Cuando un joven llega al campo misional, deja atrás a su familia, sus amigos, sus estudios y buena parte de la rutina que conocía para comenzar una etapa completamente nueva, con grandes expectativas sobre lo que hará en los próximos meses.
Davis Smith y su esposa, Ajaline, lo comprobaron durante los tres años que sirvieron como líderes de la Misión Brasil Recife Norte, entre 2023 y 2026. Durante ese tiempo estuvieron cerca de unos 500 misioneros y descubrieron que, para algunos, adaptarse a la misión podía resultar abrumador.
Pero Davis también descubrió algo que cambió su manera de recibir a los nuevos misioneros.
“¿En qué me he metido?”

Al comienzo de su servicio, Davis tenía una rutina sencilla para recibir a quienes llegaban a la misión. Los recogía en el aeropuerto, los llevaba a la casa de la misión, comían juntos y después les explicaba cómo funcionaría la misión.
Durante la explicación les mostraba un mapa y les hablaba sobre la cultura misional antes de decirles algo que, con el tiempo, reconoció que podía generarles más presión de la que imaginaba.
“Tienen dos años para trabajar, y luego podrán descansar cuando termine la misión”, les decía a los misioneros.
Entonces comenzó a fijarse en sus rostros y notó un panorama desconcertante.
“Y lo vi en sus caras. Era miedo. Era como si pensaran: ‘¿En qué me he metido?’ Era casi abrumador”, recordó Davis en el podcast All In.
Aquella reacción lo obligó a cambiar de enfoque así que en lugar de comenzar hablando solamente de todo lo que esperaba de ellos, decidió que primero quería que los nuevos misioneros supieran que alguien los había estado esperando.
El presidente que se aprendía sus nombres

Para lograr esto, Davis tenía en su teléfono una fotografía y notas personales de prácticamente cada misionero de la misión en la que registraba información sobre las familias, intereses, talentos y experiencias de ellos, además de tomar notas de las entrevistas y de la información que recibía sobre ellos.
Así, cuando recibían a un nuevo grupo de misioneros, podía mirar a cada uno de ellos y decirles que sabía quiénes eran. Les decía que habían estado esperándolos durante meses, que conocían su nombre y su rostro y que estaban deseando conocer sus talentos.
Y, sobre todo, les decía que los quería y que estaba feliz de que finalmente hubieran llegado. Cuando hizo eso, comenzó a notar rápidamente cómo los rostros de esos misioneros pasaban de angustiados a motivados y felices.
“Muchas veces, en lugar del miedo que se reflejaba en sus ojos, eran lágrimas de alegría y gratitud”, contó.
Para Davis, ese cambio significó que aunque sus expectativas en cuanto a sus misioneros seguían siendo altas, ahora estaban acompañadas por algo que consideraba fundamental: amor.
“Cuando se sentían amados, estaban dispuestos a entregarlo todo al Señor”, explicó.
Amor y expectativas al mismo tiempo

Con el tiempo, Davis resumió lo que había aprendido en una frase: “Un gran amor y grandes expectativas son una combinación ganadora”. Para él, ese principio también se aplica en la familia, el matrimonio, el trabajo y otras relaciones.
La idea incluso tomó una dimensión más profunda cuando, al inicio de su misión, tuvo que enfrentar la situación de un misionero que había infringido algunas reglas y que no había sido completamente honesto con él.
Davis estaba molesto y no sabía cómo abordar la situación. Sin embargo, después de leer la información de la vida del joven, descubrió que había atravesado experiencias extremadamente difíciles antes de llegar a la misión. En ese momento, su enojo cambió por comprensión.
Cuando finalmente se reunió con él, comenzó agradeciéndole por estar allí y expresándole lo privilegiado que se sentía de ser su presidente de misión. Después hablaron de lo que debía corregirse.
En ese caso, el amor no eliminó las expectativas, pero sí cambió la manera de tratarlas.
Un principio que también sirve fuera de la misión

Aquella experiencia llevó a Davis a pensar que muchas de las habilidades que los jóvenes desarrollan durante una misión no son solamente “habilidades misionales”. Aprenden a escuchar, comunicarse, trabajar con personas diferentes, enfrentar el rechazo, levantarse después de equivocarse y actuar sin que alguien esté constantemente supervisándolos.
Por eso, en su opinión, la misión también puede convertirse en una preparación para la vida que viene después.
Pero quizá, fuera de todo eso, una de las lecciones más sencillas que dejó como presidente de misión tiene que ver con algo mucho más cotidiano: las personas suelen responder de manera diferente cuando saben que son amadas.
Y eso puede cambiar la forma en que un padre habla con su hijo, un esposo trata a su esposa, un líder acompaña a alguien que está aprendiendo o incluso la manera en que nosotros mismos enfrentamos nuestras propias dificultades.
Porque al final, esperar algo de alguien puede demostrar que confiamos en lo que puede llegar a ser, pero hacerle saber que lo amamos puede darle la seguridad necesaria para intentar convertirse en aquello que sabemos que puede llegar a ser.
Fuente: LDSLiving
