Nota del editor: Este artículo fue escrito originalmente por David Grant para Public Square.
Durante la reciente conferencia general, el presidente D. Todd Christofferson pronunció un discurso que llamó la atención tanto de miembros de la Iglesia como de no miembros e incluso de los medios de comunicación por abordar un tema inusual pero alarmante: las apuestas.
Para comprender la condena de los juegos de azar que expresó el presidente Christofferson, resulta útil analizar las apuestas dentro de un patrón más amplio de conductas adictivas, algo que denomino “arquitectura del vicio”.
Este concepto nos permite entender por qué ciertas actividades, más allá de sus consecuencias económicas, pueden terminar por dominar nuestros deseos y debilitar nuestra capacidad de actuar libremente.
¿Qué es la arquitectura del vicio?

Para determinar si una actividad forma parte de esta arquitectura, podemos hacernos varias de estas preguntas:
- ¿Produce gratificación o emoción inmediata, generando un ciclo de repetición o dependencia?
- ¿Nos lleva a sacrificar nuestros intereses a largo plazo por una satisfacción momentánea?
- ¿Crea un ciclo de expectativa, recompensa y repetición?
- ¿Consume recursos como dinero, tiempo, atención, salud o relaciones personales, desplazando otras cosas valiosas?
- ¿Impone costos a nuestros cónyuges, familias, comunidades u otras personas?
- ¿Debilita nuestra autonomía, haciendo que dependamos cada vez más de un deseo o impulso?
Estas mismas preguntas también pueden aplicarse para problemas con la pornografía, otras conductas sexuales ilícitas y el consumo de drogas o alcohol.

Desde los procesos químicos del cerebro hasta sus consecuencias sociales, estos vicios pueden dejar daños profundos tanto en las personas como en sus comunidades.
Los historiadores Will y Ariel Durant escribieron sobre los peligros de una sexualidad sin restricciones y el presidente Jeffrey R. Holland los citó remarcando la advertencia de que:
“El apetito sexual es un río de fuego que es preciso encauzar y enfriar con cientos de restricciones para que no le destruya a él ni al grupo social”.
Podríamos sustituir la palabra “apetito sexual” por “juegos de azar”. Sin embargo, existe una diferencia importante: mientras que la sexualidad tiene un contexto apropiado en el que puede enriquecer el alma, los juegos de azar no ofrecen ese mismo propósito espiritual.
La dopamina y el funcionamiento de nuestros deseos

Para comprender el atractivo de las apuestas y los juegos de azar, debemos hablar primero de cómo responde nuestro cerebro a las recompensas. Por ejemplo, me encanta el ciclismo, pero he sufrido varias caídas en bicicleta de montaña que terminaron en fracturas. Por eso, algunas personas me preguntan:
“¿Por qué sigues haciéndolo?”.
Mi respuesta suele ser una sola palabra: dopamina. Y es que la descarga de sustancias químicas que produce el ciclismo, es una sensación que busco constantemente. Después de una ruta exigente, tanto física como técnicamente, experimento una sensación de bienestar que puede durar unas cuatro horas.
Esa sensación proviene de sustancias como la dopamina, los opioides endógenos, los endocannabinoides, la noradrenalina y la serotonina. La dopamina, en particular, participa en los procesos de motivación, aprendizaje y anticipación de recompensas.

En una actividad normal y saludable, como el ciclismo de montaña, la secuencia es relativamente sencilla:
esfuerzo → logro → activación → recompensa → recuperación.
Sin embargo algunas conductas como el consumo de drogas pueden producir una secuencia muy diferente:
sustancia química → receptor o sistema → señal extraordinariamente intensa → exposición repetida.
En los juegos de azar, este mecanismo adquiere una característica particular porque la incertidumbre del resultado se convierte en parte de la experiencia que atrapa a la persona.

