Daniela Goncalves estaba haciendo todo lo que podía. Servía como presidenta de la Sociedad de Socorro, ministraba, ayudaba a otras personas y cada domingo intentaba cumplir con su llamamiento.

Pero por dentro estaba enojada.

En menos de tres meses había perdido dos embarazos y no podía entender por qué estaba pasando por algo así. Ella y su esposo, Gabriel, deseaban profundamente tener un hijo.

“Me parecía injusto. Sentía que el mundo estaba en mi contra y que el Señor no estaba viendo mis esfuerzos”, recordó.

Aun así, Daniela seguía asistiendo a la capilla. Muchas veces tenía que obligarse a ir y tratar de dar lo mejor de sí, aunque cada domingo llevaba consigo preguntas que no sabía cómo responder.

“¿Por qué, si estoy dando lo mejor de mí?”

preguntas para la recomendación del Templo
Imagen: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

Finalmente decidió hablar con su obispo, el obispo Fenoglio, a quien recuerda con mucho cariño. Él encontró un espacio en su agenda ese mismo día para escucharla.

Daniela comenzó a hablar entre lágrimas. Le preguntó por qué le parecía que todo era tan injusto. Ella estaba sirviendo, Gabriel también buscaba vivir de acuerdo con sus creencias y formar una familia era uno de sus mayores deseos.

Había algo que hacía que su segunda pérdida fuera todavía más difícil de procesar. Daniela cuenta que, en sus embarazos, solía sentir que estaba esperando un bebé incluso antes de hacerse una prueba para confirmarlo.

Imagen: masfe.org

En aquella ocasión se enteró un jueves. Dos días después se despertó y comenzó a sangrar. Entonces apareció una pregunta que no podía sacar de su cabeza:

“¿Para qué me hiciste saber que estaba embarazada si lo iba a perder? Hubiese preferido no saberlo”.

Esa fue una de las preguntas que llevó a la entrevista con su obispo.

Una frase que cambió su manera de entender la pérdida

Imagen: Canva

El obispo Fenoglio le respondió con una idea que Daniela no había considerado. Según recuerda, le dijo que quizá necesitaba saber de esos embarazos porque, cuando llegara el momento de encontrarse nuevamente con sus seres queridos después de esta vida, sabría que esos bebés habían formado parte de su historia.

Para Daniela, esas palabras no hicieron desaparecer el dolor de inmediato. Sin embargo, cambiaron la manera en que comenzó a verlo.

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En lugar de preguntarse únicamente por qué los había perdido, empezó a pensar en ellos como sus hijos.

“Era como Dios y esos niños diciendo: ‘Tú eres mi mamá. Cuando vengas acá, búscanos’”, explicó entre lágrimas.

La conversación quedó grabada en ella. Le sorprendió que una sola frase pudiera darle una perspectiva distinta en uno de los momentos más dolorosos de su vida.

Daniela, miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, reconoce que todavía recuerda aquella etapa con emoción. Pero también recuerda el día en que entró a la oficina de su obispo llena de preguntas y salió entendiendo su historia de una manera diferente.

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