¿Qué tienen en común una tormenta, las Escrituras y algunos de los momentos más difíciles de nuestra vida?
Para Amy Freeze, meteoróloga y ganadora de seis premios Emmy, la respuesta está en algo que aparece una y otra vez en las Escrituras, las tormentas pueden enseñarnos sobre la fe.
Desde el punto de vista meteorológico, una tormenta comienza cuando se combinan aire cálido que asciende, humedad e inestabilidad. La energía se acumula en la atmósfera hasta que finalmente se libera.
Y, de cierta manera, la vida puede funcionar igual. Las circunstancias cambian, aparecen dificultades y, de pronto, podemos encontrarnos enfrentando una situación que no esperábamos.
Por eso no es casualidad que las Escrituras utilicen con tanta frecuencia el viento, la lluvia, las inundaciones y las tormentas como símbolos de las pruebas de la vida.
Las tormentas también aparecen en las Escrituras

A lo largo de las Escrituras, Dios ha utilizado elementos de la naturaleza para enseñar principios espirituales. Solo en el libro de Salmos, las referencias al clima y a fenómenos atmosféricos aparecen unas 70 veces.
El diluvio de Noé, el viento que abrió un camino para los hijos de Israel al cruzar el mar Rojo y la parábola del hombre prudente que edificó su casa sobre la roca son algunos ejemplos.
También encontramos esta enseñanza en Helamán 5:12, donde se explica que si edificamos nuestros cimientos sobre Jesucristo, las tormentas podrán golpearnos, pero no tendrán el poder de destruirnos.
Pero quizás uno de los ejemplos más conocidos se encuentra en el mar de Galilea.
Cuando Jesucristo calmó la tormenta

Los discípulos cruzaban el mar de Galilea cuando una fuerte tormenta comenzó de manera repentina. Este lago se encuentra aproximadamente a 210 metros por debajo del nivel del mar y está rodeado de colinas y valles que pueden provocar cambios bruscos en el viento.
Las olas comenzaron a golpear la barca y el agua empezó a entrar. Algunos de los discípulos eran pescadores experimentados, por lo que conocían bien aquellas aguas. Aun así, llegaron a pensar que morirían.
Mientras ellos enfrentaban la tormenta, Jesucristo dormía en la barca. Desesperados, lo despertaron y le preguntaron si no le importaba que estuvieran a punto de perecer. Entonces el Salvador se levantó y dijo:
“Calla, enmudece”.
El viento se detuvo y el mar quedó en calma. Después, Jesucristo les preguntó por qué tenían miedo y dónde estaba su fe.
El episodio no solo habla de una tormenta que terminó. También enseña sobre la fe cuando la tormenta todavía está presente.
Los discípulos no estaban solos, el Salvador ya estaba en la barca con ellos.
Una pionera que atravesó una tormenta real

Amy Freeze también relaciona esta enseñanza con la historia de su antepasada, Elizabeth Taylor Reynolds, quien formó parte de la Compañía de Carromatos de Mano de Martin en 1856.
Elizabeth tenía apenas 17 años cuando emprendió el viaje hacia el valle del Lago Salado. La compañía salió de Iowa en julio, pero quedó atrapada por las primeras tormentas de invierno en Wyoming. Aproximadamente 145 personas murieron durante el trayecto.
Uno de los momentos más difíciles ocurrió al cruzar el río Sweetwater. El agua tenía más de medio metro de profundidad y estaba extremadamente fría. Elizabeth y otras mujeres tuvieron que atravesarlo mientras el viento helado congelaba sus ropas.
El frío, el hambre y el cansancio hicieron que el viaje fuera aún más difícil. Muchos de sus compañeros no sobrevivieron.
Sin embargo, años después, algunos de aquellos pioneros resumieron su experiencia con una frase que refleja el propósito espiritual que encontraron en medio de sus dificultades:
“Sufrimos más de lo que pueden imaginar, pero llegamos a conocer a Dios”.
Para ellos, las pruebas no hicieron desaparecer su fe. La fortalecieron.
El viento también puede hacernos crecer

El presidente Dallin H. Oaks ha enseñado que las dificultades forman parte de la vida mortal y que el Señor puede utilizar nuestras pruebas para fortalecernos.
Después del huracán Michael, que afectó Florida en 2018, enseñó que “las aflicciones y los obstáculos son una realidad de la vida mortal”, pero también explicó que, si permanecemos fieles, el Señor puede consagrar nuestras aflicciones para nuestro beneficio.
En otra ocasión comparó que una cometa alcanza mayor altura cuando vuela contra el viento, no cuando este sopla a su favor. A veces, los mismos vientos que quisiéramos que desaparecieran pueden ser los que nos ayuden a elevarnos.
Freeze también compartió una experiencia personal. A pesar de haber cubierto durante años huracanes, tornados, inundaciones y tormentas como meteoróloga, hubo una situación en su propia vida que sintió que no podía manejar.
Buscó consejo de su obispo, Kem Nixon. La conversación fue breve, pero una frase cambió su manera de enfrentar aquel momento:
“Entrégaselo a Dios”.
El problema no desapareció inmediatamente. Sin embargo, su corazón comenzó a encontrar calma, incluso antes de que la tormenta terminara.
Las tormentas también pasan

Las pruebas pueden hacernos pensar que estamos fallando, pero el Señor ve nuestro esfuerzo, nuestra fe, nuestro cumplimiento de los convenios y nuestra perseverancia.
En Doctrina y Convenios encontramos una promesa reconfortante:
“Hijo mío, paz sea a tu alma; tu adversidad y tus aflicciones no serán más que por un breve momento”.
Las tormentas de la vida no duran para siempre. Y aunque no siempre podemos controlar cuándo terminarán, sí podemos decidir en quién ponemos nuestra confianza mientras las atravesamos.
Jesucristo calmó el viento y las olas en el mar de Galilea. Y ese mismo Salvador puede traer paz a nuestra vida en medio de nuestras propias tormentas. Él conoce nuestras dificultades, camina con nosotros durante las pruebas y tiene poder para darnos paz.
Como enseñan las Escrituras, podemos seguir adelante, guardar nuestros convenios y confiar en Él. Porque incluso cuando la tormenta continúa, no tenemos que atravesarla solos.
Fuente: Meridian Magazine