Todo comienza cuando alguien arriesga dinero esperando obtener una ganancia. A partir de ese momento se crea una expectativa que puede aumentar conforme se acerca el resultado. Durante esa espera, la dopamina participa en los procesos de anticipación y aprendizaje, mientras que la noradrenalina contribuye a mantener la atención y el estado de alerta.
Por eso, la emoción de apostar no se limita al instante en que alguien gana. La posibilidad de ganar también puede resultar estimulante, incluso antes de conocer el resultado de la apuesta.
Cuando finalmente llega una victoria, el cerebro compara lo sucedido con lo que esperaba. Si la recompensa supera las expectativas, puede producirse una respuesta especialmente intensa de los sistemas relacionados con la dopamina, acompañada de otras reacciones fisiológicas.

Pero cuando el resultado es una pérdida, la experiencia no necesariamente termina allí. En lugar de abandonar la actividad, algunas personas sienten la necesidad de intentarlo nuevamente para recuperar el dinero, convencidas de que la siguiente apuesta podría compensar lo perdido.
Así se desarrolla un ciclo en el que ganar puede impulsar a seguir jugando y perder también puede convertirse en una razón para continuar.
Con el tiempo, el deseo de recuperar una pérdida o experimentar nuevamente la emoción de una victoria puede consumir recursos que deberían destinarse a otras prioridades. Y cuando esto sucede, recién se ve el verdadero costo de las apuestas.
El peligro espiritual de perder nuestro albedrío

Aunque las consecuencias económicas y emocionales de los juegos de azar pueden ser graves, desde la perspectiva del evangelio existe otra preocupación igualmente importante: la influencia que estos hábitos pueden ejercer sobre nuestro albedrío.
Las Escrituras como Mosíah 2:36–37 y Alma 12:10–11 comparten advertencias sobre las consecuencias de rechazar repetidamente la influencia divina y permitir que nuestro corazón se vuelva menos receptivo a la verdad.
Estas enseñanzas nos muestran que nuestras decisiones pueden acercarnos a Dios o, cuando persistimos en aquello que nos aleja de Él, dificultar nuestra disposición para escuchar Su voz.
Este principio adquiere un significado especial al considerar las enseñanzas de Lehi en 2 Nefi 2, donde explica que:
“[Los hombres] han llegado a quedar libres para siempre, discerniendo el bien del mal, para actuar por sí mismos, y no para que se actúe sobre ellos”.

Nuestro albedrío nos permite responder a las circunstancias de acuerdo con nuestros principios, en lugar de dejarnos llevar únicamente por los impulsos del momento. Sin embargo, cuando una conducta se vuelve compulsiva, el albedrío puede verse cada vez más limitado por el deseo de repetir dicha conducta.
El individuo bajo esa condición continúa teniendo la posibilidad de tomar decisiones, pero ejercer esa libertad puede volverse más difícil a medida que aumenta su dependencia.
De allí surge una de las preocupaciones espirituales más profundas relacionadas con los juegos de azar: una actividad que inicialmente parece estar bajo nuestro control puede terminar consumiento nuestra fuerza de voluntad.
Y dicha preocupación no es reciente. De hecho, otros profetas como el presidente Gordon B. Hinckley también han advertido contra las apuestas durante generaciones.
Por qué la Iglesia se opone a los juegos de azar

Desde los primeros años de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, sus líderes han enseñado que los juegos de azar pueden perjudicar tanto al individuo como a la comunidad.
José Smith relacionó esta práctica con otras conductas que afectaban el orden y la vida moral de las comunidades, mientras que Brigham Young aclaró que los Santos de los Últimos Días no siguen dicha costumbre popular.
El presidente Heber J. Grant reafirmó posteriormente que la Iglesia se oponía a los juegos de azar en cualquiera de sus formas, mientras que el presidente Spencer W. Kimball explicó que sus consecuencias no dependían únicamente de ganar o perder dinero.

