Cuando pensamos en el bullying, es común imaginar lo que ocurre en una escuela o en un ambiente de trabajo. 

Sin embargo, pocas veces nos detenemos a considerar que también puede presentarse en una congregación, un lugar donde todos esperamos encontrar apoyo, comprensión y personas que estén esforzándose por seguir el ejemplo de Jesucristo.

La realidad es que la Iglesia está formada por personas imperfectas. 

Por eso, aunque el Evangelio de Jesucristo es perfecto, quienes lo vivimos seguimos aprendiendo día a día. Reconocer esa diferencia nos ayuda a enfrentar situaciones difíciles sin perder de vista lo más importante: nuestra relación con el Salvador.

Cuando una conducta deja de ser un malentendido

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No todos los desacuerdos son bullying. En ocasiones podemos interpretar como una ofensa una corrección, un consejo o una decisión con la que simplemente no estamos de acuerdo. 

Los obispos y presidentes de estaca tienen responsabilidades sagradas que, en ocasiones, requieren tomar decisiones difíciles con amor y siguiendo la guía del Señor.

Sin embargo, existe una diferencia clara entre una conversación incómoda y un comportamiento que busca lastimar a otra persona.

El bullying aparece cuando las acciones dañinas son repetitivas e intencionales. Puede manifestarse mediante chismes constantes, exclusión social, humillaciones públicas, burlas, manipulación, intimidación o intentos de afectar la reputación de alguien dentro de la congregación.

Ese tipo de conductas no reflejan el Evangelio de Jesucristo y nunca deberían normalizarse simplemente porque ocurren dentro de un centro de reuniones.

Una experiencia que dejó una profunda enseñanza

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Una hermana de la Iglesia compartió en confianza una experiencia que marcó su vida.

Todo comenzó cuando empezó a circular un rumor falso sobre ella relacionado con la ley de castidad. Según contó, el comentario habría surgido de personas con influencia dentro de su barrio y, en poco tiempo, muchas personas comenzaron a repetirlo sin conocer la verdad.

Las consecuencias fueron inmediatas.

Dejó de sentirse cómoda al asistir a las reuniones, evitaba conversar con otros miembros y prefería sentarse sola durante la Santa Cena. Aunque seguía asistiendo a la Iglesia, ya no sentía que ese fuera un lugar donde pertenecía.

Con el tiempo, la verdad salió a la luz y los rumores desaparecieron. Sin embargo, recuperar la confianza fue mucho más difícil.

Historias como esta recuerdan que las palabras pueden dejar heridas tan profundas como cualquier otra forma de agresión, especialmente cuando provienen de personas en quienes depositamos nuestra confianza.

El evangelio no cambia

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Cuando una persona experimenta rechazo o humillación dentro de la Iglesia, es natural que se pregunte cómo algo así pudo ocurrir en un lugar dedicado a Jesucristo.

Precisamente por eso estas situaciones suelen doler tanto.

Esperamos encontrar un ambiente donde reine la bondad, el servicio y el amor cristiano. Cuando esa expectativa no se cumple, existe el riesgo de confundir las imperfecciones de las personas con la perfección del Evangelio.

El comportamiento de un miembro, incluso de un líder, nunca define la veracidad del Evangelio restaurado.

Jesucristo continúa siendo el mismo Salvador perfecto, aun cuando Sus discípulos todavía estén aprendiendo a parecerse más a Él.

Víctima de bullying en la Iglesia

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Lo primero es reconocer la situación con honestidad.

Si alguien constantemente difunde rumores, intenta desacreditarte, te excluye de manera deliberada o busca avergonzarte delante de otros, no estás obligado a minimizar lo que sucede solo porque ocurre dentro de la Iglesia.

Al mismo tiempo, el Señor nos invita a responder de una manera diferente al mundo. No permitas que el pecado de otra persona determine tu manera de actuar.

Responder con más chismes, enojo o deseos de venganza solo genera mayor contención. El Salvador enseñó que el espíritu de contención no proviene de Él, sino del adversario. 

Elegir actuar con calma no significa aceptar el abuso; significa decidir que otra persona no controlará tu discipulado. Cuando sea posible y seguro hacerlo, una conversación sincera y respetuosa puede resolver muchos malentendidos antes de que crezcan.

Pero también existen situaciones en las que buscar ayuda es lo correcto.

Si el comportamiento persiste, se vuelve abusivo o involucra a alguien que ejerce autoridad, es apropiado acudir a otro líder del sacerdocio o a quien corresponda dentro de la Iglesia. Buscar protección y rendición de cuentas también forma parte de actuar con sabiduría.

No te alejes de Jesucristo

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Quizá la enseñanza más importante es recordar por qué decidimos seguir al Salvador.

Vinimos a Cristo por Él, no por la perfección de quienes se sientan a nuestro lado cada domingo.

La hermana que compartió su historia decidió continuar asistiendo a la Iglesia, aunque sanar tomó tiempo. 

No fue porque el dolor desapareciera de inmediato, sino porque comprendió que su convenio era con el Señor y no con las personas que la habían lastimado.

Cada proceso de sanación será diferente. Algunas personas necesitarán más tiempo que otras, y eso también está bien.

La Iglesia es un lugar para personas imperfectas

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En ocasiones se compara a la Iglesia con un hospital espiritual.

Quienes llegan allí buscan sanar, aprender y acercarse más a Jesucristo. Sin embargo, como sucede en cualquier lugar donde hay seres humanos, algunas personas pueden equivocarse e incluso herir a otros sin representar correctamente las enseñanzas del Evangelio.

Eso no significa ignorar el dolor ni justificar las malas acciones. Significa recordar que el Gran Médico es Jesucristo, y que Él puede sanar tanto a quien fue herido como a quien necesita arrepentirse.

Cuando enfrentemos situaciones difíciles dentro de la Iglesia, procuremos buscar la verdad, actuar con amor, establecer límites cuando sea necesario y seguir avanzando por la senda de los convenios.

Las fallas de otras personas nunca serán más grandes que el amor del Salvador por cada uno de Sus hijos.

Fuente: Add Faith 

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