Es automático, ¿cierto? Una persona nos pregunta: “¿Cómo estás?” y decimos “bien” sin siquiera pensar en la respuesta.

Por lo general, esa pregunta suena como si solo dijéramos “hola”.

Me encanta la respuesta de una hermana mayor de mi barrio cuando le preguntan cómo está, ella sonríe y dice lo siguiente: “Bien, a menos que quieras saber los detalles”.

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Cuando conocemos personas, cuando ministramos, incluso cuando hablamos con nuestros seres queridos, algunas personas saben cómo atravesar esa capa invisible y llegan a saber verdaderamente lo que siente la otra persona.

En una reunión reciente entre miembros de diferentes religiones, una mujer compartió una forma diferente de saber cómo están realmente las personas con las que conversamos. La pregunta es sencilla: “¿Cómo te sientes?”

Esa pregunta inmediatamente nos hace pensar de una forma más profunda y ser más sinceros con nuestra respuesta.

Tristeza, frustración, dolor, miedo y alegría son algunos de los sentimientos con los que siempre cargamos. Al reconocerlos y ser vulnerables, permitimos que alguien más nos apoye.

Al preguntar “¿cómo te sientes?” nuestros lazos con los demás se fortalecerán y, al mismo tiempo,  sentiremos que somos de gran ayuda para los demás, ya que podremos apoyarlos en sus problemas.

Necesitamos saber qué sienten nuestros hermanos en sus corazones, especialmente cuando ministramos, pero no podremos lograrlo a menos que se abran y compartan sus sentimientos. Pero, ¿cómo podemos hacer eso?

Podemos hacer 3 cosas:

Primero, necesitamos ganar la confianza de la otra persona. Necesitamos expresar una preocupación genuina y escuchar de verdad. Cuando las personas sepan que nuestro interés es sincero, podremos hacer el tipo de preguntas que nos conduzcan a una relación más estrecha.

Segundo, también podemos compartir un poco de nosotros mismos. No estoy sugiriendo que compartamos nuestros sentimientos más profundos en la primera conversación. En lugar de ello, compartamos experiencias y pensamientos que nos ayuden a encontrar puntos en común con los demás.

Finalmente, necesitamos preguntas que puedan conducir a una conversación significativa, preguntas que no se puedan responder con una sola palabra. Aquí, algunas alternativas para “¿cómo estás?”:

  • ¿Cómo te fue hoy?
  • ¿Qué es lo que más disfrutas hacer?
  • ¿Cuál es tu canción favorita?
  • ¿Qué lugar siempre has querido visitar?
  • ¿Cuál es tu más grande anhelo?
  • ¿Cómo te describirías en 3 palabras?
  • ¿Necesitas que te ayude en algo?

Si bien algunas de las preguntas mencionadas las podemos hacer cuando haya más confianza con nuestros semejantes. El punto es que hagamos preguntas que les demuestren a los demás que realmente nos importa cómo se sienten y qué es lo que piensan. Asimismo, que sepan que nos preocupamos por ellos y que estamos ahí para apoyarlos en sus buenos y malos momentos.

Cuando nos esforcemos por conocer a nuestro prójimo verdaderamente, descubriremos que podemos reír y llorar juntos, “llorar con los que lloran”, y compartir alegrías y triunfos también.

Realmente podemos unir nuestros corazones y ministrar como Jesucristo desea que lo hagamos. Todos nos sentimos más que “bien”.

Fuente: Meridian Magazine