Según enseñó, el daño también se encontraba en desarrollar el deseo de recibir algo sin trabajar por ello ni pagar su verdadero precio.
Esta preocupación continuó durante el ministerio del presidente Dallin H. Oaks. En 1971, cuando presidía la Brigham Young University, abordó la relación entre los juegos de azar y ciertas inversiones altamente especulativas, señalando que la intención detrás de una operación podía ayudar a distinguir una actividad comercial legítima de una apuesta.
Más adelante, en un discurso pronunciado en 1987 en Ricks College, explicó que los juegos de azar podían debilitar valores fundamentales como el trabajo, el ahorro, la responsabilidad y el servicio. También advirtió que fomentaban la codicia y el deseo de obtener recursos de otras personas sin ofrecer un valor equivalente.

Tiempo después, en 2005, el presidente Gordon B. Hinckley volvió a referirse al tema durante la conferencia general y reafirmó la postura de la Iglesia con una declaración sencilla:
“La Iglesia ha estado y continúa estando en contra de esta práctica”.
Aunque cada una de estas enseñanzas fueron compartidas en épocas diferentes, todas coinciden en que el problema de las apuestas no se reduce al riesgo económico, sino que también tiene que ver con la manera en que pueden transformar nuestras relaciones en todo ámbito.
Esa preocupación adquiere una relevancia hoy en día, cuando los juegos de azar se han vuelto más accesibles encontrando nuevas formas de llegar a millones de personas.
Las apuestas modernas y la dificultad de distinguirlas

Durante mucho tiempo, hablar de juegos de azar evocaba imágenes de casinos, loterías o apuestas realizadas en establecimientos físicos. Sin embargo, el desarrollo de las plataformas digitales ha cambiado considerablemente ese panorama.
Actualmente, una persona puede apostar sobre acontecimientos deportivos o resultados futuros desde su teléfono celular, sin necesidad de desplazarse a ningún lugar.
También han surgido mercados de predicción en los que los usuarios compran y venden contratos cuyo valor depende de que ocurra determinado acontecimiento. Aunque estas operaciones pueden parecer similares a otras transacciones financieras, han generado debates sobre cuándo constituyen inversiones legítimas y cuándo funcionan como apuestas.

Uno de los ejemplos más claros es Kalshi, una plataforma estadounidense de mercados de predicción que ha mantenido una controversia legal con el estado de Utah.
Mientras Utah sostiene que determinadas operaciones de la plataforma constituyen juegos de azar, Kalshi argumenta que ofrece contratos financieros derivados sujetos a regulación. Lo que este desacuerdo nos dice es que toda actividad que involucra incertidumbre o riesgo económico es necesariamente una apuesta.
Para comprender la diferencia, conviene considerar el propósito de la operación.
Una empresa o un agricultor pueden utilizar instrumentos financieros para protegerse frente a cambios inesperados en los precios de sus productos. En estos casos, el objetivo principal no es experimentar la emoción de acertar un resultado, sino reducir una amenaza económica relacionada con una actividad productiva.

Aunque ninguna herramienta financiera elimina todos los riesgos y no todas las estrategias de protección resultan convenientes, este ejemplo muestra cómo un contrato puede utilizarse para preservar el valor de una actividad económica real.
La diferencia aparece cuando una persona asume una posición financiera principalmente para apostar sobre un resultado incierto, sin que exista una necesidad económica que esté intentando proteger.
Si una actividad estimula constantemente la búsqueda de ganancias rápidas, impulsa a repetir operaciones por emoción y consume recursos que deberían destinarse a otras prioridades, puede reproducir los mismos mecanismos que hacen peligrosos a los juegos de azar tradicionales.
Dicho esto, puede que algunos se hagan la pregunta: si el dinero no debería utilizarse para alimentar una búsqueda interminable de recompensas inmediatas, ¿cuál debería ser su verdadero propósito?
Una herramienta para bendecir a otros

