Una de las preguntas más antiguas del ser humano aparece en el libro de Job: “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?”. Han pasado miles de años y la pregunta sigue siendo la misma. La muerte continúa siendo uno de los misterios más grandes de la existencia. Todos sabemos que llegará en algún momento, pero nadie sabe exactamente cómo será ni cuándo ocurrirá. Sobre todo, nadie quiere despedirse de las personas que ama.

Desde la perspectiva del evangelio, la muerte no se ve como el final de todo, sino como una transición. Más que un cierre, es un cambio de etapa. La vida continúa, aunque en un lugar y en una forma que todavía no comprendemos completamente.

El presidente Joseph F. Smith entendía este tema de una manera muy personal. Desde muy pequeño conoció la pérdida. Tenía solo cinco años cuando su padre, Hyrum Smith, salió de casa rumbo a Carthage y nunca regresó.

Dios no nos deja solos en medio del dolor
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Con el paso del tiempo también vería morir a otros familiares cercanos, incluso a varios de sus propios hijos. Todas esas experiencias lo llevaron a hacerse las mismas preguntas que muchas personas se hacen cuando pierden a alguien: dónde están ahora, si están bien y si algún día volverán a verlos.

Durante muchos años buscó respuestas. Sin embargo, fue cerca del final de su vida cuando, mientras meditaba en las escrituras, recibió una revelación que hoy conocemos como la visión de la redención de los muertos. En esa visión aprendió que el mundo de los espíritus es real, que la obra de Dios continúa después de esta vida y que las personas siguen aprendiendo, sirviendo y progresando.

Comprender esto cambia la manera de ver la muerte. Si la vida continúa, entonces la muerte no es una derrota, sino un paso más en el plan de Dios. Cuando dejamos esta vida no dejamos de ser quienes somos. La identidad, los recuerdos y lo aprendido permanecen con nosotros. Seguimos siendo nosotros mismos, pero sin muchas de las limitaciones físicas y emocionales de la mortalidad.

Dios no nos deja solos en medio del dolor
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Además, muchas de las cosas difíciles de esta vida quedan atrás: la enfermedad, el dolor físico, el cansancio, la tristeza y muchas cargas que llevamos durante años. Las escrituras enseñan que los espíritus de los justos entran en un estado de paz, descanso y felicidad. Desde una perspectiva eterna, la muerte no siempre es una tragedia como solemos pensar, aunque la separación sí duela profundamente para quienes se quedan.

El progreso tampoco se detiene. Todo lo aprendido en esta vida continúa con nosotros. El crecimiento, el aprendizaje y el servicio siguen en el mundo de los espíritus. Ese lugar no es de inactividad, sino de propósito, trabajo y desarrollo.

Tampoco nuestros seres queridos están tan lejos como imaginamos. No están perdidos ni desaparecidos. Viven en otra esfera de existencia, pero siguen cerca en amor, en propósito y en espíritu. Algún día volveremos a verlos y reconocerlos.

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Entender estas cosas también cambia la forma en que vivimos ahora. Si la muerte no es el final, entonces la vida no se trata solo de trabajar, estudiar, ganar dinero y envejecer. El tiempo en la tierra es una oportunidad para aprender, servir, cambiar, crecer y amar. Aquí es donde se forma el carácter, la fe, la paciencia y la caridad.

Tal vez por eso la mejor manera de prepararnos para el día en que dejemos esta vida no es pensar demasiado en la muerte, sino aprender a vivir bien. Vivir con propósito, ayudar a otros, aprender constantemente, ser agradecidos y aprovechar el tiempo que tenemos.

Al final, la meta no es simplemente vivir muchos años. Lo verdaderamente importante es vivir bien los años que tengamos, crecer, cambiar, servir, amar y acercarnos a Dios.

En otras palabras, la meta es simple: vivir bien hasta el final.

Fuente: Leading Saints

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