Para muchas personas con discapacidad y sus familias, encontrar un espacio donde puedan sentirse comprendidas, participar con libertad y desarrollar amistades puede marcar una gran diferencia.

Con ese propósito, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días cuenta con un programa de actividades para personas con discapacidad intelectual que, en distintas comunidades de Estados Unidos, está creando oportunidades para compartir, aprender y fortalecer la fe.

Desde desayunos y bailes hasta juegos grupales, proyectos para desarrollar habilidades y actividades de temporada, estos encuentros buscan que los participantes no solo disfruten de un momento agradable, sino que también se sientan aceptados, valorados y parte de la comunidad de la Iglesia.

Un espacio donde todos pueden sentirse incluidos

Participantes del programa de actividades para personas con discapacidad, consejeros juveniles y líderes de actividades para personas con discapacidad. Imagen cortesía de Rachelle Ray

En la Estaca Este de Dayton, Ohio, los participantes se reúnen una vez al mes, los sábados por la mañana, para disfrutar de actividades que incluyen juegos, desayunos de panqueques y bailes.

Taylor Towers, de 30 años, participa en estos encuentros junto con otras personas. Su madre, Jolene Towers, explicó que, aunque su hija tiene una discapacidad cognitiva significativa, es muy sensible a las necesidades y los sentimientos de quienes la rodean.

Para Jolene, contar con un programa dedicado a las personas con necesidades especiales responde a una necesidad real de varias familias especialmente cuando deben afrontar desafíos relacionados con el comportamiento o con las necesidades particulares de sus hijos.

“Así que espero que esto les demuestre a las personas: ‘Nuestra iglesia está tratando de hacer algo específicamente para nuestros niños con necesidades especiales. Los reconocen y están tratando de hacer algo solo para ellos’”, expresó.

Scott Orme, líder de actividades para personas con discapacidad en la estaca, también espera que la iniciativa llegue a más familias. Su hijo Martin, que tiene una discapacidad intelectual y estudia en la universidad, participa regularmente y hasta ha propuesto ideas para futuros encuentros.

La experiencia también ha fortalecido a Angela Orme, madre de Martin, quien recordó la tranquilidad que encontró en el evangelio al conocer el diagnóstico de su hijo.

“Encontré mucha paz en el evangelio y en el saber que esta vida no lo es todo, y que, independientemente de las limitaciones o discapacidades que tengan, el espíritu de estos niños es perfecto”, compartió.

Para ella, el programa ofrece a los participantes un lugar donde pueden ser ellos mismos, rodeados de personas que creen en ellos.

Una iniciativa que fortalece a familias y comunidades

Participantes del programa de actividades para personas con discapacidad, consejeros juveniles y líderes de actividades para personas con discapacidad disfrutan de una actividad de superhéroes en Mesa, Arizona. Imagen cortesía de Rachelle Ray

En Arizona, los programas de actividades para personas con discapacidad también han beneficiado a numerosas familias. Chris Walker, especialista en discapacidad del consejo coordinador de las estacas de Gilbert y Queen Creek, colabora en la supervisión de cinco programas que atienden a entre 250 y 300 personas de 29 estacas.

El hermano Walker explicó que el impacto va más allá de las actividades recreativas, pues el apoyo también alcanza a los consejeros juveniles, los líderes adultos y, especialmente, a las familias que enfrentan los desafíos de vivir con una discapacidad en el hogar.

“Hay personas que regresan a la iglesia después de que sus familias se han vuelto menos activas debido a lo difícil que es cuando hay una discapacidad en la familia”, señaló.

En la cercana ciudad de Mesa, Rochelle Ray coordina un programa que reúne a unos 40 participantes de cuatro estacas. Gracias a los recursos disponibles, pueden organizar encuentros semanales con juegos interactivos y proyectos individuales que ayudan a desarrollar habilidades motoras.

Ray también destacó el efecto que estas experiencias tienen en los jóvenes que sirven como compañeros. Recordó el testimonio de un consejero juvenil que, después de participar, reconoció que había aprendido mucho, superado parte de su timidez y desarrollado el deseo de servir en una misión. Actualmente, ese joven se encuentra sirviendo como misionero.

Para Ray, ese tipo de cambios demuestra que el servicio beneficia a quienes aprenden a escuchar, acompañar y construir relaciones significativas.