Para responder esa pregunta, me gustaría compartir una experiencia que viví años atrás mientras realizaba prácticas profesionales en la compañía de seguros Prudential.
Durante ese periodo, trabajé con un fondo de inversión social de aproximadamente 180 millones de dólares, destinado a financiar bancos pertenecientes a propietarios de grupos minoritarios, centros comerciales y otros proyectos empresariales en comunidades que tradicionalmente habían recibido poca inversión.
Ese trabajo me permitió conocer a monseñor William J. Linder, un sacerdote católico de Newark, Nueva Jersey, que había fundado New Community Corporation, una organización dedicada al desarrollo económico y social de comunidades necesitadas.
Colaboré con él en un proyecto para establecer un centro comercial en un vecindario que requería nuevas oportunidades de empleo y crecimiento. Tiempo después, mientras ayudaba como voluntario en un comedor comunitario de Newark, ocurrió algo que fortaleció mi relación con el padre Linder.

Al entrar en la despensa para buscar una lata de maíz, observé que gran parte de los alimentos almacenados llevaba la marca Deseret. Cuando pregunté por aquellos productos, el padre Linder me explicó que la Iglesia de Jesucristo proporcionaba una cantidad importante de los alimentos utilizados en el comedor.
Cuando él me dijo eso, le comenté que yo era miembro de la Iglesia, y aquella conversación abrió la puerta a una nueva experiencia.
Invité al padre Linder a visitar Salt Lake City para conocer las operaciones de bienestar de la Iglesia y, posteriormente, a compartir sus experiencias con estudiantes de la Escuela de Negocios Marriott de BYU.
El padre Linder aceptó y, durante su presentación ante los estudiantes, habló sobre una forma de entender los negocios que iba más allá del beneficio económico individual. Después de escucharlo, uno de los alumnos hizo una observación que nunca olvidaré:
“Todos los que han hablado aquí hasta ahora nos han enseñado cómo salir adelante. Este es el primer conferenciante que nos enseña cómo ayudar a otros a salir adelante”.

Aquella reflexión resumió una diferencia fundamental entre utilizar el dinero solo para obtener ganancias personales y emplearlo como una herramienta para mejorar la vida de otras personas.
El padre Linder comprendía el funcionamiento de las inversiones y los negocios, pero también reconocía que el valor de una operación económica no siempre podía medirse exclusivamente mediante sus resultados financieros.
El dinero también puede emplearse para producir algo más que una recompensa inmediata. Esa manera de utilizar nuestros recursos ofrece un contraste significativo con la lógica que sostiene a los juegos de azar.
Desarrollar hábitos que nos hagan mejores

Así como existen conductas que pueden debilitarnos mediante la repetición como las apuestas y los juegos de azar, también podemos cultivar hábitos que nos ayuden a convertirnos en mejores discípulos de Jesucristo.
La diferencia se encuentra en la dirección hacia la que nos llevan nuestras decisiones.
Mientras los hábitos destructivos nos impulsan a buscar satisfacción inmediata, los hábitos virtuosos nos enseñan a trabajar por aquello que tiene un valor duradero. Esta diferencia también se refleja en nuestra relación con el Señor.
Cuando nuestras decisiones nos ayudan a desarrollar dominio propio, servir a los demás y utilizar responsablemente nuestros recursos, creamos mejores condiciones para reconocer la influencia del Espíritu Santo y responder a Su guía.

Por eso, al evaluar nuestros hábitos, nos conviene considerar qué clase de persona estamos llegando a ser mediante esa actividad y cómo sus consecuencias afectan a quienes nos rodean.
Esta es, en esencia, la preocupación que los profetas han expresado durante generaciones al advertir sobre los juegos de azar. Su propósito es ayudarnos a proteger nuestra libertad, nuestras relaciones, nuestra integridad y nuestra capacidad de seguir a Jesucristo.
Porque el verdadero precio de una apuesta no siempre se refleja en la cantidad que alguien pierde, sino en el tiempo que deja de dedicar a lo que realmente vale la pena. ¿Qué hábitos sientes que necesitas cambiar y cómo puedes empezar a hacerlo?
Fuente: Public Square
