experiencia me ha ayudado a sentir todavía más el amor que el Padre Celestial y Jesucristo tienen por mí.
Aunque no tengo todas las respuestas sobre lo que estoy viviendo, sigo encontrando fuerzas en las promesas del Señor, en mis oraciones y en el cariño de las personas que me acompañan.
Si algo he aprendido durante este tiempo es que, incluso en los momentos más difíciles, puedo confiar en mi Padre Celestial y en Jesucristo. Sé que Ellos me aman y que no estoy sola.
Fuente: maisfe.org