Servir también significa reconocer los dones de cada persona

Jolene Towers y su hija, Taylor Towers, quien tiene una discapacidad, asisten a un baile como parte del programa de actividades para personas con discapacidad en la Estaca Este de Dayton, Ohio. Imagen cortesía de Jolene Towers

En Nevada, Marc R. McRae, presidente de la Estaca Skye Canyon de Las Vegas y padre de un hijo con necesidades especiales, considera que más jóvenes deberían tener oportunidades de relacionarse con personas con discapacidades intelectuales o físicas. A través de esas experiencias, pueden aprender a mirar más allá de una condición y reconocer las capacidades, los deseos y la fe de cada persona.

El presidente McRae también conoce a miembros con discapacidad que desean servir a Dios y contribuir a la Iglesia, no solo participar en actividades. Al referirse a ellos, citó Doctrina y Convenios 4:3, que enseña que quienes tienen el deseo de servir a Dios son llamados a la obra.

“De modo que, si tenéis deseos de servir a Dios, sois llamados a la obra”, afirmó.

Esta perspectiva ayuda a comprender que la inclusión no consiste únicamente en crear actividades especiales, sino también en reconocer que las personas con discapacidad tienen dones, pueden desarrollar responsabilidades y desean contribuir a su comunidad de fe.

Jeff Sorensen, líder del programa en la Estaca Skye Canyon, explicó que las reuniones mensuales se organizan con la participación de seis estacas, cuyos barrios se turnan para ser anfitriones. La respuesta ha sido positiva: cada vez más personas preguntan cómo pueden participar después de conocer las actividades.

McRae señaló que esta labor también invita a los miembros a reflexionar sobre cómo pueden cuidar mejor de quienes necesitan apoyo y ofrecerles oportunidades para reunirse y fortalecerse mutuamente.

Jóvenes que aprenden a acompañar con amor

Participantes de un programa de actividades para personas con discapacidad se toman fotos de San Valentín durante un evento en Las Vegas, Nevada. Imagen cortesía de Jeff Sorensen

En la Estaca Draper Utah River View, Karen Leavitt coordina actividades semanales a las que asisten alrededor de 70 personas de distintos barrios, con edades que van desde los 14 hasta los 68 años. Los encuentros incluyen karaoke, bailes, juegos, actividades de habilidades para la vida, elaboración de presupuestos y preparación de recetas sencillas.

Los consejeros juveniles participan como compañeros, y su presencia puede marcar una diferencia importante. Leavitt recordó el caso de Davis, un joven autista que solía correr hacia la puerta durante las reuniones. Su compañero comprendió que necesitaba estar a su lado y corría con él alrededor del edificio. Con el tiempo, gracias a esa relación y a su participación constante, Davis comenzó a sentarse y disfrutar de las actividades junto a su compañero.

Para Leavitt, los cambios que observa en los jóvenes voluntarios son otra bendición del programa. Ha escuchado sus testimonios sobre cómo han crecido durante el año, tanto en su manera de relacionarse con los demás como en su disposición para servir.

Una de las experiencias más emotivas ocurrió después de que los participantes dedicaran dos años a aprender a cantar “Discípulo de Cristo”, el himno de los jóvenes de 2024.

Una noche, el padre de un joven con autismo escuchó la canción y, al terminar la actividad, compartió que había sentido el Espíritu de una manera inesperada. Leavitt recordó su reacción:

“Fue como si pensara: ‘Eso es lo que son. Son los ángeles que están aquí en la Tierra para ayudarnos’”.

Una expresión del ministerio de Jesucristo

Un participante de un programa de actividades para personas con discapacidad y un consejero juvenil decoran galletas en una actividad grupal en Las Vegas, Nevada. Imagen cortesía de Jeff Sorensen

El Manual General de la Iglesia explica que los programas de actividades para personas con discapacidad pueden organizarse para ayudar a sus participantes a desarrollarse espiritual, social, física e intelectualmente.

Estos encuentros complementan el ministerio, las reuniones dominicales y las actividades de las unidades locales, y se planifican teniendo en cuenta las necesidades y circunstancias de quienes participan.

Las experiencias de estas cuatro regiones muestran cómo ese principio puede ponerse en práctica mediante actividades sencillas, relaciones constantes y personas dispuestas a acompañar a los demás con paciencia y amor.

Para algunas familias, el programa ofrece un espacio de descanso y apoyo; para los participantes, puede significar nuevas amistades, oportunidades para aprender y la alegría de sentirse parte de una comunidad; y para los jóvenes voluntarios, se convierte en una oportunidad para crecer y descubrir nuevas formas de servir.

En el centro de estos esfuerzos está la idea de que cada persona merece ser reconocida y bienvenida. Al crear espacios donde los miembros con discapacidad puedan participar y desarrollar sus dones, las congregaciones también aprenden a acercarse a cada persona, reconocer su valor y ayudarla a sentirse amada como lo haría Jesucristo.

Fuente: Church News

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