Cuando Davis Smith se enteró de que un misionero de su estaca dejaría una misión de proselitismo para continuar como misionero de servicio, su primera reacción fue decir:
“¡Qué lástima!”.
En aquel momento, creía tener bastante claro cómo debía ser una misión exitosa. Sin embargo, años después, cuando su propia hija comenzó a enfrentar dificultades emocionales mientras servía en Filipinas, comprendió que había mucho que necesitaba aprender.
Su experiencia familiar lo llevó a descubrir que el valor de una misión no depende de cuánto tiempo dure ni de si se desarrolla exactamente como estaba planeada.
Su hija había soñado con servir una misión en Filipinas

Mientras Davis y su esposa, Asialene, servían como líderes misionales en Recife, Brasil, una de sus hijas cursó allí su último año de secundaria.
Adaptarse a una nueva escuela y dejar atrás su vida anterior no fue sencillo ya que era la única estudiante estadounidense entre los alumnos de sexto a duodécimo grado y, aunque hubo momentos difíciles, afrontó aquella etapa con fortaleza.
Además, estaba entusiasmada por servir una misión. Incluso acompañaba a las hermanas misioneras durante jornadas completas para prepararse. Poco después de graduarse, recibió su llamamiento para servir en Filipinas, una noticia muy significativa para su familia.

La madre de Asialene era filipina y, aunque Asialene nunca había aprendido su idioma, siempre había mantenido una conexión especial con su abuela, por lo que servir en Filipinas parecía una oportunidad maravillosa para acercarse aún más a su historia familiar.
La experiencia en el Centro de Capacitación Misional transcurrió con entusiasmo, pero al llegar al campo misional las cosas cambiaron inesperadamente. Por primera vez en su vida, la joven comenzó a experimentar depresión.
Había esperado la oportunidad de ser misionera durante años y no comprendía por qué se sentía tan triste.
Davis, tienes que traerla a casa

Después de aproximadamente seis meses, Davis y Asialene comenzaron a notar que la salud emocional de su hija no estaba mejorando.
Un día, mientras viajaban para visitar a unos misioneros en una zona alejada de su misión en Brasil, llamaron a los padres de Davis, quienes también habían servido anteriormente como líderes misionales. Cuando su madre le preguntó cómo estaba su nieta, Davis respondió con sinceridad:
“No está bien”.
Le explicó que habían esperado que, con el tiempo, su hija lograra adaptarse, pero que su estado emocional parecía empeorar. La respuesta de su madre fue inmediata:
“Davis, tienes que traerla a casa”.

Él le aseguró que su hija sabía que regresar era una opción y que la apoyarían si decidía hacerlo. Sin embargo, su madre le hizo ver algo que no había considerado.
“Davis, puede que no esté en condiciones emocionales de tomar esa decisión por sí sola. Quizás tengas que ayudarla a tomarla”, le dijo.
Aquellas palabras cambiaron la manera en que los padres comprendían la situación. Su hija necesitaba apoyo para tomar una decisión. Así que, después de conversar con ella y con su presidente de misión, comenzaron los preparativos para que regresara a casa.
Un gesto con su abuela

Cuando la joven volvió a Brasil, sus padres la encontraron muy delgada y emocionalmente frágil. Sin embargo, pocos días después ocurrió un momento familiar que nunca olvidarían.
Su abuela materna llegó de visita y, al encontrarse con ella, la joven hizo una pequeña reverencia, tomó su mano y la llevó suavemente hasta su frente.
Davis y Asialene se sorprendieron al principio, pero enseguida comprendieron lo que estaba sucediendo. Su hija estaba realizando el “mano po”, un gesto tradicional filipino que expresa respeto hacia las personas mayores.

Durante el resto de aquella tarde, la joven y su abuela conversaron y rieron en tagalo, compartiendo una fuerte conexión. La abuela nunca había tenido la oportunidad de comunicarse con sus hijos o nietos en su lengua materna.
Aunque la misión en Filipinas no había transcurrido como la familia esperaba, esa experiencia le había permitido a la hija de Davis aprender un idioma nuevo y acercarse de una manera especial a sus raíces.
Su misión continuó de otra forma

A pesar de las dificultades que había enfrentado, la joven todavía deseaba completar el tiempo que había dedicado a su servicio misional. Así que, tras seis meses de servicio en Filipinas, decidió continuar el año restante como misionera de servicio.
Durante ese periodo, prestó servicio en el Templo de Recife, apoyó a las hermanas misioneras y ayudó en la oficina de la misión. También apoyó a sus padres mientras ellos atendían las necesidades de los misioneros bajo su responsabilidad.
Para Davis y Asialene, tenerla nuevamente cerca fue una bendición. Pudieron acompañarla durante su recuperación emocional y observar cómo seguía desarrollándose espiritualmente.

Con el tiempo, Davis también conoció y acompañó a otros misioneros de servicio, incluidos jóvenes que habían comenzado una misión de proselitismo y posteriormente habían regresado a casa para continuar sirviendo de otra manera.
Esas experiencias fortalecieron su testimonio de que las misiones de servicio son una forma significativa y valiosa de dedicar tiempo al Señor.
Una misión exitosa no siempre sigue el plan que imaginamos

La experiencia de su hija cambió la manera en que Davis Smith comprende el servicio misional.
Para algunos jóvenes, la misión se convierte en una de las experiencias más felices de su vida. Para otros, puede incluir desafíos de salud física o mental, decisiones difíciles y procesos de recuperación que requiere regresar a casa. Pero eso no disminuye el valor del servicio que rindieron.
La historia de esta familia también nos recuerda que cuidar la salud emocional de un misionero no significa restarle importancia a su llamamiento. En ocasiones, brindarle el apoyo que necesita es precisamente una manera de honrar su esfuerzo y su deseo de seguir adelante.
Una misión no pierde su valor porque termine antes de lo previsto o porque deba tomar una dirección diferente. Dios conoce el sacrificio de cada misionero y honra su deseo sincero de servirle.
Fuente: LDSLiving
