Kate Wilko, es una joven Santo de los Últimos Días que siempre había soñado con servir una misión, pero cuando finalmente llegó al campo misional, comenzó a enfrentar un sentimiento que había intentado dejar atrás: la culpa por errores de su pasado.

En una entrevista para el pódcast Authentic Gospel, la joven compartió cómo el temor a no ser digna de servir la llevó a tomar una de las decisiones más difíciles de su vida y, al mismo tiempo, a comprender el poder del arrepentimiento.

El sentimiento de indignidad que intentó ignorar

Imagen: masfe.org

Desde pequeña, Kate deseaba ser misionera. Sus padres habían servido en misiones y ella creció escuchando las experiencias de su madre en Perú. Sin embargo, reconoció que durante su adolescencia y sus primeros años universitarios no siempre vivió de acuerdo con lo que enseñaba.

Aunque había hablado con sus obispos y había intentado cambiar, volvió a enfrentar dificultades que la hicieron cuestionarse si realmente estaba preparada para servir.

Aun así, decidió comenzar su misión en Wisconsin, Estados Unidos, pensando que el servicio misional podría ayudarla a superar lo que todavía necesitaba resolver.

Durante sus primeros meses tuvo experiencias espirituales significativas. Leyó el Libro de Mormón completo por primera vez, estudió las Escrituras diariamente y sintió el Espíritu mientras enseñaba a otras personas. Pero durante una conferencia de zona, una enseñanza sobre la autoridad y el poder espiritual de los misioneros la hizo reconocer que había asuntos de su pasado que aún debía tratar.

“Recuerdo haber sentido con muchísima fuerza que tenía algo en lo que necesitaba trabajar”, contó.

El sentimiento fue tan intenso que comenzó a pensar que todos los que estaban a su alrededor podían darse cuenta de lo que estaba viviendo.

Tenía mucho miedo de lo que iba a pasar

Kate decidió hablar con su presidente de misión para confesarle sus errores pasados. Imagen: masfe.org

Kate sabía que necesitaba hablar con su presidente de misión, pero tenía miedo de las consecuencias. Durante varios días estudió sobre el arrepentimiento y la expiación de Jesucristo, mientras se preguntaba si tendría que regresar a casa.

Finalmente, llamó a su madre un lunes y, entre lágrimas, le confesó lo que estaba ocurriendo.

“Necesito hablar con mi presidente de misión. Hay cosas que no he resuelto”, le dijo.

Para su sorpresa, su madre no reaccionó con decepción ni enojo. En lugar de eso, la escuchó, le expresó su amor y le aseguró que estaba orgullosa de los pasos que estaba dando. Con su ayuda, Kate contactó al presidente Murphy, quien también la escuchó con atención. Cuando terminó de contarle todo, él le dijo:

“Hermana, el Padre Celestial la ama muchísimo”.

Kate esperaba sentir vergüenza y culpa, pero lo que más recuerda de aquella conversación fue todo lo contrario.

“En ese momento, cuando esperaba sentir vergüenza y culpa, lo que sentí principalmente fue amor de mi familia, de mi presidente de misión y de Dios”.

Cuando tuvo que aceptar que regresaría a casa

Kate recibió con paz la noticia de regresar a casa porque sentía que era lo que necesitaba para continuar su arrepentimiento. Imagen: masfe.org

Durante las siguientes dos semanas, Kate continuó reuniéndose con su presidente de misión, sin saber cuál sería la decisión final. Al principio, sus oraciones se centraban en pedirle al Padre Celestial que le permitiera quedarse. Después, comenzaron a cambiar.

“Padre Celestial, ayúdame a aceptar Tu voluntad. Que se haga Tu voluntad. Confío en Ti”, empezó a orar.

Con el tiempo, sintió que necesitaba regresar a casa para continuar su proceso de arrepentimiento. Cuando finalmente recibió la noticia de que volvería, su reacción fue distinta de lo que había imaginado.

“Cuando recibí la llamada de mi presidente de misión diciéndome que regresaría a casa, sinceramente sentí paz”.

Había servido aproximadamente cuatro meses. Sin embargo, al llegar a casa, apareció otro temor: enfrentar a los miembros de su barrio, quienes la conocían desde pequeña y sabían cuánto había deseado servir una misión. Kate no quería que la vieran regresar antes de tiempo.

El arrepentimiento no es el plan B, es el plan A

Imagen: Más Fe

En medio de aquella experiencia, Kate recordó una enseñanza de su presidente de misión que cambió su manera de comprender el arrepentimiento.

“El arrepentimiento no es el plan B. El arrepentimiento es el plan A. Es el plan”.

Su padre también la invitó a considerar cómo aquella experiencia podría ayudarla a ella y a otras personas. Así que, aunque inicialmente quería esconder lo sucedido, Kate se armó de valor y decidió compartir su testimonio durante una reunión sacramental.

Ella enfocó su testimonio en el perdón, la expiación de Jesucristo y la importancia de dejar de lado el orgullo para seguir la voluntad de Dios. La respuesta de los miembros fue muy diferente de lo que temía. En lugar de rechazarla, comenzaron a acompañarla y ofrecerle apoyo.

“Mi barrio se convirtió en mi mayor apoyo”, recordó.

Pensaba que no era digna del perdón de Dios

Tras ocho meses en casa, Kate recibió autorización para regresar a su misión en Wisconsin. Imagen: masfe.org

Kate confesó que una de las partes más difíciles fue aceptar que Jesucristo también podía transformar las consecuencias de sus propias decisiones.

“Sentía que no era digna del perdón de Dios. Que, como había cometido errores, esos errores tenían que seguir siendo errores para siempre”.

Con el tiempo, comprendió que el Salvador podía ayudarla a cambiar, incluso cuando había cometido errores sabiendo que no debía hacerlo. Tras ocho meses en casa, recibió autorización para regresar a su misión en Wisconsin, donde continuó sirviendo y compartiendo su experiencia con otros misioneros.

Al mirar atrás, Kate no niega sus equivocaciones, pero tampoco permite que definan toda su historia.

“Cometí errores. Sabía que debía actuar mejor y aun así los cometí. Y después tomé la decisión de regresar a mi Salvador”.

Una experiencia que cambió su manera de ver el arrepentimiento

Kate aprendió que sentir culpa por un error no significa que seamos menos valiosos. Imagen: Canva

Kate terminó su misión y, años después, descubrió que su testimonio había ayudado a otros misioneros que también enfrentaban dificultades personales.

Su historia deja una reflexión importante: sentir culpa por un error no significa que una persona haya perdido para siempre su valor ni la posibilidad de cambiar.

Tampoco todas las dificultades relacionadas con la dignidad requieren regresar anticipadamente de una misión; cada situación necesita atención personal y orientación adecuada.

Jesus
Acudir a Jesucristo no es una señal de fracaso, sino el comienzo de una transformación. Imagen: Canva

Para Kate, lo más importante fue comprender que acudir a Jesucristo no era una señal de fracaso, sino el comienzo de una transformación. Como expresó al finalizar la entrevista:

“El don de la Expiación de Jesucristo está hecho para utilizarse”.

Y esa es quizás la enseñanza más significativa de su experiencia: la misión no es un lugar para misioneros “perfectos”, sino un lugar donde los misioneros aprenden que necesitan al Salvador.

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