En mi experiencia trabajando con matrimonios afectados por el adulterio por parte de uno de los cónyuges, veo patrones. Las emociones, las expectativas, las preguntas y los desafíos se presentan una y otra vez.

El patrón más frecuente entre las parejas de Santos de los Últimos Días en esta circunstancia involucra a un cónyuge infiel que confiesa su adulterio a una autoridad del sacerdocio, se somete a un consejo disciplinario, afronta las consecuencias de sus actos y sigue los pasos para que se le restauren sus bendiciones.

En un caso tras otro, el cónyuge que cometió el adulterio siente que ha hecho todo para ser perdonado y no puede entender por qué su pareja no puede “dejarlo pasar”. “El Señor me ha perdonado”, piensa. “Entonces, ¿por qué mi pareja no puede hacerlo?”

Para la pareja traicionada, la lucha puede ser consigo misma, al ver la lógica del argumento de su cónyuge y no saber por qué lucha por perdonarlo. O, la lucha puede ser con su pareja, que no se ha tomado el tiempo de conversar, empatizar y reparar el sufrimiento causado.  “El perdón de la Iglesia es una cosa, pero mi perdón es otra”, piensa la pareja traicionada.

Muchas parejas se quedan en este punto. ¿La pareja traicionada tiene el deber del Evangelio de perdonar al cónyuge arrepentido? Sí es así, ¿cómo?, si no es así, ¿por qué?, ¿los pasos que se necesitan para el arrepentimiento en la Iglesia se alinean con lo que se necesita para el arrepentimiento en tu matrimonio?

¿La pareja traicionada tiene el deber del Evangelio de perdonar a su cónyuge arrepentido?

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La respuesta corta es , pero no significa lo que crees que significa. En una revelación para la Iglesia, el Señor Jesucristo habló muy claro cuando dijo:

“Y el que mirare a una mujer para codiciarla negará la fe, y no tendrá el Espíritu; y si no se arrepiente, será expulsado. No cometerás adulterio; y el que cometa adulterio y no se arrepienta, será expulsado. Mas al que haya cometido adulterio, y se arrepienta de todo corazón, y lo deseche, y no lo haga más, lo has de perdonar. Mas si lo hiciere otra vez, no será perdonado, sino que será expulsado” (DyC 42: 24 – 36).

Ahora, esta revelación se dirigió posiblemente a los élderes de la Iglesia, con la frase “expulsado” que implica la disciplina de la Iglesia, aunque también se puede aplicar a los cónyuges. Pero, otra revelación para los miembros de la Iglesia es muy clara:

“Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres” (DyC 64: 10).

Muchos cónyuges que cometieron adulterio y están arrepentidos citan esta escritura cuando esperan que su pareja traicionada “lo deje pasar”. Muchos cónyuges traicionados se sienten culpables porque luchan por aplicar esta escritura. Pero, ¿qué significa perdonar?

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Perdonar es dejar ir el rencor. Es dejar ir la ira y el odio. Es una elección diaria, un proceso. Así es cómo elegimos lidiar cada día con la ira y el dolor que surgen. Es dejar de lado la búsqueda de la venganza. Sin embargo, perdonar a alguien y confiar en esa persona son dos cosas diferentes. El perdón se da libremente. La confianza se debe ganar.

En la Conferencia General de octubre de 2018, el apóstol Jeffrey R. Holland hablo al respecto con franqueza:

“Perdonad, y seréis perdonados”, enseñó Cristo en tiempos del Nuevo Testamento; y, en nuestros días: “Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres”. No obstante, es importante que cualquiera de ustedes que viva con verdadera angustia tenga en cuenta lo que no dijo. Él no dijo: “No se les permite sentir dolor verdadero ni pesar real por las devastadoras experiencias que hayan tenido por culpa de otra persona”. Ni tampoco dijo: “A fin de perdonar totalmente tienes que volver a una relación tóxica, o volver a circunstancias destructivas y de maltrato”. No obstante, a pesar de las ofensas más terribles que nos puedan sobrevenir, solo podemos elevarnos por encima de nuestro dolor al poner los pies en la senda de la sanación real. Tal senda es la senda del perdón que anduvo Jesús de Nazaret, quien nos invita a cada uno de nosotros: “Ven, sígueme”.

Cristo nos da el mandamiento de perdonar a los demás, así se arrepientan o no. Es el camino hacia la paz personal. Él le dio el mandamiento a la Iglesia, como una institución, de perdonar a los que cometieron adulterio si se arrepienten y no lo vuelven a hacer.  Sin embargo, Él nunca nos dio el mandamiento de permanecer en una relación tóxica. Él nunca nos dio el mandamiento de confiar en alguien que no se lo ha ganado. Es por eso que el proceso de arrepentimiento en la Iglesia y el arrepentimiento en un matrimonio no se parecen.

¿Cómo el arrepentimiento en la Iglesia difiere del arrepentimiento en tu matrimonio?

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El arrepentimiento en la Iglesia requiere la confesión del adulterio a una autoridad del sacerdocio, el abandono del pecado, usualmente un consejo disciplinario, el retiro de las bendiciones y, con el tiempo, la restauración de las bendiciones siempre y cuando la persona que haya cometido el adulterio se mantenga en la senda estrecha y angosta. El arrepentimiento en un matrimonio es diferente.

Si tuviste una aventura, tus acciones pueden haber afectado a los miembros del barrio, pero destrozaron a tu cónyuge. No subestimes la devastación que tus acciones causaron en el corazón, la mente y el alma de tu pareja. Tiene un trauma. Literalmente, tiene un trauma. Tu pareja creía que su mundo, su matrimonio, estaba a salvo. Ahora, no lo está. No sabe si alguna vez podrá volver a creer en ti debido a la traición. Confiar en ti antes, le hirió terriblemente y no puede simplemente volver a confiar en ti.

El arrepentimiento en tu matrimonio requiere más que una simple confesión y abandono. Necesitas ayudar a tu familia a sanar. Ninguna “palmada en la muñeca” reparará el daño. Con respecto a las personas que estuvieron en tus zapatos, un profeta dijo:

“Habéis quebrantado los corazones de vuestras tiernas esposas y perdido la confianza de vuestros hijos por causa de los malos ejemplos que les habéis dado; y los sollozos de sus corazones ascienden a Dios contra vosotros. Y a causa de lo estricto de la palabra de Dios que desciende contra vosotros, han perecido muchos corazones, traspasados de profundas heridas” (Jacob 2: 35).

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¿Cómo puedes hacer esto correctamente? Puedes empezar por ser humilde y responsable. Independientemente de los problemas que existieran en tu matrimonio, tu cónyuge no hizo que lo engañaras. Tú tomaste una decisión. Reconócelo. Pide perdón. Es lo que se requiere. Es un asunto serio.

Permite que tu cónyuge exprese su dolor sin ponerte a la defensiva. Se transparente, sincero, amoroso y fiel. Se comprensivo cuando resurja el dolor en lugar de impaciente. Tu remordimiento debe ser igual al dolor que causaste para que tu cónyuge tenga fe en que esto no volverá a suceder.

Este artículo fue escrito originalmente por Jonathan Decker y fue publicado en ldsliving.com con el título “Latter-day Saint Therapist: If Your Spouse Cheats and Repents, Are You Obligated to Forgive?